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Crónica del primer AVE después de Adamuz

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Abc.es 
Antes de Adamuz, éste era el 'tren de los sueños'. El silencio se rompía acaso con algún ronquido. Al menos hasta que, después de Despeñaperros, el primer destello de la aurora atravesaba las ventanillas. Ahora es el tren de las incertidumbres. Los asientos vacíos delatan una desconfianza indescriptible. En el coche número 2 sólo hay 14 personas. «Le hemos echado valor», susurra un viajero a tres jóvenes que ocupan en absoluta mudez una de las mesas . «Esperemos que no tardemos siete horas en llegar», contestan ellos. El hombre, que por su gesto parece que sólo espera llegar, coloca su maleta de un día en la balda. Se quita también el abrigo. Toma la butaca, baja los apoyabrazos, suspira fuerte. Y se santigua. Que sea lo que Dios quiera. La estación está en letargo a las seis y media de la mañana. No hay cola en el control de seguridad. Un camarero se frota literalmente las manos en la cafetería. «Menos mal que han arreglado esto ya, porque vaya ruina» . En el gesto se le nota que la caja registradora ha tenido escalofríos durante el último mes. Pero los valientes que han tomado el primer AVE han empezado a animar el ambiente. Hay una especie de alegría contenida en los trabajadores. «¡Ya va a empezar la Cuaresma!», exclama el operario del acceso al pasar su maquinita por el QR del primer billete. La cinta del escáner se mueve. La escalera mecánica funciona. Todo está en su sitio. Menos la gente. Santa Justa es una estación fantasma en la que el escepticismo ha tomado posesión del cargo. Los coches no tienen conversación. Sólo habla la interventora por el pinganillo: «Renfe les da la bienvenida a bordo a este tren con destino Atocha-Madrid Almudena Grandes». El hombre del 'Coche 2' vuelve a santiguarse. En el 'Coche 4' sólo hay una pareja. Las dos camareras están de cháchara ante la ausencia de clientela. «Vamos a pasar por allí de día», advierte una de ellas al comprobar por la ventanilla que clarea. La palabra 'allí' basta . Todo el mundo en el tren sabe qué es exactamente 'allí'. Llega una mujer y rompe la conversación. «Un menú mollete, por favor». Habrá que desayunar, pero el pellizco en el estómago aprieta. La amanecida arranca en la estación de Córdoba, donde hasta hace unas horas había que tomar un autobús que esquivaba el 'allí'. El tren se detiene. El silencio no. Nadie duerme. Cascos, ordenadores. Sube un grupo de asiáticos porque el turismo es atrevido. El de los guiris es el primer bullicio. Van ajenos al 'allí'. A ellos la palabra Adamuz les suena a chino. Los olivos estrechan el cerco. Un viajero decide sortear el mal rato con una llamada prosaica: «Hay que mirar si podemos ponerle un coche de empresa a Borja». Primer túnel. El teléfono se corta. Se ve obligado a mirar por la ventanilla. Todos miramos. La velocidad es muy reducida. Aún hay huellas. El camino para las grúas, el balasto nuevo, muchos operarios en la estación técnica, las traviesas apiladas junto al carril. El desastre del 'allí'. También se han callado los chinos, como los acebuches y las encinas. Hay gente rezando. Sierra Morena está más verde que nunca porque el diluvio de estas semanas le ha sacado los colores, pero es un verde luto. Es difícil de explicar. Segundo túnel. El tren sigue, la vida sigue. Digamos que la vida se llama Puertollano. El del teléfono retoma la llamada: «Que se cortó y hemos pasado por Adamuz, Juan. Lo que te decía del coche de empresa...». El tren alcanza su velocidad natural a partir del tercer túnel. El hombre mayor vuelve a santiguarse y la cafetería se llena de golpe. Hemos pasado. Pero nadie a bordo puede zafarse de la sensación de que el AVE no va hacia Madrid, sino hacia el pasado.