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Ciudad de raíces y renovación

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Desde lo alto del mirador de la iglesia, la ciudad de Camagüey se despliega como un lienzo. Una paloma se posa sobre las tejas de barro, en la quietud que solo interrumpe el susurro de los siglos.

La observo tras una campana que lleva décadas colgada en la torre, imponente, recibiendo a quienes llegan. La macilla se resquebraja, pero el aroma del cobre persiste, desafiando el óxido y el paso del tiempo.

Abajo, la urbe respira. Ciudad, pasos, adoquines. Niños en patinetas desafían las prohibiciones del parque, porque Camagüey también es eso: un lugar que vive con libertad. En el café de la plaza, entra y sale gente. Una turista se sienta entre Las Chismosas de la plaza y se toma un selfie: la prueba para llevar, de vuelta a su frío rascacielos, de que aquí, en el Caribe, persiste una urbe de aire mediterráneo atrapada en siglos remotos.

El tinajón permanece bajo el alero, testigo mudo. Al sur, el cementerio se alza como una ciudad blanca del silencio. En su interior, los restos de Agramonte, inexactos aún en su localización, descansan entre leyendas. Iglesias, siempre iglesias. Ríos que narran historias e historias que guardan esencias. Visitantes y nativos se pierden con gusto en el laberinto de calles retorcidas, callejones estrechos y avenidas señoriales.

Sorprende el silencio de las vías reales de un tranvía imaginario, el rumor de un ferrocarril que no calla. A lo lejos, invisibles pero presentes, yacen las ruinas de antiguos centrales azucareros. Gatos de ojos profundos se camuflan en las paredes de una ciudad cultural, cinéfila, teatral, sanjuanera. Frases coloquiales resuenan entre pregones, poetas, matronas y ganaderos.

Es una experiencia sensorial de 512 años. Patrimonio, identidad y mezcla definen a esta ciudad y a sus hijos, los únicos en Cuba con un gentilicio derivado del apellido de un prócer: agramontinos.

Suena la campana. Es hora de bajar a la calle. En la iglesia comienza la misa de La Candelaria. Los fieles piden que su luz nunca abandone esta ciudad, nacida a su sombra sobre la sabana. 

Pero hoy todos celebramos. Porque creemos en una ciudad mejor y en su gente. Porque las camagüeyanas cortan su mechón de cabello para que crezca más sano y fuerte, tradición que habla de raíces y renovación. Porque el orgullo es compartido. Y por la tenacidad de aquellos que, en febrero de 1514, fundaron aquí, para siempre, una ciudad eterna.