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La fiesta que no viví

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Encuentro la carta de mi papá. Siento el papel y sus pliegues. Las letras, escritas a máquina, son también vestigio de otra época, en la que el papel marcaba otros ritmos. No recordaba haberla guardado y fue muy recientemente que volvió a la vida. Al sostenerla en mis manos, se cuela por entre las líneas la pasión de mi papá por la política, esa pasión que lo ha acompañado durante toda la vida.

La leo varias veces. De pie. Dice: “La campaña política cada vez se calienta más y, en ocasiones es imposible, o muy arriesgado, pasar por algunas calles y avenidas de San José porque los ánimos están muy caldeados”. Me detengo en esa frase. Muy arriesgado. No es así como yo había guardado esas elecciones en la memoria.

Para mí, las elecciones de los ochenta y noventa siempre habían sido una fiesta. Las banderas repartidas en las esquinas, los pitos de los carros, las caravanas improvisadas que atravesaban la ciudad. Las plazas públicas como centros de gravedad, donde la gente se reunía a discutir, a cantar consignas, a sostener diferencias sin que eso impidiera la celebración. La política desbordada hacia la calle. Como un carnaval.

Y, sin embargo, mi papá hablaba desde otro lugar: desde la preocupación, desde la alerta, desde la experiencia adulta de quien sabe que una elección presidencial puede ser intensa y que esa intensidad también puede quemar.

En febrero de 1986 yo no estaba ahí para comprobarlo. Estaba en Oregon, en mi primer intercambio estudiantil, atravesando una iniciación distinta. Era mi primer invierno verdadero. Vivía con una familia profundamente religiosa, muy lejana a mi mundo. El frío no era solo una cuestión de temperatura: era un modo distinto de estar, de moverse, de hablar. Todo parecía cubierto por una capa de silencio.

Aquel domingo 2 de febrero –día de las elecciones– no hubo urnas ni banderas. Fuimos a esquiar. Yo, novata, mal equipada, con unos jeans y una jacket pensada para lluvias tropicales, no para pistas hechas hielo. A la cuarta caída, tirada sobre la nieve, con las piernas y las manos entumecidas, pensé qué diablos estaba haciendo ahí. Qué hacía en ese paisaje helado, cuando en Costa Rica la ciudad estaba tomada por el ruido, el color y el júbilo.

Además, no era una elección presidencial cualquiera. Mi tío, Álvaro Montero, se presentaba como candidato de Pueblo Unido. Sabíamos que no tenía muchas posibilidades; lo sabíamos todos. Pero la fiesta no dependía del resultado. La fiesta era la fiesta. Yo me estaba perdiendo la repartición de banderas, el camino hacia la plaza, el momento en que daría su discurso. Me estaba perdiendo ese ritual colectivo que había marcado mi infancia: acompañar a mi papá a las plazas públicas, discutir en familia, sentir que la política estaba a flor de piel.

Había algo profundamente formativo en todo eso, aunque entonces no lo supiera. Existían dos escuelas. Estaba la formal, con sus lecciones de Cívica y las fechas que había que memorizar. Y existía esta otra, la de la calle, donde se aprendía a convivir con la diferencia, a tolerar el ruido ajeno, a habitar el espacio compartido. No se trataba solo de votar: se trataba de estar ahí.

Mientras yo intentaba mantener el equilibrio sobre los esquís, en San José, según la carta de mi papá, los ánimos estaban caldeados. Tal vez ambas cosas eran ciertas al mismo tiempo: la fiesta y la tensión, el entusiasmo y el cuidado. Tal vez por eso esa escuela funcionaba. Porque no era ingenua. Porque enseñaba en medio del desorden, del exceso, del roce.

Hoy, cuatro décadas después, salgo de mi casa y me cuesta ver una bandera en las calles. Al menos cerca de donde vivo. Busco señales, rastros de aquella fiesta, y encuentro poco. En Internet aparecen fotos de personas congregadas afuera de los debates o de las reuniones partidarias, pero el pulso general es distinto. Parece otro país. Si no fuera porque algo se comenta y se vive en las redes sociales, habría que ir puerta por puerta para comprobar si hay vida adentro.

La carta de mi papá me ha hecho añorar esa fiesta que no viví. No solo por nostalgia, sino porque ahí se aprendía algo esencial, sin proponérselo: que la democracia no ocurre en silencio. Que necesita presencia, cuerpos, ruido compartido. Que también es una forma de educación.

Doblo la carta con cuidado y la devuelvo a su lugar. Afuera, no hay pitos ni banderas. Pero durante un instante, mientras guardo el papel, siento que esa escuela paralela –la que no cursé del todo– sigue hablándome, como una lección pendiente que todavía vale la pena escuchar.

emma.tristan@icloud.com

Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.