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Январь
2026

España como sujeto político en el siglo XVI

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El uso del término España para el siglo XVI no es anacrónico. Procede de la tradición romana y se consolida con los Reyes Católicos como unidad dinástica y misión política, aunque no como Estado jurídico unitario. Con Carlos I, España se convierte en el núcleo rector de una monarquía compuesta y en un actor plenamente reconocido en la diplomacia europea: en Francia, Inglaterra, Venecia y el Papado se habla del rey de España.

La documentación del Consejo de Estado, del Consejo de Indias, la legislación indiana y la correspondencia regia evidencian una conciencia de España como marco de legitimación del poder y razón de Estado, anterior a su formulación teórica moderna. En debates sobre la guerra de Francia se afirma:

“Conviene mirar a lo que más importa a la seguridad de España”.

En los proemios legislativos se declara:

“Nos el rey de España, por cuanto conviene al bien de nuestros reinos y de las Indias….”

Y en la correspondencia virreinal:

“porque así conviene al servicio de Dios y de su Majestad y al bien universal de España”.

España es ya un sujeto político compuesto y un actor internacional inequívoco, aunque internamente plural. Francia, por el contrario, aparece como un Estado unificado con clara vocación centralizadora.

Dos concepciones éticas del poder

La rivalidad entre Carlos I y Francisco I trasciende lo dinástico y militar para convertirse en una confrontación de modelos éticos. Carlos I asume una concepción del poder fundada en el sintagma de naturaleza historica Universitas Christiana y en una responsabilidad universal ante Dios. Esta visión articula su política religiosa, su relación con la Escuela de Salamanca, especialmente con Francisco de Vitoria, su doctrina de la guerra justa y su impulso decisivo al Concilio de Trento iniciado en 1547.

Francisco I, en cambio, desarrolla una ética política basada en el honor, la gloria y el prestigio cultural. El patrocinio artístico, ejemplificado por la presencia de Leonardo da Vinci en Amboise desde 1515 hasta 1519, se integra en una política de centralización y diplomacia pragmática, incluso transgresora. La religión se subordina a la razón de Estado, como muestran el Concordato de Bolonia y la alianza con el Imperio otomano.

Biografías y conflicto franco-español

Carlos I, nacido en Gante el 24 de febrero de 1500, formado en la corte borgoñona, evolucionó hacia un monarca profundamente católico y vinculado a la tradición castellana. Tras una etapa inicial dominada por consejeros flamencos, el gobierno se apoyó en figuras castellanas como Francisco de los Cobos y en el sistema de Consejos. Su vida culminó en el monasterio de Yuste, en austeridad y recogimiento.

Francisco I, nacido en Cognac en 1494, heredero de Luis XII por la Ley Sálica, orientó su reinado hacia la hegemonía europea. La elección imperial de 1519, conforme a la Bula de Oro de 1436, favoreció a Carlos I, marcó el inicio de una enemistad personal y política duradera.

Italia fue el principal escenario del conflicto. La derrota francesa de 1525 y el cautiverio de Francisco I en Madrid concluyeron con el Tratado de Madrid, pronto incumplido. La Liga de Cognac de 1526 y el Saco de Roma de 1527 alteraron el equilibrio europeo, aunque sin intervención directa del emperador. Este episodio motivó la reforma militar imperial y la creación de los Tercios.

Desde 1529 se restableció la relación con el Papado. Clemente VII invistió a Carlos I en Bolonia el 24 de febrero de 1530. La Paz de Cambrai, negociada por Luisa de Saboya y Margarita de Austria, confirmó la supremacía imperial en Italia.

El papel de la mujer en ambas monarquías

Una diferencia estructural entre ambas monarquías radica en el papel político de la mujer. Mientras que en Francia su influencia se limita generalmente al ámbito cortesano, en la monarquía de Carlos I las mujeres ejercen el poder con plena legitimidad: Isabel de Portugal, Margarita de Austria, María de Hungría, Margarita de Parma y Juana de Austria.

El caso de Juana de Austria es especialmente elocuente. En 1554, con diecinueve años, viuda y separada de su hijo recién nacido Sebastián, asumió el gobierno de España. El testimonio de Andrés Muñoz recoge la dimensión humana y política de aquel episodio:

“ Y al presente como su alteza supiese por letra cierta que la serenísima princesa, su hermana ya venía a todo andar, su alteza llegó a Alcántara a la posta, donde le recibió allí muy cubierta de luto, de tal manera que durante un largo rato, nunca pudo ver el príncipe su hermoso rostro. Hasta que su alteza le suplicó muchas veces fuera servida, descubrir un tanto el manto que sobre los ojos traía derrocado. Y la princesa, como no pudiese hacer otra cosa por ser el príncipe y su hermano, descubrió su rostro, bañado en vivas lágrimas, de que el príncipe mostró gran sentimiento así de ver a la princesa representar tanta tristura, como ver a las damas y sus criados de la misma manera. El príncipe, como sapientísimo, que es, con palabras dulcísimas, y de un gran consuelo, la consuelo allí, como en las jornadas, que, con su alteza vino, que fueron cinco, que fue triste llegar a la Abadía, una gran fortaleza y lugar del duque de Alba, desde donde se despidieron”.