ru24.pro
World News
Январь
2026
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25
26
27
28
29
30
31

Sangre legionaria en el Alvia

0

El pasado 18 de enero, el Destino, ese caprichoso juez que no entiende de edades ni divisas, decidió detener el tiempo para el capitán de Enfermería D. Álvaro García Jiménez en las vías férreas próximas a Adamuz. Con apenas 32 años, Álvaro no sólo era uno de los oficiales del Tercio Duque de Alba II de la Legión; era, con arraigo, identidad y esencia, hijo de Ceuta, centinela de vidas ajenas enfundado en el verde sarga de los que acostumbran a jugar partidas de ajedrez con su novia, la Muerte, a sabiendas de que las tablas del combate nulo es una gran victoria para seguir con vida el resto de los días.

Ceuta, perla del Mediterráneo, la ciudad que le vio nacer, crecer y forjar su alma de estudiante y guerrero, de hombre de bien, entre salitre, murallas y embates del mar, hoy guarda un silencio sepulcral que, incluso, corta la respiración en la capilla ardiente de un afligido García Aldave.

No es el silencio del olvido, sino el de la guardia eterna cuyo relevo alterna el piquete de honores de amigos, hermanos legionarios, del propio acuartelamiento y, especialmente, de la heroica Bandera "Cristo de Lepanto" IV de la Legión, esa que lleva por lema Soli Deo Gloria en aras de exaltar a Dios y, como humanos, reconocer nuestra humildad y papel secundario en esta vida terrenal.

Álvaro era caballa, orgulloso hijo de aquella tierra africana, un hombre que entendía que ser ceutí, enfermero y, además, legionario es sinónimo de poner en práctica una misma acción: entregarse a y por los demás. Desde sus años de instituto hasta su ascenso al brillo de las tres estrellas de seis puntas, su camino fue una línea recta hacia el servicio, una vocación que hace unos meses le llevó al despliegue en Irak, donde la misión se convierte en realidad y el compañerismo en clave de supervivencia. Allí, su presencia fue un plus, un valor seguro, para todos los componentes del contingente español.

En la Legión no se muere, se entrega el alma, el espíritu, y se realizan continuos movimientos en esa partida que diariamente jugamos contra avatares o vicisitudes en los que la Muerte se siente cómoda con su afilada guadaña. Álvaro vivía al amparo del Credo Legionario y sus doce espíritus que, a su vez, es código de honor y consuelo desde que el general Millán-Astray lo redactara en el Cuartel del Rey, no muy lejos de donde el malogrado capitán descansa en paz antes de emprender un viaje sin retorno camino de la eternidad.

Como enfermero, personificaba mejor que nadie el espíritu de compañerismo: "Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos". Seguramente, alguna lección le había quedado de los recuerdos del bravo padre Huidobro que a tantos legionarios de esa misma Bandera logró rescatar y acompañar en su último aliento antes de presentarse ante el Altísimo en los prolegómenos de la Guerra Civil Española.

Hoy, ese capitán que tantas veces cuidó de la salud de sus hermanos de armas no ha precisado el fragor de la batalla para convertirse en el héroe de nuestros corazones, pero, con la misma entereza que demostró entre el sol africano y la mística niebla de García Aldave, ha llamado a las puertas del Cielo para presentarse como nuevo custodio del Cristo de la Buena Muerte en su llegada al V Tercio, el del recuerdo de aquellos que servimos en la Legión.

"El morir en el combate es el mayor honor", reza un fragmento del Espíritu de la Muerte. Y aunque la muerte, sibilina y traicionera, ha aparecido en el trayecto de un tren Alvia y no en la vanguardia de la línea de fuego, para un caballero legionario de su estirpe, la vida misma era un combate de nobleza, disciplina y amor a España, una nación en la que echaremos de menos sus guardias en tantos y tan graves momentos de manifiesta decadencia y superlativa incompetencia, elementos que jamás tuvieron opción en la dura y férrea disciplina de la Legión.

Álvaro ha pasado por su casa de camino a la morada del Padre, no como le hubiese gustado a él mismo o su entorno familiar, pero sí como merecen los héroes: envuelto en el respeto del pueblo ceutí y el dolor de un mundo legionario que, bregado y curtido en el sufrimiento de mil batallas, hoy llora desconsolado la pérdida de uno de sus hijos predilectos.

Descanse en paz, mi capitán. La retaguardia está cubierta, y su nombre ya es parte de la leyenda grabada en ese patio de armas que, radiante, brillará al levantarse la intensa niebla en el transcurso de todo futuro sábado legionario cuando su memoria se persone en formación y el sentimiento de los allí presentes.