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Январь
2026

«No vivamos encapsulados en búnkeres ideológicos»

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Samuel, Jesús, María Eugenia, María Luisa, Trinidad, Pablo, Mari Carmen, Francisco Javier. Uno a uno y por su nombre. El cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, ha arrancado su homilía en el funeral por los fallecidos madrileños del accidente de trenes de Adamuz nombrándolos en un gesto de cercanía en medio de la solemnidad de la eucaristía que presidió en la catedral de la Almudena. Junto a él, en el altar, los obispo de toda la provincia eclesiástica madrileña, que apostaron por una misa conjunta para rezar por las víctimas mortales, pero también por sus familiares y por la recuperación en los enfermos. Junto a Cobo, el obispo de Getafe, Ginés García Beltrán; el obispo de Alcalá, Antonio Prieto; así como los obispos auxiliares Vicente Jiménez y José María Avendaño.

En el primer banco del templo abarrotado ha estado la promotora del acto, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, acompañada del alcalde de la capital, José Luis Martínez Almeida, el delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, y el presidente del Senado, Pedro Rollán. Junto a ellos también ha estado el alcalde de Carabaña, Mario Terrón, hermano de una de las víctimas.

«Hoy la Iglesia permanece en silencio junto a un pueblo herido», ha reflexionado el purpurado, desde el convencimiento de que «sentimos la necesidad de reunirnos para afrontar desde la fe el dolor de las víctimas y la solidaridad de los vecinos y de los cuerpos de emergencia que a todos nos ha tocado profundamente».

En su homilía, el arzobispo de Madrid ha aplaudido los «gestos de amor» que ha demostrado la ciudadanía a lo largo de estos días. De la misma manera, no ha dudado en lanzar una petición a los líderes de diferente signo político que tenía enfrente. «Estamos llamados a cuidarnos unos a otros, no a enfrentarnos ni a vivir encapsulados en nuestros propios búnkeres personales o ideológicos», comentó, justo en una jornada en la que, a pocos metros de la catedral, en el Senado, arreciaba la tormenta con la comparecencia del ministro de Transportes, Oscar Puente.

Para el cardenal Cobo, la tragedia tiene que marcar un antes y un después para que toda la sociedad, con los poderes públicos al frente, ponga en marca «una humanidad más fraterna», creando «espacios de encuentro, de cuidado mutuo, de solidaridad verdadera». «Que esta tragedia nos haga amar más. Que a todos nos ponga de nuevo al servicio del bien común, convirtiendo el dolor en herramienta para la paz, la concordia y la convivencia», ha remarcado.

Con la mirada puesta en quienes han perdido un ser querido en este accidente ferroviario, el purpurado ha subrayado que el silencio que sobrevuela en los momentos más duros «no es vacío ni ausencia, sino un silencio lleno de nombres, de historias truncadas, de vínculos rotos demasiado pronto». «Porque cada vida perdida deja un vacío infinito», ha explicado.

Desde ahí se adentró en la pregunta sobre la presencia o ausencia de Dios ante cualquier catástrofe. «Está presente en cada gesto de consuelo, en cada abrazo, en cada mano que sostiene a otra», ha ofrecido como respuesta. Fue el punto de partida que utilizó como para poner el foco en Jesús resucitado que «se queda con nosotros e ilumina la experiencia de la muerte con su compañía, con la compañía de los nuestros».

«En medio de la perplejidad, de la fragilidad y de nuestros miedos, Cristo nos dice que la muerte no tiene la última palabra», comentó más adelante, remarcando que «la última palabra para Dios es la resurrección». «Esa es la luz que hoy se nos da para caminar y atravesar las fragilidades de la vida. Esa es nuestra verdadera esperanza», sentenció. Al hilo de esta reflexión, detalló que la esperanza del cristiano «no niega el dolor, pero que se niega a creer que la vida y el amor terminen en una tumba». «El amor permanece», ha sentenciado.