¡Ya viene el circo!
Decir circo cubano en Cuba era hablar de Pubillones y de Santos y Artigas. Había otros como el Montalvo, el Nelson, La Rosa… sin contar algunos más: Razzore, el llamado circo sudamericano, y el estadounidense Ringling, famoso en todo el mundo, que cada año se presentaba en el Palacio de Convenciones y Deportes, en Paseo y Mar, en el Vedado, edificio que desapareció con la extensión del Malecón hasta su límite natural del río Almendares.
A comienzos del siglo XX y todavía hasta el fin de la 1ra. Guerra Mundial, el circo marcaba el inicio de la temporada invernal; anunciaba la proximidad de la ópera y de las compañías dramáticas de fuste. Así sucedía con los grandes circos. Los circos pobres, que eran los que recorrían la Isla y terminaban emplazando su carpa a la salida de un poblado o en cualquier solar yermo o parque desvencijados del perímetro urbano, comenzaban también sus giras en noviembre y las terminaban en abril. Tenían dos grandes enemigos: los aguaceros y los ciclones. Y también el tiempo muerto.
La carpa de esos circos se confeccionaba, por lo general, con sacos de harina; las lluvias la calaban y el agua inundaba la pista y volvía intransitable los caminos, mientras que los ciclones podían hacer desaparecer una carpa para siempre. Eran giras estrechamente vinculadas con la zafra azucarera porque macheteros y trabajadores de los centrales eran mayoría entre los asistentes a aquellas funciones. Si la zafra era corta, las ganancias también se recortaban, y al entrar el azúcar en tiempo muerto ya podía el circo trasladarse a zonas tabacaleras, donde, con todo, los dividendos eran inferiores.
Estos circos soportaban casi siempre su carpa con un solo palo. De ahí que se les llamara «de sombrilla». Cuarenta y uno de ellos fueron intervenidos durante la llamada ofensiva revolucionaria de marzo de 1968.
Luces y sombras
Fuera cual fuera su clase, el circo hacía siempre la alegría de grandes y chicos. Con sus payasos disparatados, sus trapecistas temerarios, sus amazonas apenas posadas sobre el caballo espumoso…
Cuando el Pubillones se presentaba en el teatro Payret, un ciclista se lanzaba por una canal fijada en la cazuela —el espacio más alto de la sala, reservada para los que adquirían las papeletas de entrada menos costosas— y salía disparado como un proyectil para caer con su vehículo en una tarima acolchada situada en el fondo del escenario. Volaba el hombre, materialmente, a horcajadas sobre su bicicleta. Hubo quien quiso imitarlo y casi perdió la vida en el intento. Fue Guillermo Díaz y sería más tarde el muy popular Raymond cubano, capaz de escabullirse, como un Houdini tropical, de un baúl asegurado con cadenas y candados y de soltarse de las amarras más complejas.
El Ringling tenía grandes atracciones. Muy aplaudidos eran el payaso que nunca reía y comía coles todo el tiempo. La trapecista conocida como Ricitos de Oro. El hombre que se paraba en la punta de un dedo. Impresionaba el número del pequeño automóvil que entraba en la escena para dejar salir de su interior hombres y mujeres en un número que parecía infinito. Se puso de moda entonces decir: «Había más gente que en el carrito del Ringling».
No todo eran risas y luces en el circo. Había sus sombras. Y sus tragedias como la del circo Razzore, y las desgracias sin cuento que, una tras otra, sufrieron los hermanos Montalvo. Lo veremos más adelante.
Un matiz diferente
Santiago Pubillones y su sobrino Antonio eran gente de leyenda. Hombres-espectáculo, altos y bien plantados, se situaban en medio de la pista trajeados de frac, tocados con relucientes sombreros de copa, y exhibiendo prendas costosas, como el famoso brillante Pubillones, que deslumbraba a todos, ostentoso sobre la blanca pechera. Oficiaban, fusta en mano, como sacerdotes de un rito hecho de agilidad, fuerza y destreza, admirable fusión de músculos e inteligencia y en el que los payasos representaban la gracia del espíritu.
