'El artefacto perverso' y la importancia de no mezclar la memoria con la Historia
Ya habían trabajado juntos el dibujante o historietista Federico del Barrio y el guionista Felipe Hernández Cava –el tándem que está detrás de Caín para los lectores de LA RAZÓN– en «Las memorias de Amorós», una tetralogía con aroma de folletín que transcurre durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, así como en una trilogía sobre el cruel conquistador Lope de Aguirre. Por tanto, cuando en 1994 publicaron por entregas «El artefacto perverso» en la revista «Top Comics» ya había un rodaje previo, unos automatismos entre ambos como una sociedad de delanteros consolidados: me vienen a la mente, por ejemplo, aquellos Zigic y Munitis en el Rácing de Santander.
El caso es que «con un Federico en estado de gracia», en palabras de Hernández Cava, «y un guion perfecto de Felipe», a juicio de Federico del Barrio, «El artefacto perverso», tras ser compilados los cinco cuadernillos que lo componen por Planeta en 1996, es reconocido con los premios al mejor guion y a la mejor obra en el Salón de Cómic de Barcelona de 1997. Luego vendrían reediciones en 2005, 2015 y 2025, esta última a cargo de la editorial Astiberri, que es la que aquí nos ocupa.
Así, por tanto, cabe preguntarse por el secreto del éxito de esta historia de posguerra y su trascendencia en el tiempo. Para el guionista del cómic, quien prefiere hablar de «buenas críticas» más que de éxito, la receta está «en la propia estructura del álbum, que tiene distintos niveles de lectura, aprovechando todas las posibilidades que ofrece el cómic como método narrativo». Su dibujante habla, asimismo, «de un guion perfecto, estupendo, que resiste al paso del tiempo», y de «la apuesta en el dibujo por el claroscuro, una técnica que hoy prácticamente se ha perdido y que, por entonces, estaba yo en un proceso de mayor dominio de la misma tras haberme formado».
Memoria e Historia
Cuenta «El artefacto perverso» la historia de Enrique Montero, un antiguo maestro republicano represaliado por el franquismo que trata de sobrevivir en la España de la posguerra probando suerte en el mundo de la historieta –«nuestra literatura de kiosko y nuestros tebeos estaban copados, en buena medida, por antiguos ‘‘rojos’’ que terminaron por hallar en los calificados como subgéneros narrativos una digna forma de subsistencia», escribe Hernández Cava en el prólogo de la obra–. Una historieta que es el reflejo de los atentados que sacuden Madrid en 1945 y que devuelven a Montero a un pasado que creía haber dejado atrás.
Sus viejos amigos piden al dibujante que vuelva a colaborar para ayudar a detener a uno de los suyos que está haciendo la guerra por su cuenta... Pero Enrique no quiere resistir ni sobrevivir traicionando: sobre todo, lo que quiere es olvidar. La obra rinde homenaje a los dibujantes de cómic de la posguerra y, en una atmósfera deliberadamente opresiva, resucita una página oscura de la historia de España.
Sobre su génesis nos comenta su guionista que siempre le preocupó que hubiera «un manto de silencio» sobre la guerra y la posguerra entre sus padres y entre sus mayores. Y cuando llegó la Transición, «la respuesta que yo hallaba, tanto por la derecha como por la izquierda, era ‘‘no seas pesado con estas cosas, deja la historia en manos de los historiadores’’». Pero, para su sorpresa, «cuando apareció Zapatero en su afán de dividirnos construyó aquella aberración contradictoria en sí misma, la memoria histórica. Y luego vino Pedro Sánchez con la memoria democrática. Ambos me parecen conceptos perfectamente perversos», expresa el guionista de esta novela gráfica.
«Se había hecho un pacto de silencio tácito entre vencedores y vencidos –continúa–. Pero a mí me preocupaba tanto la memoria como la Historia, que yo nunca mezclé». Y agrega: «Ahora me he encontrado con la sorpresa de algunos que se quedan desconcertados y dicen que es un trabajo a favor de la memoria histórica: no, esto está hecho en su contexto».
Una de las preocupaciones que Felipe Hernández Cava tenía y así lo reflejó en la obra era «recrear ese ambiente del Madrid de 1945, de esa gente comunista que había por aquí. La atmósfera que sí recogió siete años después Andrés Trapiello con la novela ‘‘La noche de los Cuatro Caminos’’ –reeditada en 2022 como un ensayo por Destino como «Madrid, 1945»–. Estamos hablando de lo mismo: el ambiente de ese pequeño núcleo de clandestinidad que tenía el Partido Comunista en Madrid y que cortaron de raíz a partir de 1946 con el fusilamiento de Cristino García y algunos de sus compañeros. Pero en esos años un poco oscuros y siniestros es cuando el PCE envió gente desde Francia para hacer algunas ejecuciones en Madrid de comunistas disidentes», cuenta.
