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Velocistas ecológicos amenazan los bosques mediterráneos

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Abc.es 
Los bosques del planeta están cambiando a un ritmo que preocupa a la comunidad científica internacional. Un amplio estudio publicado recientemente en Nature Plants alerta de que estamos entrando en una nueva era forestal marcada por la homogeneización de las especies, la pérdida de biodiversidad y el debilitamiento progresivo de los ecosistemas. La investigación, liderada por la East China Normal University, ha contado con la participación del CREAF y ha analizado más de 31.000 especies de árboles en todo el mundo para comprender cómo podrían evolucionar los bosques en términos de composición, resiliencia y funcionamiento ecológico. Las conclusiones son claras y dejan claro que las especies de crecimiento rápido y carácter colonizador están ganando terreno frente a aquellas más especializadas, de crecimiento lento y con funciones ecológicas clave. Este proceso no solo altera el paisaje, sino que modifica profundamente la manera en que los bosques almacenan carbono, regulan el ciclo del agua o sostienen la biodiversidad. En la Península Ibérica, el fenómeno es coherente con el patrón global. En las últimas décadas se ha observado la expansión de especies con alta capacidad colonizadora en ambientes perturbados o degradados. Entre ellas figuran especies exóticas invasoras como el Ailanthus altissima, conocido como alianto, así como formaciones dominadas por especies oportunistas favorecidas por determinadas prácticas de gestión forestal. Plantaciones de eucaliptos, masas monoespecíficas de pinos o la expansión de acacias en zonas alteradas son ejemplos visibles de esta tendencia. Josep Peñuelas, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el CREAF y coautor del estudio, advierte de las consecuencias: «Esta dinámica incrementa el riesgo de incendios forestales, disminuye la biodiversidad y compromete la capacidad de nuestros bosques para almacenar carbono a largo plazo, un factor clave en la lucha contra el cambio climático». El estudio no se limita a describir qué especies avanzan y cuáles retroceden, sino que analiza sus características funcionales. Las especies tradicionalmente dominantes en muchos ecosistemas maduros —como robles o encinas en el ámbito mediterráneo— presentan una madera densa, hojas gruesas y sistemas radiculares profundos. Estas características les permiten resistir mejor el estrés hídrico, almacenar carbono de forma más estable y sostener redes ecológicas complejas. Sin embargo, su crecimiento es lento y requieren más tiempo para consolidarse. En contraste, las especies oportunistas actúan como auténticos «velocistas» ecológicos. Pinos, eucaliptos o determinadas acacias crecen con rapidez, tienen madera menos densa, hojas más ligeras y una alta capacidad de dispersión. Tras una perturbación —como un incendio, una tala o una sequía extrema— colonizan rápidamente los espacios libres. Su éxito no es casual: en muchos casos, la actividad humana ha favorecido su expansión mediante repoblaciones forestales orientadas a la producción de madera o a la recuperación rápida de superficies quemadas. Peñuelas matiza que el problema no es la especie en sí, sino el contexto. «No quiere decir que los pinos sean malos per se; el problema es favorecerlos donde no toca». En España, por ejemplo, amplias zonas incendiadas fueron reforestadas históricamente con pinos por su rápido crecimiento y facilidad de implantación. Lo mismo ha ocurrido con las plantaciones de eucalipto destinadas a la industria papelera. Estas decisiones, comprensibles desde una lógica productiva, han tenido efectos colaterales sobre la estructura y la diversidad de los ecosistemas. El trabajo publicado en Nature Plants muestra que casi el 41% de las especies arbóreas naturalizadas —aquellas que no son originarias de una región pero crecen ya de forma silvestre— comparten rasgos como crecimiento rápido y hojas pequeñas. Estas características las hacen especialmente aptas para ambientes alterados, urbanos o fragmentados. Sin embargo, rara vez desempeñan el mismo papel ecológico que las especies autóctonas a las que sustituyen. La homogeneización implica que bosques antes muy distintos entre sí comienzan a parecerse cada vez más. En lugar de comunidades complejas adaptadas a condiciones locales específicas, emergen formaciones dominadas por un número reducido de especies generalistas. Este fenómeno reduce la diversidad funcional, es decir, la variedad de estrategias ecológicas presentes en un ecosistema. Y esa diversidad funcional es clave para la resiliencia frente a perturbaciones como sequías, plagas o cambios climáticos extremos. El impacto es especialmente preocupante en regiones tropicales y subtropicales, donde se concentra la mayor biodiversidad arbórea del planeta. Según Jens-Christian Svenning, profesor de la Universidad de Aarhus y director del centro ECONOVO, estas zonas albergan especies altamente únicas que actúan como columna vertebral de los ecosistemas. Cuando desaparecen, dejan vacíos ecológicos difíciles de llenar. Las especies invasoras o de crecimiento rápido pueden ocupar el espacio físico, pero no sustituyen las complejas interacciones ecológicas que mantenían las especies originales. Además, la pérdida de árboles de crecimiento lento tiene implicaciones directas en el almacenamiento de carbono. La madera densa de muchas especies especializadas acumula carbono durante décadas o incluso siglos. Sustituirlas por especies de crecimiento rápido, con ciclos más cortos y menor densidad de madera, puede alterar el balance de carbono a largo plazo, reduciendo la capacidad de los bosques para actuar como sumideros estables. Los modelos desarrollados por el equipo científico proyectan que, bajo escenarios futuros de cambio climático y presión humana continuada, las especies de crecimiento rápido serán aún más dominantes en las próximas décadas. El aumento de temperaturas, las sequías recurrentes y la mayor frecuencia de incendios pueden favorecer a especies adaptadas a la colonización rápida frente a aquellas que requieren condiciones más estables. Ante este panorama, los investigadores subrayan la necesidad de una gestión activa y estratégica de los ecosistemas. Limitar la expansión de especies exóticas invasoras, restaurar comunidades forestales con especies autóctonas y promover la diversidad estructural y funcional son medidas esenciales. No se trata solo de plantar árboles, sino de elegir qué especies, en qué proporción y en qué contexto ecológico. La conservación de los bosques en el siglo XXI exige integrar criterios científicos en la planificación forestal, combinar producción y conservación y considerar los servicios ecosistémicos más allá del rendimiento económico inmediato. Mantener la diversidad funcional entre especies no es un lujo, sino una condición indispensable para garantizar la resiliencia de los ecosistemas en un mundo sometido a cambios acelerados. Como concluye Peñuelas, preservar los árboles autóctonos de crecimiento lento y proteger las especies amenazadas es una inversión a largo plazo. Los bosques no son solo paisajes verdes; son sistemas complejos que regulan el clima, sostienen la biodiversidad y proporcionan recursos esenciales. La manera en que gestionemos esta transición determinará si los bosques del futuro serán ecosistemas robustos y diversos o formaciones simplificadas y más vulnerables ante las crisis ambientales que ya están en marcha.