Rojo de noche, blanco de día
En una semana el Atlético de Madrid ha sido capaz de dar dos imágenes tan dispares como si un pasaje de Doctor Jekyll y Mister Hyde se tratase. Dos muestras tan dispares que cuesta pensar que se trata del mismo plantel. Un equipo que entre semana es fuego y el fin de semana hielo, que cuando desea es el mejor de Europa, y cuando no deambula por terrenos cayendo contra posibles descendidos
El jueves, en su feudo del Civitas Metropolitano, vivieron un día de fiesta ante el rival más temible. El Barcelona llegaba como líder de liga, campeón copero y una solitaria derrota en todo el 2026. Cero dudas desde el banquillo de Hansi Flick, y muchas interrogantes en el puesto de un Cholo Simeone al que se le acaban las excusas de su diccionario particular. Ese día, a 180 minutos (o un poco más) de la final de la Copa del rey, los locales endosaron la noche más gris de la carrera del técnico alemán, con una primera parte que pasarán más de mil años, muchos más, para olvidarla
Dejando a un lado la polémica del fuera de juego inexistente en el gol de Pau Cubarsi, el 4-0 final reflejó el dominio avasallador de un Atlético de Madrid que dejó sus mejores galas para una de las noches más importantes del año, y entre Lookman, Griezman, Julián, Llorente y compañía herir de muerte el sueño de un nuevo triplete nacional culé
No habían pasado ni 72 horas del baile inolvidable en casa, y sin salir aún de la propia ciudad de Madrid, tocaba ir a territorio neutro para enfrentar al pequeño Rayo Vallecano. Un rayito despojado de su estadio por irrisorias condiciones y con una crisis interna que los lleva incluso a coquetear con el descenso. Pero ni su coyuntura interna, ni el vendaval entre semana amilanó a un bastardo madrileño que no creyó en hermanos mayores. Si entre semana el Atlético de Madrid fue un León indomable, este domingo fue un manso gato, impactado por la furia de un poderoso rayo. De goleador a goleado dirían unos. De humillador a humillado dirían otros. La realidad es que el Atlético de Madrid pasó del calor semanal al frío del domingo, demostrando su aún endeble faceta colectiva aunque gasten más dinero que cualquier otro plantel en cuanta ventana de fichajes aparezca.
Lo vivido en los últimos cuatro días nos arroja una conclusión irrefutable: el Atlético de Madrid no está preparado todavía para competirle de tú a tú a los dos grandes de España, y a los más grandes de Europa. Es imposible que pueda sentarse en la misma mesa si en menos de una semana eres capaz de dar lo mejor y lo peor, si el jueves sacas la bandera roja, dispuesto a dar guerra hasta el último aliento y derrotar a los más difíciles enemigos, y el domingo sacas la blanca, pidiendo la rendición ante la superioridad rival y sin ofrecer resistencia alguna.
Por ahora los colchoneros se aferran a la esperanza de la copa local, aunque en la recámara guardan una última bala, aunque esta sea trazadora y extremadamente difícil de colocar en el cañón. Mientras no logren la estabilidad necesaria no podrán aspirar a grandes logros. Será imposible soñar alto mientras se pinten el corazón de rojo en la noche, pero de blanco en el día.
