Bolivia: un país en tránsito aún en busca de rumbo
olivia vuelve a colocarse frente al mundo como quien se asoma a una ventana abierta después de una larga noche. No es una irrupción ruidosa ni un ingreso triunfal al escenario internacional; es, más bien, una presencia cautelosa, expectante, cargada de contradicciones históricas y desafíos estructurales no resueltos. Somos un país que se abre al mundo, sí, pero también un país que todavía no termina de comprenderse a sí mismo. En ese cruce —entre apertura y desconcierto— se juega gran parte del destino político, social y moral de la Bolivia que viene.
Durante décadas, Bolivia ha sido pensada desde el conflicto, desde la fractura y desde la promesa constante de un «nuevo comienzo» que rara vez llega a consolidarse. Sin embargo, hoy el contexto es distinto. El mundo atraviesa una reconfiguración profunda: las potencias tradicionales muestran signos de agotamiento, los equilibrios geopolíticos se desplazan, la economía global se fragmenta y los países periféricos enfrentan una pregunta central: ¿cómo insertarse sin desaparecer?, ¿cómo integrarse sin diluirse?, ¿cómo existir sin resignar dignidad?
En este escenario, Bolivia aparece como un país de tránsito. Tránsito geográfico entre océanos, tránsito económico entre modelos, tránsito político entre discursos, tránsito social entre generaciones. Esa condición, lejos de ser una debilidad, podría convertirse en una oportunidad histórica. Pero solo si existe claridad de rumbo. De lo contrario, el tránsito se vuelve deriva, y la esperanza, simple retórica.
Razón y consenso
Konrad Adenauer advertía con crudeza que en política no basta con tener razón; lo verdaderamente importante es que se la concedan a uno. Bolivia ha tenido razón muchas veces: en sus reclamos históricos, en su exigencia de justicia social, en su demanda de reconocimiento y soberanía. Sin embargo, esas razones rara vez se tradujeron en consensos duraderos, instituciones sólidas o políticas públicas eficaces. Tener razón no nos ha garantizado estabilidad, ni desarrollo sostenible, ni credibilidad internacional. Y ahí aparece una de las letras pequeñas de nuestra historia: la razón sin acuerdo no gobierna, apenas confronta.
Bolivia ha confundido con frecuencia legitimidad moral con eficacia política. Se ha creído que la justeza de una causa basta para sostener un proyecto de país, cuando en realidad la política exige algo más incómodo: negociación, límites, autocrítica y responsabilidad. En un mundo interdependiente, la política del aislamiento emocional no construye futuro; apenas prolonga el conflicto.
Groucho Marx, con su ironía implacable, definió la política como el arte de buscar problemas, diagnosticarlos mal y aplicar remedios equivocados. Bolivia parece haber internalizado esa lógica. Durante años hemos sobredimensionado el discurso y subestimado la gestión. Hemos confundido épica con planificación, voluntad política con capacidad técnica, confrontación con transformación. El resultado ha sido un Estado que promete más de lo que puede cumplir y una ciudadanía cansada de soluciones parciales, improvisadas y, muchas veces, contraproducentes.
Panorama
La nueva Bolivia —si aspiramos a que exista algo más que en el discurso— no puede construirse desde la negación del mundo ni desde la nostalgia de modelos agotados. Tampoco desde la subordinación acrítica a agendas externas. Se requiere una mirada madura, estratégica, capaz de entender que la soberanía en el siglo XXI no se defiende con consignas ni con enemigos permanentes, sino con instituciones fuertes, reglas claras y una diplomacia inteligente. Abrirse al mundo no es traicionar la identidad; es proyectarla con inteligencia.
Bolivia es un país joven en expectativas, pero viejo en frustraciones acumuladas. Su gente cree, insiste, espera. Existe una fe social persistente que sobrevive a crisis económicas, a decepciones políticas y a promesas incumplidas. Sin embargo, esa esperanza choca una y otra vez con un aparato estatal lento, con burocracias ineficientes y con una cultura política que premia la lealtad antes que la competencia. Mientras no se rompa ese patrón, la esperanza seguirá siendo un recurso emocional y no un motor real de desarrollo.
Pensar a Bolivia en el mundo implica también revisar nuestra relación con la democracia. No basta con elecciones periódicas si no existe Estado de derecho efectivo, independencia judicial y respeto por las reglas. TampoNo basta con discursos de inclusión si la ley se aplica de forma selectiva. No basta con hablar de pueblo si se vacía de contenido a las instituciones que deberían protegerlo. La nueva Bolivia no puede sostenerse sobre atajos permanentes; necesita cimientos, aunque sean incómodos.
Responsabilidades colectivas
Ser un país de esperanza implica asumir responsabilidades colectivas. Implica reconocer que no todo fracaso es culpa del pasado, del imperialismo o del adversario político de turno. Implica aceptar errores propios, revisar decisiones equivocadas y abandonar la comodidad de las certezas ideológicas. La autocrítica no debilita a un país; lo fortalece. La negación sistemática, en cambio, lo condena a repetir sus errores.
Hay mejoras posibles, y muchas. Bolivia puede fortalecer su institucionalidad sin renunciar a su diversidad cultural; puede impulsar crecimiento económico sin sacrificar justicia social; puede integrarse al mundo sin perder dignidad. Puede ser un país de tránsito productivo y no de simple paso. Pero para ello debe leer con atención sus propias letras pequeñas: la corrupción normalizada, la judicialización de la política, la precarización del debate público, el desgaste de la palabra y la desconfianza en la ley. Ignorarlas sería insistir en el ciclo de ilusión y desencanto que tanto daño nos ha hecho.
El mundo no espera, y Bolivia tampoco debería hacerlo. Estamos ante una encrucijada histórica: o asumimos nuestra condición de país en tránsito como una plataforma de futuro, o la seguimos padeciendo como un destino impuesto. La diferencia no la marcarán los discursos grandilocuentes ni las frases incendiarias, sino la capacidad real de hacer política con responsabilidad, visión de largo plazo y sentido de Estado.
Quizá la nueva Bolivia no sea perfecta. Tal vez no cumpla todas las promesas que se le atribuyen. Pero puede ser más honesta consigo misma. Y en un país donde tantas veces se ha tenido razón sin que nadie la conceda, esa honestidad podría ser el primer paso para que, esta vez, la esperanza no tenga letra pequeña.
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