En La Habana de comienzos del siglo XX el circo Pubillones levantaba su carpa en un solar yermo situado en las inmediaciones del hotel Plaza. O en el espacio en que se construyó el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Con el tiempo se presentaría en grandes teatros capitalinos como Payret o Nacional, y también el Martí.
Dos cubanos, Jesús Artigas y Pablo Santos, que ganaron una fortuna como productores de cine, se introdujeron en el negocio y en 1916 fundaron el circo Santos y Artigas, mientras que el circo de Pubillones desaparecía en 1923-24 a consecuencia de la poca habilidad comercial de los herederos de Antonio.
La nueva agrupación renovó e inyectó vigor a la escena circense nacional, recordaba, en Bohemia, el periodista Enrique de la Osa. No solo trajo artistas internacionales muy reconocidos, sino que supo dar un nuevo y diferente matiz al espectáculo. Revistieron sus presentaciones de una marcada influencia norteamericana, a la manera del Ringling, y dieron a las actuaciones un ritmo vivo y picado. Un número sucedía al otro y los payasos colaboraban para evitar los puntos muertos.
Sin embargo, para muchos de los espectadores del patio el ambiente creado por Santos y Artigas no tuvo nunca el colorido ni el sabor que distinguían el escenario del Pubillones. Pero resulta indudable que Santos y Artigas, con perseverancia e incluso en el fracaso económico, mantuvieron durante largas décadas el espectáculo circense. El Santos y Artigas montaba su carpa en Infanta y San Lázaro. El Razzore, universal y trashumante, se instalaba con su carpa azul a la entrada del Vedado.
La mala suerte
Los hermanos Montalvo, del circo del mismo nombre, tuvieron mala suerte.
Una de ellas, que se hacía llamar en la escena Cubita la bella, tuvo en Pinar del Rio amores con Pedro Junco, el compositor de Nosotros, y murió muy joven, casi al mismo tiempo que Pedrito, que falleció a los 23 años de edad.
Un hermano de Cubita que, por orden del padre, se vio obligado a oficiar de cancerbero de aquel romance a fin de que la pareja no se propasara, murió aplastado por un camión del propio circo al quedarse dormido debajo del vehículo. Y otros dos hermanos desaparecieron en la tragedia del circo Razzore.
Más opulento que los nuestros, el circo de Emilio Razzore disponía de barco propio para sus giras caribeñas. En el Euskera se hicieron a la mar los artistas y sus familiares. Llevaban asimismo la carpa azul de sus espectáculos y sus animales amaestrados. El barco se hundió. Solo seis de sus 67 pasajeros y tripulantes pudieron ser rescatados.
La historiadora Sonnia Moro, entonces una niña, vio por pura casualidad la partida del Razzore hacia la muerte.
Tras su temporada en La Habana, el circo emprendería, desde el puerto del Mariel, una gira latinoamericana que comenzaría en Colombia.
El domador Santiago Bravo contó al padre de Sonnia que el señor Razzore se les adelantó en avión a fin de ultimar los detalles del arribo de la compañía. Sin embargo, su esposa, hijos y otros familiares que formaban parte del conjunto lo hicieron en el buque, un barco viejo y feo, recordaba Sonnia Moro. Un ciclón lo sorprendió en alta mar. Lo más dramático fue, quizá, la desaparición de la familia del propietario. El domador Santiago Bravo estuvo entre los sobrevivientes que, a la deriva durante varios días, se vieron obligados a beber su propia orina antes de que los rescataran.
La prensa se regodeó con la desdicha, y la India de Oriente interpretó una canción que decía en una de sus partes: «Y entre los gritos de las madres y las fieras/ el mar Caribe hizo pedazos al Euskera».
