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Una delegación taiwanesa del KMT juega a la diplomacia paralela acudiendo a un foro en Pekín

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Mientras los cazas chinos cruzan casi a diario la línea media del Estrecho, la principal fuerza opositora taiwanesa desfiló por Pekín para estrechar la mano del régimen que amenaza a la isla. Una delegación del Kuomintang (KMT) se desplazó esta semana a la capital china para participar en un foro con el Partido Comunista, en plena batalla interna por el presupuesto de Defensa y con el Gobierno de Lai Ching‑te cercado por una ofensiva parlamentaria sin precedentes.

Al frente de la misión viajó el vicepresidente del KMT, Hsiao Hsu‑tsen, quien hizo suya la retórica predilecta de Xi Jinping y habló de “rejuvenecimiento nacional” y de una “comunidad de destino común” a ambos lados del Estrecho, insistiendo en la idea de una sola nación dividida por sistemas distintos. No se limitó a repetir lemas, ya que además señaló a Estados Unidos como el gran beneficiario de la tensión regional y acusó a “potencias externas” de lucrarse con el miedo de los taiwaneses, un mensaje que encaja con el guion político de Pekín y que suena a herejía en Washington.

El viaje llega en el momento más delicado del mandato de Lai. El Ejecutivo puso sobre la mesa un paquete de cerca de 40.000 millones de dólares para reforzar la defensa, acelerar la modernización de la flota y adaptarse a las exigencias de cooperación formuladas por Donald Trump. La alianza entre el KMT y el Partido Popular de Taiwán ha respondido con un tijeretazo. Propone rebajar la cifra a menos de 13.000 millones, rompiendo la narrativa de “isla erigida en bastión democrático” que tanto gusta en las capitales occidentales. Desde el Senado estadounidense ya han llegado advertencias sobre el efecto de este recorte.

En Pekín, la escenografía fue cuidadosamente diseñada. El foro, celebrado durante tres días, culminó con una audiencia en el Gran Salón del Pueblo con Wang Huning, ideólogo de cabecera de Xi y miembro del máximo órgano de poder del partido. Wang repitió que “los compatriotas a ambos lados” forman parte de la misma nación y urgió a combatir tanto el “separatismo” como la “injerencia extranjera”, un mensaje que legitima la presión militar sobre el territorio y al mismo tiempo bendice el papel del KMT como interlocutor preferente. La agencia oficial Xinhua se apresuró a proclamar la “plena satisfacción” de la cúpula china con el encuentro.

No es la primera vez que el Kuomintang practica una suerte de diplomacia paralela a espaldas del Gobierno. Desde que perdió el poder, ha mantenido un canal directo con el Partido Comunista al amparo del llamado “Consenso de 1992”, un artificio que permite a ambos hablar de “una sola China”. Bajo esa fórmula se articularon, durante la presidencia de Ma Ying‑jeou, acuerdos comerciales, vuelos directos y un boom turístico que, según el KMT, demostró que el deshielo con Pekín trae prosperidad.

La nueva líder del partido, Cheng Li‑wun, aspira ahora a coronar ese acercamiento con un retrato junto a Xi. Defiende que “el diálogo evita la destrucción” y presenta su hoja de ruta como la única capaz de garantizar la paz. Pero la sociedad taiwanesa no es la de hace una década, está más tajantemente identificada con 'la isla rebelde' y marcada por los retrocesos democráticos y opresión de Hong Kong, y observa con recelo cualquier gesto de subordinación simbólica a la potencia vecina.

En el Parlamento, la batalla es feroz. La oposición bloqueó la aprobación del presupuesto general y activó un proceso de destitución contra Lai, al que acusa de agravar el enfrentamiento con China por razones ideológicas. El Gobierno, por su parte, advierte de que el desmantelamiento del plan militar abre una ventana de vulnerabilidad justo cuando la Armada y la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación acorralan a Taiwán.