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"Txeroki", un criminal aficionado a los «porros» y a las «traiciones»

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Hay una tendencia a magnificar a los cabecillas terroristas de ETA, cuyo único «mérito» era dirigir una organización criminal, una cuadrilla de delincuentes, que se dedicaban a asesinar, destruir y robar, entre otras cosas. No es infrecuente leer los calificativos de «histórico» y hasta «mítico» al referirse a estos individuos. Cuando se escarba un poco, no se encuentra otra cosa que miseria y un saco de contradicciones.

Conforme la lucha antiterrorista era cada día más eficaz y se lograba la detención de los cabecillas con más experiencia, los sustitutos carecían de esa experiencia y, desde luego, la autoridad dentro de la organización de que gozaban sus antecesores.

Fue lo que ocurrió con Garikoitz Azpiazu, «Txeroki», que se hizo cargo del tinglado criminal tras el arresto de dos cabecillas tan caracterizados como Migel Albizu, «Mikel Antxa»; y Soledad Iparraguirre, «Anboto». El primero como «ideólogo», y la segunda, con experiencia directa de acción en los «comandos» de la banda. Algo de lo que carecía «Txeroki», que no había pasado de ser un integrante del terrorismo callejero, «kale borroka», y que huyó a Francia, donde fue asciendo en la pirámide etarra hasta llegar a la cúpula. No siempre con buenas artes respecto a sus compañeros.

Aprendió pronto algo tan sencillo como a mandar a los «comandos» a España para que cometieran atentados, que no es poco por su labor de inductor, y con resultados, afortunadamente, no demasiado eficaces.

Ese ascenso estuvo precedido por uno de los enfrentamientos más duros que se habían dado en el seno de ETA, y en el que la palabra traición estuvo rodeando todo lo ocurrido. Los protagonistas, «Txeroki» y Javier López Peña, «Thierry». El conflicto llegó hasta tal punto que el segundo fue expulsado de la banda al sospechar que su acción o inacción propició la detención del siete pistoleros etarras.

Según un documento interno al que tuvo acceso LA RAZÓN, «Thierry» fue acusado de ser el promotor de divisiones y de no haber enviado a la «dirección» de la banda la «kantada» (informe en el que se cuenta todo lo ocurrido durante la detención y los días siguientes hasta llegar a la cárcel). Es decir, «no haber dado los pasos necesarios para evitar la caída de más militantes, lo que conllevó la detención de siete de ellos».

Si se examina la lista de arrestados desde mayo de 2008 hasta agosto de 2009, mes en el que se elaboró el documento, hay decenas de detenciones importantes.

Pero la nota se refiere en especial a «Txeroki», capturado en noviembre de 2008; y a Aitzol Iriondo, Eneko Zarrabeitia y Aitor Arteche, en diciembre siguiente. La actitud de «Thierry», por acción o inacción, los llevó a la cárcel. Todo huele a una venganza, y en el trasfondo está la capacidad de «Txeroki» para enredar con el fin de ascender. Garikoitz Azpiazu fue un jefe de «comandos» nada preparado, que propició muchos errores y desarticulaciones de células que él mismo se había encargado de formar y adoctrinar.

Era hasta tal punto descuidado que, en el momento de su detención, en una operación propiciada por la Guardia Civil, se le intervino un documento en el que ponía como ejemplo al «comando Elurra» (autor del atentado contra la T-4 del aeropuerto de Barajas, por haber seguido las instrucciones de la banda de presentar denuncias falsas con el fin de deslegitimar la lucha antiterrorista y bloquear el trabajo de los agentes.

Azpiazu ejemplarizaba la actuación de los miembros de esta célula y subrayaba que, «aunque la caída (detención) ha sido grave […], lo relacionado con las torturas falsas sufridas por Igor Portu, (uno de los miembros del «Elurra») en manos del enemigo está en buen camino, esta es la estrategia que hay que seguir ante las caídas, siempre.

Visto el buen resultado que estamos obteniendo y el daño que causamos al enemigo, es muy importante que los militantes interioricen bien en la eskola (cursillos de adiestramiento de terroristas) la importancia que tiene el tener preparada la kantada, igual que hacía el talde de Igor […] siempre hay que denunciar torturas».

No se sabe si por los «porros» que se fumaba (fuentes antiterroristas informaron entonces que en el momento de su arresto tenía hachís para su consumo) o porque no daba más de sí, facilitaba a la justicia un documento determinante para probar la falsedad de las denuncias de torturas contra los miembros de las Fuerzas de Seguridad.

Estos son algunos detalles de la historia del individuo al que el Gobierno vasco va a conceder una serie de permisos para que salga a la calle y, se supone, pueda volver a acudir a la «herriko taberna» con sus antiguos amigos a tomarse unos «potes».

Se entiende la indignación de las víctimas y de los agentes de las Fuerzas de Seguridad porque, aunque no haya sido el cabecilla más eficaz, sí contribuyó de manera determinante al trabajo que permitió a ETA continuar con su labor criminal.