Sombras desde la chimenea: vidas truncadas por los despidos que amenazan la mayor planta de celulosa asturiana
Tres trabajadores de CEASA relatan los días de incertidumbre y los proyectos truncados desde que ENCE anunció su intención de despedir a casi un tercio de la plantilla: kilos perdidos, planes de ampliar la familia congelados, temor al futuro e infartos a pie de barricada
Cientos de personas claman en Navia contra los noventa y seis despidos anunciados por la fábrica de celulosa ENCE
Despierta el día encapotado en Navia, con esa niebla espesa que no da tregua y que parece que todo lo arrastra hacia abajo, de los que no dejan que se descubra el sol. Es un día gris, tristón. Las copas despobladas de los eucaliptos que crecen al lado de la carretera dejan entrever la luz roja de la chimenea de Celulosas de Asturias (CEASA), filial de Energía & Celulosa (ENCE), la fábrica que lleva décadas sosteniendo económicamente la comarca. ENCE Navia ha traído tanto dinero como contaminación, y desde hace semanas, con el anuncio de un expediente de regulación de empleo que quiere echar a la calle a casi un tercio de la plantilla, ha traído rabia, incertidumbre y miedo.
Desde lo alto de la chimenea, con la luz roja que se hace hueco entre la niebla, se ve El Espín. Ahí vive Marco, al que, sin saberlo, este ERE le ha quitado de un plumazo la posibilidad de tener un hermano. Marco, de cinco años, es el hijo de Javier Zardaín, presidente del Comité de Empresa, un chaval de 46 años que desde diciembre lleva a sus espaldas la carga emocional de quien se enfrenta a un gigante, de quien se ha comprometido a luchar hasta el final. “Mi mujer y yo pensábamos tener un segundo hijo, pero con esta incertidumbre no te queda otra que parar tus planes de vida”, relata.
Un camión cargado de madera pone el intermitente a la izquierda, y el tráfico que entra a la villa se para de repente. Va a CEASA, a convertirse en pasta de papel.
Hoy parece que en Navia no se mueve nada; es la sensación del día siguiente a un funeral: hay silencios más largos y miradas tristes que enfocan al suelo. El lunes, el futuro de ENCE Navia se la juega; hay una reunión con la empresa y el Comité va a seguir apostando por lo mismo: aceptan un ajuste de la plantilla, pero que afecte solamente a las personas con edad de jubilación, unas 30. Una cifra que dista y mucho del número 96, la cifra que propone la empresa. El tiempo de descuento para llegar a un acuerdo termina el 17 de febrero. “Nos dijeron que querían hacer un recorte que no fuese traumático”, explica Zardaín, que reconoce que hace meses que veían cosas raras en la fábrica; se mascaba la tragedia en el ambiente y sus presagios se hicieron realidad.
Un olor asfixiante
En Navia siempre huele a repollo, es ese tufo que dejan las plantas de celulosa. Hace años, el olor era asfixiante; hoy, asfixia más el temor a que un tercio de la plantilla se quede en la calle. La comarca ha tragado de forma silenciosa con los niveles de contaminación porque considera que las condiciones laborales de ENCE bien merecen soportarla, algo que no ha ocurrido en otras localidades, como es el caso de Palas de Rei, en Lugo, donde se iban a invertir millones en una fábrica de celulosa de última generación y el rechazo de los vecinos paralizó el proyecto.
“Es un ERE que roza la ilegalidad, sabemos que es inviable que la planta saque el trabajo adelante con 96 personas menos”, explica Rubén Serrano, trabajador de CEASA el 1996, fijo desde 2007. A Rubén le queda flojo el pantalón, ha perdido un buen puñado de kilos en los últimos días, desde que empezó la huelga y el estómago comenzó a cerrarse. Es hijo de un trabajador de ENCE, algo muy común en la zona. “Mi padre me dice que luchemos”, explica y baja la mirada, asintiendo a la lección que da un padre. Jesús Antonio Serrano, de 78 años, está preocupado por su hijo; es la preocupación que tiene toda la comarca y que quedó plasmada en la macro manifestación celebrada el pasado domingo, con las calles de Navia a reventar de padres, madres, familiares, amigos, hijos, políticos de todo signo, sindicatos… El Occidente asume el olor a celulosa, aunque moleste, se ha acostumbrado a él; pero se niega a respirar el olor de la pobreza. Si ENCE echa a 96 trabajadores, nadie sabe qué puede pasar, y esa incertidumbre se ha instalado como un puñal en el pueblo.
“Durante todo el año pasado se venían reduciendo los ritmos de producción, llevan preparando el terreno desde finales de 2024. Llegamos hasta a tener la fábrica sin madera, argumentaron que no podían competir con los grupos portugueses y llegamos a estar casi al 50% de la producción durante todo el año. Pasamos de casi no recibir madera a que, por arte de magia, llegasen a entrar 370 camiones al día”, explican los trabajadores respecto a los “movimientos raros” que llevan sintiendo en la empresa desde hace tiempo.
“Hemos luchado mucho”
Dice Javier Zardaín que los 250 millones de beneficios netos que ENCE Navia ha aportado al grupo en los últimos cuatro años, y los 53 millones que ha recibido en subvenciones públicas, son las cuentas reales que desmontan los argumentos de la empresa, que sostiene que lleva cuatro trimestres consecutivos de pérdidas.
