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El culto a la violencia y al líder agresivo

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Recuerdo que, hace muchos años, escuché a un conocido decir que en Costa Rica lo que hacía falta era un gobernante patán, extremadamente duro y violento, que viniera a “poner orden” y a hacer lo que se debía. Lo que más me llamó la atención de esa afirmación fue que daba por sentado que este tipo de personas son las que realmente resuelven problemas, las que de verdad arreglan lo que marcha mal.

Esta idea no surge de la nada. Es heredera de creencias añejas como que los jefes tiranos producen mejores empleados, que las crianzas caracterizadas por la brutalidad forman mejores hijos o que los gobiernos represivos generan mejores ciudadanos. En el fondo, se trata de un enaltecimiento de la violencia, situándola en un lugar positivo, como herramienta legítima, eficaz y deseable.

En los últimos años, esta tendencia se ha repetido en distintos países: se aplaude a los gobernantes agresivos, chabacanos e irrespetuosos. Sus reacciones impulsivas, graves y dañinas se interpretan como algo favorable, como “lo necesario” para ordenar las cosas. Incluso podemos ver en redes sociales frecuentes reacciones de burla o diversión ante acciones de estos líderes, aun cuando estas han tenido costos reales, a veces hasta en vidas humanas.

Costa Rica no está exenta de este fenómeno. Con el gobierno actual, vemos a personas justificar a nuestro mandatario con frases como “es que él habla así”, minimizando –o incluso borrando– el impacto de la agresividad con la que actúa. En algunos casos, se llega a señalar que estos liderazgos presentan rasgos dictatoriales o abusivos, sin que ello genere una reacción desfavorable en sus defensores, precisamente porque ven dichas características como altamente deseables.

Estas formas de comportamiento suelen ir de la mano del fanatismo, entendido como una postura cercana al sectarismo: no admitir cuestionamientos y seguir de manera ciega y acrítica a una figura o proyecto.

El fanatismo facilita la violencia al ofrecer una falsa ilusión de certeza: la convicción de que la propia posición es completamente correcta. Desde ahí, cualquier forma de agresión puede validarse como un medio legítimo para defenderla.

Para efectos de este texto, interesa menos la figura del líder en sí y más las personas que lo apoyan, particularmente quienes votan en este país.

Preocupa cómo se ha llegado a normalizar –e incluso a idealizar– la agresividad y el irrespeto como supuestas virtudes del liderazgo. Esto, además, sirve para justificar conductas violentas en la vida cotidiana. Algunas personas que alguna vez se sintieron incómodas cuando la sociedad señaló sus estilos de interacción como irrespetuosos, hoy se envalentonan al amparo de un partido político.

Asimismo, se blindan frente a cualquier cuestionamiento al gobierno –por más racional que sea– y buscan un retorno a formas de proceder donde se normalizan la burla, la lesión verbal y el menosprecio de los derechos ajenos. Todo ello se sostiene mediante dicotomías formuladas de la manera más polarizante posible –izquierda versus derecha, “progres” versus conservadores, los frágiles versus los duros–, como si la realidad social y política fuese tan simple de segmentar. A veces, parece un voto más emocional que racional, buscando una “sacada de clavo”.

En contraste, quienes no están atrapados en el fanatismo suelen proceder con mayor cautela: dudan, revisan opciones, evalúan candidatos, repasan sus propias expectativas, se muestran anuentes a cambiar de parecer si la realidad lo amerita y aceptan no sentirse completamente seguros de su elección.

El fanatismo, en cambio, ofrece una cómoda sensación de respaldo absoluto y termina convirtiéndose en una forma de radicalismo, donde las reacciones del grupo se vuelven cada vez más hostiles.

Resulta difícil convivir con este clima sin verse arrastrado a responder con la misma agresividad. Incluso quienes intentamos resistir estas dinámicas podemos caer en respuestas poco respetuosas, alimentando así un círculo vicioso de enemistad que resulta profundamente desalentador.

No sabemos qué ocurrirá en el futuro, pero parece claro que la responsabilidad de quienes no queremos seguir validando posturas violentas y dañinas en nuestros líderes es, aun con cierta desesperanza… ¡seguir resistiendo! No dejemos de ir a votar.

marioalonsomj@gmail.com

Alonso Madrigal Jiménez es psicólogo.