Además, asegura que quisieron rendir un homenaje también a los dibujantes de tebeos como Eduardo Vañó, que, «en aquella época, como pasó con la novela popular, de kiosko, muchos eran de orígenes republicanos y encontraron un ‘‘modus vivendi’’ que a lo mejor no se correspondía con las inquietudes que ellos habían tenido, pero que fue el que trabajando muy duro, de una forma estajanovista, les permitió vivir. Y ese homenaje no se había realizado todavía: luego ya vino Paco Roca, que hizo ‘‘El invierno del dibujante’’, ya muy posterior.» Enrique Montero, el protagonista de «El artefacto perverso», es el trasunto de uno de ellos, o más bien de un poco de todos ellos: «Lo que dice el personaje es la clave que luego permitió hacer la Transición, la gente que dijo: ‘‘Voy a dejar de darle vueltas a este asunto’’. O sea, hubo personas que más o menos aceptaron las circunstancias que les venían dadas y se aplicaron en lo suyo, dejando de lado todas estas historias en las que se habían visto involucrados durante la guerra», asegura Hernández Cava.
Con varios niveles
Historia, historieta, chistes. «Más que un reto fue una alegría en el sentido de que te permite jugar, buscar diferentes estilos, de qué manera puedes incorporarlos dentro de la narración», confiesa Federico del Barrio respecto a los diferentes niveles o capas que tiene la historia y, por tanto, su dibujo: «Es una especie de juego, un divertimento que alegra mucho el trabajo del dibujante, que, a veces, el mantener un estilo continuado puede resultar un poco aburrido. En general, con Felipe no ocurre eso porque siempre introduce elementos de ruptura e historias dentro de historias que permiten esos juegos. En este caso más porque hay tres o cuatro niveles», agrega.
Además, Hernández Cava reitera que «lo que hace que este álbum pueda tener cierta pervivencia a lo largo de los años, que sea un objeto digno de interés, es la propia estructura: se trata de un álbum que tiene distintos niveles de lectura, que aprovecha mucho todas las posibilidades que encierra el cómic como método narrativo».
En relación con la curiosa animalización de algunos de los personajes, su dibujante confiesa que «Surgió por una especie de juego. En una de las primeras páginas un personaje tiene una metamorfosis dentro del protagonista –el editor de la revista al que este entrega los chistes se convierte en pájaro–: no se sabe si es una visión subjetiva del personaje o qué pasa ahí. Como no alteraba demasiado ni afectaba a otros niveles de lectura decidí seguir con este tipo de juego con varios personajes excepto el protagonista, su mujer, Josita, y algún otro».
El guionista dice sobre Federico del Barrio «que hubo un momento en que decidió que algunos personajes tomaran la forma de animales, y eso a mí de entrada me parecía peligroso porque no quería que cayésemos en la caricatura, pero luego cuando vi cómo lo resolvía me pareció una buena idea y que aportaba otros elementos narrativos nuevos».
Por otro lado, Federico se queja de que hay muchas personas que le han dicho que es demasiado sombrío, «y quizá es porque nos hemos acostumbrado durante los últimos años a estéticas blandas que no se parecen para nada a lo que están contando». Aquí, de nuevo, recordamos las palabras de su dibujante sobre la técnica en desuso del claroscuro.
«A Federico y a mí nos preocupaba mucho que el lector, incluso sin necesidad de leer la historia, recibiera un impacto visual que le transportara a aquella época, al año 45: a esa atmósfera, esa cosa que siempre imaginamos que tenía la posguerra –prosigue explicando el guionista–. La iluminación de la película ‘‘La Colmena’’ (dirigida por Mario Camus y estrenada en 1982) fue algo que estudiamos bastante: nos parecía que transmitía esa especie de escasez de luz que había para contemplar las cosas».
Por último, Hernández Cava, casi como una confesión postrera, nos desvela la capa más oculta de todas: «El regreso de los cuadros del Museo del Prado desde Ginebra –en el cuadernillo cuarto, «La trompeta de Clío»– viene a ser una tercera posibilidad de comentar la historia. Ese viaje, no sé por qué circunstancias, yo siempre me lo imaginé o soñaba con él, no como un viaje de cuadros sino que en esos trenes viajaban los personajes reales de esos cuadros», dice.
UN MATRIMONIO PROFESIONAL SÓLIDO Y SIN CAINISMO
Pese a que la unión profesional entre Federico del Barrio y Felipe Hernández Cava –un matrimonio artístico que se remonta a 1989– se fraguó bajo el sello de Caín, no hay atisbo de cainismo en una sólida y fructífera relación artística que lleva en las páginas de LA RAZÓN desde su primer número, el 5 de noviembre de 1998, época en que en palabras del dibujante Caín estaba más cercano a estas novelas gráficas debido a que la técnica de dibujo por ordenador no se había implementado aún. Y dice que están en la misma órbita y que siguen siendo amigos, «algo que es importante».
