La reforma del Iradier Arena borra su legado taurino y divide a Vitoria
El Iradier Arena ha entrado en la fase en la que los anuncios dejan de ser humo y se convierten en expediente. El Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz prevé sacar a licitación a comienzos de marzo el primer pliego, el de la asistencia técnica que definirá los requisitos mínimos de una reforma integral. Hasta aquí, la noticia puede parecer administrativa. Pero el detalle que importa —y que explica el debate— es el propósito declarado: eliminar cualquier rastro estructural ligado al uso taurino.
No hablamos de mover tabiques, sino de desmantelar una arquitectura pensada para un lenguaje concreto. Burladeros, matadero, caballerizas, cuadras, capilla, quirófano… todo lo que sostiene la lógica de una plaza quedaría fuera del nuevo Iradier. Y eso, en clave cultural, significa algo más que un cambio de actividad: supone reducir a cero la posibilidad de que el recinto pueda volver a acoger, con naturalidad, espectáculos taurinos en el futuro. No es neutralidad; es una decisión de modelo.
Conviene recordar una evidencia: el Iradier nació como plaza y se estrenó como tal. Se inauguró el 4 de agosto de 2006 con una corrida en la que hicieron el paseíllo El Fandi, Sebastián Castella y Salvador Cortés, con toros de Ana Romero. Aquella tarde no fue un trámite inaugural, sino la puesta en escena de una ciudad que entonces entendía la tauromaquia como parte de su calendario. Que hoy se quiera “borrar” esa configuración, además de práctica, es una declaración simbólica.
El plan municipal, explicado por Beatriz Artolazabal (teniente de alcaldesa y portavoz del PNV) y Sonia Díaz de Corcuera (concejala de Cultura), se articula por fases: primero la asistencia técnica; después un Estudio de Viabilidad Económica; más tarde el contrato que englobará proyecto, obras y concesión de obra pública; y finalmente una asistencia técnica en obra para supervisión. El objetivo político es dejar el proyecto encauzado antes de primavera de 2027, fin de legislatura. Es decir, que el punto de no retorno llegue pronto, aunque la ejecución tarde.
El resultado, según lo presentado, será un complejo con dos grandes espacios: una sala acústica para espectáculos o eventos con un aforo aproximado de 5.000 a 6.000 personas y una sala sinfónica de excelencia acústica para unas 1.500. Nadie discute la ambición cultural del proyecto. La pregunta, desde una mirada pro taurina, es otra: ¿por qué ese futuro debe construirse a costa de expulsar una expresión cultural que también convoca, emociona y vertebra comunidad?
Ahí entran las vaquillas, el último hilo que mantiene al Iradier conectado con su sentido original. En 2026 están previstas el 25 de julio y durante La Blanca, del 5 al 9 de agosto. Podrían ser las últimas si la transformación se ejecuta tal y como está planteada, porque el nuevo diseño no deja hueco para ese tipo de festejo. Y esto no es un capricho de minorías: es un espectáculo longevo y popular, familiar, que llena mañanas y memoria. De cara a 2027, el consistorio responde con un “ya se verá”. En la práctica, cuando se retira la infraestructura, lo que desaparece no es solo un uso: desaparece la posibilidad. Y una ciudad que renuncia a esa opción no se moderniza automáticamente; simplemente elige qué parte de sí misma quiere conservar y cuál prefiere demoler.
