'Solo quería bailar': delinquir para sobrevivir
“De repente, el último verano” era aquel libreto de Tennesse Williams que el oscuro pelo de Liz Taylor ayudó a inmortalizar con su adaptación cinematográfica a cargo de Joseph L. Mankiewicz. Esas cinco palabras, que como título suenan evocadoras, como realidad son altamente frustrantes. Pues ese “último” puede venir en forma de todo aquello que adoramos: abrazo, beso o, incluso, baile.
Pili, con formación como bailarina, probablemente también ha tenido que lidiar con vivir su última danza, al menos delante de un público. Sin embargo, en su caso, el suceso no ha sido repentino, pues conocía las consecuencias de la acción. Y, evidentemente, aquí están: condenada a treinta años de prisión por acto terrorista. Pero, ¿por qué ha cometido tan visceral acción? Aparcando las referencias a Williams, el título de la nueva obra dirigida por Alberto Velasco nos lo explica.
“Solo quería bailar” se hospedará en el Teatro de la Abadía desde este miércoles hasta el domingo. Durante su hora y cuarto de duración, el escenario contará con un único ente: Pili, el alma enervada e interpretada por Olalla Hernández. “Un toro de Miura”, como ella misma denomina al proyecto. “Ha sido una iniciativa mía y es un personaje que he deseado mucho hacer, por lo que me temblarán las piernas al salir”, añade nerviosa pero alegre. Y es que hay mucho que celebrar, pues poder actuar siempre es un privilegio. Ahí radica el núcleo argumental de la función, inspirada en una novela de Greta García y ahora dramatizada por Sergio Martínez Vila. Las dificultades para sobrevivir ante un mundo en el que tu profesión precarizada no parece merecedora de respeto o condiciones dignas.
El malvivir de la inestabilidad
Su personaje se dedica al baile y le frustra malvivir por la inestabilidad, por lo que decide tomarse la justicia por sus manos. Evidentemente, más por desgracia, los interminables dolores de cabeza en el gremio le suenan cercanos a la actriz, acostumbrada a la incertidumbre. “Nunca se sabe cuánto tiempo vamos a tener que aguantar con el dinero de nuestro último trabajo, ni cuándo vendrá el siguiente, ni si estará bien remunerado”, se lamenta Olalla Hernández, que también confiesa haber trabajado únicamente seis días del año pasado. “Algunos se sorprenden por lo que se puede cobrar por una jornada, pero no saben que los días laborales son escasos”, matiza resignada pero enfadada de que algunos la califiquen a ella y sus compañeros de “subvencionados”.
La intérprete se considera acérrima del libro en el que está basado el guión. “Lo punky que es la Pili, no es ni consciente de ello”, responde a lo que más le gusta de él. “Ella es una persona carente de amor, lleva cinco años encarcelada y nadie la ha ido a visitar. Lo único que busca es un rayito de cariño”, agrega. Este valle donde las lágrimas y las risas colindan también se transborda a las tablas, y de la dramaturgia la protagonista destaca “la capacidad para sintetizar la esencia”.
Movimientos orgánicos
Para poder meterse de lleno en el desdichado corazón de la reo, la artista ha tenido que empezar a dar clases de baile clásico y contemporáneo. Alberto Velasco, el realizador, viene del mundo coreográfico, por lo que también ha sido para ella un gran apoyo con el que exteriorizar correctamente la expresividad que las acotaciones requerían. La mayor de las reflexiones, aplicable por extensión a cualquier labor, la sacó de él: “Si un movimiento no funciona, se cambia por otro más orgánico”.
Esta pasión es la representación viva del buen hacer que expedirá el Teatro de la Abadía esta semana. Porque, ante un mundo lleno de sueños rotos que conducen al individualismo más feroz y a conductas irracionales como las de Pili, que podría ser cualquier otro ciudadano, Olalla Hernández tiene claro su cometido: “Nuestra esperanza es seguir haciendo lo que amamos”. En ese caso, que se abra el telón.