La empresa ha avanzado en un comunicado que “tras sumar cuatro trimestres consecutivos de pérdidas, ENCE ha puesto en marcha un Plan de Eficiencia y Competitividad en su negocio de Celulosa que se implementará en el periodo 2026-2027 apoyado en dos pilares: por un lado, la adopción de soluciones de Inteligencia Artificial y reingeniería y automatización de procesos y, por otro, la racionalización de sus procesos operativos. La ejecución de los proyectos de los que se compone este plan implicará una reducción ordenada de su estructura de personal en el marco de un procedimiento de despido colectivo que se implementaría hasta 2027”.
La ejecución de los proyectos de los que se compone este plan implicará una reducción ordenada de su estructura de personal en el marco de un procedimiento de despido colectivo que se implementaría hasta 2027"
No convencen los argumentos de ENCE a los trabajadores, que se consideran engañados y ponen sus datos sobre la mesa: “se perderían 96 empleos para generar unos ahorros en costes de producción ridículos, en torno al 1%”, desgrana Zardaín. Y Rubén hace un apunte: “nos dicen que vivimos como reyes, pero lo cierto es que hemos luchado mucho por unas condiciones de trabajo dignas”.
Y han luchado tanto que saben que el ERE abre la puerta a que una empresa subcontrate trabajadores para hacer lo mismo, pero con coste mucho más bajo, con condiciones laborales peores. Resulta complicado dar con el alma de una empresa tan grande, a la que el hormigón parece haber disipado los nombres de los 96 trabajadores y trabajadoras que se pueden ir a la calle en días si nada cambia. “Gente que vivimos aquí, que tenemos aquí nuestra casa, que aquí van nuestros hijos a la escuela, que consumimos aquí…”, relatan.
Un infarto deshumanizado
Cuando en el año 2008 a Zardaín lo echaron de Suzuki, donde trabajaba en Gijón y un ERE le llevó por delante, un día vino a ver a sus padres a Trelles (Coaña) y le dio por probar suerte y echar un currículum en CEASA. Su padre había trabajado en la construcción de la fábrica. “Me llamaron de casualidad, estuve un año eventual y luego entré por contrato relevo. La cosa iba bien”. Fueron años tranquilos, con un trabajo estable, con proyectos familiares y personales que se fueron consolidando; entre esos proyectos llegó su hijo Marco, al que tiene de foto de WhatsApp comiendo un bollín de chorizo, ajeno a todo.
Estos días su padre para menos en casa, su día va de reunión en reunión, e intenta mantener la fuerza suficiente para que nadie se venga abajo. “Lo vamos a luchar hasta el final”, explica, y lo repite en voz baja, como un mantra, convencido. El domingo se emocionó, cuando subió al balcón del ayuntamiento de Navia y se sintió arropado por una muchedumbre de gente, su gente. “El apoyo nos ha dado mucha fuerza, son días muy duros. Me emocioné, cómo no me iba a emocionar…”, explica. Y hace un parón en el discurso para recordar a su compañero Eduardo, que sufrió un infarto en medio de las protestas. “Estamos soportando una presión enorme, lo estamos pasando todos mal”, señala. Critican también la falta de sensibilidad y empatía de la empresa durante todo este proceso. “Cuando se enteraron del infarto de Eduardo nos dijeron que también le podría haber dado en el supermercado…”, lamentan.
Piensan los trabajadores que poco hay de casualidad en que, justo unos días antes de que se les notificase el ERE de forma oficial, la directora de la fábrica que vivía en Navia se mudase de forma repentina a Avilés. “Esto se lleva planeando mucho tiempo”, insisten, y el que toma la palabra es Guillermo López, que se remueve al pensar en Eduardo. Lleva Guillermo siete años en ENCE; para él, entrar en la fábrica fue una salvación, tras años de autónomo con una empresa de instalaciones. “Mi mujer trabaja, pero tenemos dos hijos y el sueldo mío se necesita, hay que sacar una familia adelante, y cuando ya tienes un planteamiento, una vida organizada, pues te vienen con esto”, señala.
“No hay motivos reales para el ERE”
Los tres trabajadores tienen una sensación de impotencia que les pesa y mucho, porque aseguran que CEASA es “la gallina de los huevos de oro del grupo ENCE, no hay motivos reales para este ERE”, y Guillermo anota un dato: “para que una empresa pueda optar a las subvenciones que tiene se requiere que sea sólida y confiable para los inversores” y afea también que esas subvenciones no se controlen, “porque han de ir vinculadas al empleo”. Con su mujer, María del Carmen, andan dándole vueltas al qué pasará mañana. “Tenemos dos hijos…”, las mismas vueltas que Rubén le da a su almohada.
El lunes las negociaciones continúan, con el marcador apretando. Aunque el ERE se llevase a los tribunales y se resolviese de forma favorable a los trabajadores, los 96 despedidos estarían en sus casas hasta que la justicia dicte sentencia. Zardaín confía en que la empresa recule en sus intenciones y acepte optar por las prejubilaciones de 30 personas. De momento, ya han anunciado que van a la huelga indefinida desde el día 13.
Los trabajadores se han unido más que nunca para salvar el futuro de una empresa que hasta ahora sostiene la economía del Noroccidente de Asturias. Para que las generaciones futuras puedan seguir mirando a ENCE de frente como lo que siempre fue: la fábrica en la que todos querían trabajar pese a su mal olor. La misma empresa que le ha quitado de un plumazo a Marco la oportunidad de tener un hermano, y que sigue soltando humo, humo y más humo desde su enorme chimenea.
