El otro Fitur
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Fitur tiene dos almas. Dos. Y conviven bajo el mismo techo sin hablarse demasiado, como esos matrimonios que solo se cruzan en el pasillo para preguntarse quién ha dejado la luz del baño encendida. La primera es la respetable, la seria, la que justifica que durante unos días Madrid se convierta en la capital mundial del turismo. Es la de los profesionales. Gente con acreditación colgada al cuello , agenda apretada, café en vaso de cartón y mirada de «no tengo tiempo para esto, pero estoy aquí para cerrar algo». Son los que de verdad importan: destinos que presentan novedades, grandes touroperadores que toman nota, reuniones exprés donde se decide qué ciudad estará de moda el próximo verano y cuál seguirá siendo «emergente» durante otros quince años más. En esa Fitur se habla de conectividad aérea, de sostenibilidad, de mercados asiáticos, de experiencias inmersivas y de cómo atraer a un turista que gaste mucho, moleste poco y, si es posible, no envejezca nunca. Ahí se hacen contactos reales, se firman acuerdos y se construye, con mayor o menor fortuna, el futuro del turismo. Y luego está la otra Fitur. La que llega el fin de semana. Esa es otra cosa. Es otro evento. Un multiverso . De repente, los pabellones se llenan de familias, parejas, amigos y curiosos que avanzan con la determinación de quien entra en un hipermercado el primer día de rebajas. No vienen a cerrar acuerdos: vienen a coger folletos. Muchos folletos. Todos los folletos. Los que hay y los que no sabían que necesitaban. Se coge información de destinos imposibles, remotos, surrealistas. Lugares a los que nunca irá, ni aunque le toque la lotería, le den vacaciones indefinidas y le incluyan el billete gratis. Pero ahí están: un atolón del Pacífico que no sabías situar en el mapa, una región interior de un país que no recuerdas haber estudiado en geografía, un paraíso natural cuyo principal atractivo es «la autenticidad de sus gentes». Los folletos se meten en bolsas que pesan más que una maleta de cabina. Se guardan con cariño, convencidos de que algún día serán útiles, y luego, ya en casa, empieza su verdadera vida; meses, a veces años, acumulando polvo en una estantería , en un cajón o en ese mueble donde acaban las cosas «que no se tiran todavía». Y, por supuesto, está el merchandising , ese capítulo glorioso del ridículo colectivo que Fitur nos regala cada año. Ahí es donde personas adultas, con hipoteca y responsabilidades, se transforman en competidores olímpicos capaces de empujarse con sutileza por un bolígrafo que no escribe, una bolsa de tela con el logo de una diputación desconocida o un llavero con forma de flamenco que jamás usarán. Nos «pegamos», metafóricamente, casi siempre, por abanicos en enero , por gorras imposibles que no nos pondríamos ni en el campo y por powerbanks promocionales que cargan menos que la paciencia de quien hace cola detrás. Todo se coge con una avidez que no admite preguntas: no lo queremos, no lo necesitamos, pero es gratis. Y en FITUR, lo gratis adquiere una dignidad moral que justifica cualquier comportamiento. Hasta que llega el día de la limpieza. Y entonces uno descubre, con cierta melancolía, que nunca fue a ese destino exótico , que jamás reservó aquel hotel ecológico entre montañas ni vivió la experiencia gastronómica «única e irrepetible» que prometía el tríptico a todo color. Los folletos acaban en la papelera, cerrando así un ciclo tan inevitable como el paso del tiempo. Fitur, en el fondo, es eso: una feria imprescindible para los profesionales y una comedia deliciosa para el público general. Un lugar donde se decide el futuro del turismo mundial… y donde medio país se lleva a casa la promesa impresa de viajes que nunca hará. Pero qué bien nos lo pasamos fingiendo que sí.
