'Atidogma', proyecto que busca democratizar el acceso a la cultura estará presente en Zona Maco 2026
En un contexto donde la cultura suele percibirse como un privilegio y no como un derecho, la gestora Reyna Aguiar Basurto y la historiadora de arte Adriana Martínez Noriega fundaron la revista Antidogma y dirigen el proyecto desde una postura crítica y horizontal.Explican que Antidogma surge como una plataforma editorial que busca cuestionar esa idea desde una postura crítica y provocadora. Ambas dicen que el proyecto no parte de una lógica pedagógica ni vertical, sino de una intención clara de generar pensamiento sin imponerlo.“Nosotras dirigimos a lectoras y lectores a que primeramente sepan que no estamos tratando de educar a nadie. No estamos buscando enseñar desde un lugar de superioridad, estamos simplemente difundiendo un pensamiento que persigue no obedecer sino provocar”, dice Aguiar.La edición número 9 de Antidogma estará presente en el Área Editorial de Zona Maco 2026. Al respecto, sus creadoras explican que esta participación les permite dialogar con públicos diversos dentro de un encuentro que concentra distintas prácticas y agentes del ecosistema artístico de América Latina.Antidogma Arte y Cultura A.C., asociación civil sin fines de lucro y donataria autorizada, ha construido en tres años un proyecto que, según explican sus fundadoras, cuestiona la idea de que el arte y la cultura pertenecen únicamente a ciertos sectores. Desde su experiencia, identifican un obstáculo recurrente en el acceso cultural: el miedo. Miedo a no entender, a no pertenecer o a enfrentarse a discursos que históricamente se han presentado como inaccesibles.“No hablamos del arte como algo grandilocuente o casi inalcanzable, que creemos que es una de las barreras principales con las que se topan las audiencias frente a los contenidos culturales o artísticos, como si la cultura fuera solo para gente privilegiada o elevada”, comenta Martínez.La horizontalidadA partir de esta lectura, Aguiar explica que la línea editorial de Antidogma se construye desde la horizontalidad, integrando tanto voces con trayectorias consolidadas como plumas emergentes, así como proyectos institucionales e independientes: “La idea es trabajar a través de estos axiomas para presentar contenidos que sean alcanzables, accesibles, y que además tengan una lógica de horizontalidad”.De acuerdo con lo que comentan, esta lógica busca que las personas se acerquen a los contenidos sin sentir que requieren conocimientos previos o códigos especializados.“Eso permite que la gente se enfrente a contenidos cercanos, que no tenga que hacer grandes esfuerzos para dilucidar cuál es el mensaje que se está tratando de comunicar”, dice Martínez.Textos de largo alcanceSobre el formato, comentan que la revista impresa funciona como un primer punto de contacto: textos breves que pueden leerse a lo largo de varios meses y que se expanden mediante códigos QR hacia entrevistas más extensas y materiales complementarios.Aguiar comenta: “No solo está la revista físicamente, que la gente puede coleccionar, llevarse a casa, leer a lo largo de seis meses. Quien quiere profundizar puede ir a los códigos QR y encontrarse con entrevistas más extensas”.Este esquema se articula con una plataforma digital de acceso libre, más de 160 materiales audiovisuales y más de 110 pláticas en formato podcast, además de talleres, seminarios y procesos de formación en distintos espacios educativos y culturales. Según explican, estas acciones han permitido convocar a más de 50 mil personas y parten de una idea central: la cultura como práctica cotidiana.“La cultura está ahí todo el tiempo: la consumimos, pero también la generamos. Por eso es importante preguntarnos qué contenidos se están difundiendo con mayor fuerza y qué narrativas seguimos normalizando”, cuenta Martínez.Contenido de la nueva ediciónSobre el contenido de la edición número 9, comentan que retoma el pensamiento de Sexto Empírico para proponer la suspensión de dogmas y desplazar la atención hacia quienes habitan la experiencia cultural: creadoras, audiencias y comunidades. Desde su planteamiento, el consumo cultural se aborda como una práctica social y como un derecho colectivo, en un contexto marcado por desigualdades estructurales.Según Aguiar: “Partimos de la convicción de que la cultura está viva, se transforma y se moldea de acuerdo con las realidades que vivimos. No estamos en una arena para hablar de privilegios, sino de derechos de la humanidad”.La selección de contenidos responde a una vocación iconoclasta presente desde el nombre del proyecto, explica Martínez: “Desde el nombre, el proyecto dice mucho de quiénes somos. Buscamos una suerte de iconoclasia: romper dogmas, destruir o alterar símbolos de poder y de opresión que han estado ahí durante muchísimo tiempo”Las editoras aclaran que esta iconoclasia no se plantea como vandalismo, sino como una forma de intervenir imaginarios, símbolos y narrativas, tanto en el espacio editorial como en el espacio público.El acceso libre es, según explican, uno de los ejes centrales del proyecto y también uno de sus principales desafíos. Mantener una revista gratuita de alta calidad implica enfrentar costos reales y limitaciones estructurales.Al respecto, dice Aguiar: “Que la revista sea gratuita no quiere decir que no cueste. El costo es enorme: trabajo editorial, corrección de estilo, diseño, impresión, gestión de espacios, plataformas digitales”.Aun así, Martínez sostiene que esta decisión responde a una postura ética: “Mantener la gratuidad para nosotras es una decisión ética, una apuesta por la democratización de la cultura, incluso si suena utópico.”Sobre esta edición, Aguiar explica que reúne una diversidad de temas, territorios y prácticas culturales. La portada, Guerra, nunca he podido domesticarte de Marianela de la Hoz, dialoga con estas preocupaciones desde una lectura simbólica vinculada al cuerpo, la memoria y la experiencia: “Desde nuestra arena asumimos la responsabilidad de propiciar vínculos: vínculos entre personas, entre saberes, entre territorios”.PCL
