Eladio Carrión convierte Madrid en su casa durante dos horas inolvidables en el Movistar Arena
Eladio Carrión apareció anoche en el Movistar Arena como si estuviera saliendo de otro mundo. En las pantallas se veía un ascensor en movimiento, él dentro, subiendo lentamente. Cuando las puertas se “abrieron” sobre el escenario, el recinto ya estaba en vilo, durante unos segundos, cerca de veinte mil personas se movieron como un solo cuerpo.
Era su paso por Madrid dentro de la gira europea, una parada importante en un momento clave de su carrera. No era un concierto más. Y se notó desde el primer segundo.
Después empezó Kemba Walker. Y el pabellón explotó.
Desde ese primer golpe quedó claro que no iba a ser un show al uso. Había potencia, beats, luces y una puesta en escena cuidada con estética japonesa, pero había también algo menos habitual en un artista de este tamaño: una atención constante a lo que ocurría abajo, entre la gente. Entre canciones hablaba. No para rellenar. Hablaba para cuidar. Felicitó el cumpleaños a alguien que sostenía una pancarta y recordó algo que repetiría varias veces durante la noche: que si alguien se encontraba mal levantara la mano, que nadie forzara su cuerpo, que aquello tenía que ser un espacio seguro.
No fue una frase lanzada al aire: lo demostró. En más de una ocasión detuvo el concierto para que producción atendiera a personas que se encontraban mal en el público. Sin nervios, sin impaciencia, sin mirar el reloj. Esperaba, miraba y solo continuaba cuando sabía que todo estaba bien. En un recinto de ese tamaño, con una maquinaria que no suele admitir pausas, el gesto tuvo un peso real.
En Romeo y Julieta, sin Quevedo, el público se encargó de llenar cada hueco. En 3AM, una de sus primeras canciones, ocurrió algo especial: Eladio no dejaba de sonreír. Cantaba mirando cómo todo el recinto coreaba un tema que pertenece a otra etapa de su vida. No era pose. Se le veía sorprendido, agradecido, un poco abrumado por lo que estaba ocurriendo delante de él.
La noche fue alternando momentos de euforia con otros mucho más íntimos. En Todo o Nada se sentó en el escenario y dejó que el público completara gran parte de la canción. En Hola, ¿Cómo Vas? improvisó un a capella acompañado solo por las palmas de miles de personas. Durante esos minutos, el Movistar Arena dejó de sentirse como un macrorecinto y se convirtió en algo más pequeño, más cercano, casi doméstico.
Pidió besos y abrazos entre quienes habían venido juntos, gritó “¡que viva el amor!” y pidió un aplauso para su madre, Sol María. Lo hizo sin solemnidad, como quien habla desde casa.
El espectáculo fue creciendo sin perder esa cercanía. Flores en Anónimo llegó con pirotecnia y bailarines de break. Coco Chanel volvió a hacer temblar el suelo. En Hey Lil Mama desapareció un momento para cambiarse y, a partir de ahí, la noche entró en su tramo más imprevisible.
Eladio empezó a invitar amigos al escenario. Subió Lil Naay. Apareció Noriel. Sonaron 4K, Rápido, Cheque. En mitad de Rápido se sumó Jon Z. Tres artistas, un mismo escenario, y la sensación clara de que aquello no era un “featuring” programado para la gira, sino una reunión real. Algo que solo podía pasar ahí, esa noche, con ese público.
Después de ese bloque, el concierto respiró. Los gritos de “Eladio, Eladio” llenaron el espacio durante largos segundos. Él los escuchó en silencio. Y entonces dijo algo que atravesó todo lo vivido: que no conocía a cada uno personalmente, pero que existía una conexión a través de la música; que no éramos fanáticos; que éramos familia.
Sonó Socio. Bajó al público. Cantó entre la gente. Abrazó. Miró a los ojos. En Betty cogió el móvil de un fan y se grabó en modo selfie con él, regalándole un recuerdo imposible de repetir. Más tarde apareció Sech para interpretar Si Si Si, Miradas Raras y Sigues con Él. En Hugo, Eladio volvió a bajar y fue pasando el micrófono a varios fans cantando con ellos el tema entero ante miles de personas. Nadie se rió. Nadie miró con superioridad. El recinto entero los sostuvo.
El final fue un guiño cómplice. Simuló despedirse. Se fue. Y volvió riendo: “¡Embuste, embuste!”. Entonces llegó Mbappé. Dos veces. La primera pidió algo muy concreto: que se cantara sin móviles, que se mirara al escenario, que se viviera el momento.
Y eso fue, en el fondo, todo el concierto: una invitación constante a estar presentes.
Eladio Carrión no se limitó a encadenar canciones. Fue construyendo una noche con ritmo, con pausas y con cuidado. En un formato pensado para la distancia, eligió la cercanía. En un género asociado al exceso, eligió el respeto. En un espacio enorme, consiguió que cada persona sintiera que aquello también iba con ella.
Madrid no asistió solo a un concierto. Asistió a una noche en la que un artista convirtió un pabellón gigantesco en un lugar compartido. Y eso, en tiempos de pantallas y distancia, no es poca cosa.
