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Grazalema vuelve a la vida: de la primera hornada de pan al desasosiego del que no regresa

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Abc.es 
Una última comida refugiados, abrazos, aplausos y un «nos vamos a casa» . El lunes, después del almuerzo, los vecinos de Grazalema emprendieron el regreso desde Ronda y Zahara de la Sierra. Hubo quien no podía esperar. Los coches esperaban junto a la parada del autobús a la entrada del pueblo con la Guardia Civil cortando el paso. Nadie podía entrar hasta que no llegara la orden. Los conos se levantaron a las 16.00 horas. Once días después del diluvio volvían a casa. Grazalema volvía a tener vida. El alcalde había dicho en Ronda, sobre las 13.30 horas, que los 259 vecinos que no podían regresar a casa, por ser zona de riesgo, serían reubicados con familiares o alojamientos rurales. Todos podían regresar, hasta aquellos que sus viviendas pueden suponer un peligro. Y al llegar el primer autobús un «¡Viva Grazalema!» retumbó en la plaza con la pancarta de «bienvenidos» en el balcón del Ayuntamiento. El pueblo apagó la tarde del lunes con una sinfonía de persianas alzándose, así como de golpes de las puertas de madera, que se resistían a abrirse hinchadas por la humedad. El aroma a mojado tomaba las calles. Recuerdo del diluvio del 5 de febrero y de los más de 2.000 litros que pusieron en jaque a este pueblo de Cádiz. Un ojo puesto en el acuífero de 18 kilómetros cuadrados bajo las calles, sobre todo por aquellos que todavía tienen su casa precintada. «Lo primero que voy a hacer es limpiar», decía Manuela Lazo, que se abraza con sus vecinas y quitaba maletas. «Pensé que no iba a volver» , añadía Paqui Fernández, que abrazada al retrato de sus padres lloraba, mientras deshacía la maleta en un pueblo que se entrega a la noche con las puertas abiertas para ventilar y secar las humedades de las casas anegadas. Volver a la estufa, la candela y el calor del hogar, aunque no sea el propio. «Mi familia tenía varias casas en Zahara de la Sierra y nos fuimos todos juntos. Ahora nosotros no podemos volver a la nuestra aquí por estar en la 'zona roja', pero nos han devuelto el favor dejándonos esta casa», explicaba Inmaculada Archidona, junto a sus hijos en la planta baja de Nicolás Ríos. «Hay que ayudar, como a nosotros se nos ha ayudado», señalaba este otro vecino para justificar su gesto en mitad de la noche. Son muchos los que han puesto sus viviendas a disposición de sus vecinos. En la casa rural La Mejorana, las nueve habitaciones están ocupadas. Sus propietarios Ana Vázquez y Andrés Sánchez se alojan allí con sus hijos por tener la vivienda en la zona excluida para el regreso. Junto a ellos sus vecinos han sido bien recibidos. Entre todos mitigan la incertidumbre. «Lo peor es no saber si podré volver a mi casa, si se caerá o no . Es lo que peor llevo», dice Andrea Medina, que desea una «vuelta a la normalidad», que regresa en los pequeños detalles. El horno de la panadería Narváez está frío, pero tener pan al día siguiente era un soplo de esperanza. A las 23.00 horas salía la masa de los primeros bollos para fermentar en este negocio familiar, que empezó hace más de cien años en el campo con el abuelo del actual propietario. «Mañana la gente tiene que tener qué comer », señalaba Vicente Narváez, mientras seguían regresando vecinos en medio de la noche y el GRS de la Guardia Civil custodiaba el perímetro vallado para que nadie pudiera entrar durante la fría madrugada. La mañana se levanta con niebla y el sol entrando poco a poco desde la montaña. Allí los bares ya están preparados y Jaime Castro abre su supermercado. «Los vecinos vienen sin nada, tienen que poder comprar pan, fruta o carne fresca. Es una forma de empezar a normalizarnos », apunta este comerciante. «¿Qué pasa Carlos?», saluda efusivo Francisco Romero a uno de sus parroquianos en El Copeo, donde varios vecinos comparten a primera hora el café con la copa de anís. «Estaba deseando volver para estar con los amigos», reconoce Miguel Fernández antes de irse a guardar sus ovejas. Por la puerta del bar pasa Diego Naranjo en dirección al «asomaero», el balcón de la plaza del mercadillo. En Ronda echaba de menos sus paseos por el campo y estar con los amigos en esta parte del pueblo. Baja con una sonrisa a reencontrarse con sus costumbres, mientras Miguel Ángel López prepara los cafés y las tostadas en La Plaza. «No se puede volver y que no haya nada. Tienen que ver que no falta de nada», explica este hostelero. La labor de encontrar la normalidad es lenta con los geofísicos haciendo mediciones en las zonas precintadas. Y la situación será más compleja con tres de la cuatro entradas del pueblo cortadas, como explica Jaime Castro: «Mi hija se ha tenido que ir a las seis de la mañana con mi hermano para ir al instituto en Ubrique. Es importante recuperar las carreteras para que los niños del instituto acudan a clase». El corte de carreteras afecta al corazón económico del pueblo: el turismo. «Si nadie puede venir cómo vamos a sobrevivir», lamenta Rosana Polei desde su quesería. Algo que confirmaba el cartero o el personal de mantenimiento de la oficina de Unicaja, que recuperaba el cajero esa misma mañana. Pequeños detalles de normalidad. A Grazalema le queda un largo camino para recuperarse, pero lo harán juntos. «Hemos habilitado el pabellón como punto de encuentro para el que necesite algo, pero no ha ido nadie», apuntaba el alcalde Carlos García mientras atendía visitas institucionales. «Lo mejor de esto es que lo hemos vivido juntos y todos nos hemos apoyado», concluía Susan Eatock, guía turística británica que vertía sus lágrimas de dolor ante las casas destrozadas de sus vecinos, cuando se cumplían las primeras 24 horas desde que se permitió el regreso.