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Ánimas

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Neblina a destiempo —dijeron algunos— neblina a destiempo, demorada desde el amanecer hasta la caída de la tarde, insistieron los más incrédulos. Mientras tanto, los viejos, parsimoniosamente impasibles reiteraron lo que desde hacía ya mucho tiempo sabían:

«(…) qué neblina ni ocho cuartos, un alma en pena, un ánima inquieta, la de la muchacha de los ojos verdes que no regresó, frágil y súbita aparición de los crepúsculos que a veces vuelve como una nube azul y nos inquieta, o tal vez no, tal vez son los difuntos desbordados del territorio de los ángeles de piedra».

Luego se persignaron y concluyeron la conversación de cada día con una mirada al cielo y el «alabado» rotundo de los fervientes. Las reuniones cotidianas eran muy ceremoniosas en medio de las humaredas de tabaco.

Se decía que ella había vivido allí, en una pequeña casa, de paredes de un color tenue amarillento y techo bajo de tejas intensamente ocres y sonoras donde crepitaban las gotas de lluvia de los temporales como lo haría una cascada de nueces sobre el enlosado de los caminos. El recuerdo era ya antiguo, nadie evocaba con certeza su vida, y mientras algunos la soñaban de su casa, otros juraban que se trataba de una de esas mujeres de oficio trashumante y sórdido, con el rostro embadurnado de colores y una intensidad de verde en la mirada que centelleaba en las noches.

No enfermó de amores como imaginaban, murmuraban o callaban las mujeres reunidas a la sombra de un almendro, sino de las humedades de primavera. Confirmaban creídamente que fueron invadiendo de forma exuberante la construcción, tanto que el musgo llegó a tapiar las ventanas y nacieron helechos que iban dejando el rastro de sus diminutas hojas en las palabras de la joven y en los sentimientos de quienes la visitaban, esparcidas por los rincones a las amplitudes de una manera casi indiscreta e insultante.

Y después, algunos veían la frondosidad vegetal de entonces, en las repentinas brumas de los atardeceres que se paseaban por la calle y por el camposanto cercano. Eran levedades fulgurantes en lo oscuro, asiduas y sigilosas, temidas por todos, a veces en silencio y otras, confesadamente con rubor. Por eso allí, a ratos, se bajaba la voz en señal de respeto a los difuntos conocidos o ignorados de la vecindad. La gente comenzó a reconocer el sendero como Ánimas, no solo por las historias de las apariciones en los umbrales de las casas y las mariposas blancas revoloteando sobre las florecillas de los canteros y las acequias, mientras octubre se desvanecía y comenzaba noviembre, sino también y sobre todo, por la tristeza, lo solitario y desamparado del cielo en aquel lugar de la ciudad vieja. (Crónica publicada originalmente en el diario Juventud Rebelde, 2004)