De 'Hamnet' a 'Hamlet', Shakespeare como secundario en la tragedia de su vida
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Tan solo una letra separa la tragedia más famosa de todos los tiempos y el nombre del hijo muerto de su autor, su gran drama personal y también su miedo más desconocido e inabarcable. Mucho menos, desde luego, que la distancia entre William Shakespeare , el bardo inmortal, gran arquitecto de las letras inglesas, y el tutor de latín que enamoró a Agnes (pronunciado Anne) Hathaway y con la que tuvo tres hijos. Se sabe que solo dos sobrevivieron, y el duelo imaginado por el niño de 11 años que probablemente murió por la peste cimenta la historia de 'Hamnet', una novela superventas en la que Maggie O'Farrell llena el vacío documental con una ficción en la que teoriza que de esa vida arrebatada nació 'Hamlet'. «Las palabras existen si se sabe escuchar», escribe en el libro. Aunque no haya palabra, como señala la gemela del niño muerto, que sirva para describir la pérdida de un hermano. Para expresar el desconsuelo de Shakespeare, sobre el que se han contado millones de verdades y mentiras y al que nunca se menciona en el libro, la escritora se adentra en las profundidades del misterio igual que Agnes en el bosque y conjetura sobre la grieta que descompuso a la familia, a la pareja, tras la muerte del niño a través de la devastadora pena de su desconocida mujer, una nota en el margen de la biografía de su marido, mitad bruja, mitad madre, a la que la culpa, la devastación, consumen y quiebran tras la pérdida. «Lo que se nos da se nos puede quitar en cualquier momento». Tan poderosas como las palabras son las imágenes, a cuya fuerza se pliega la cineasta Chloé Zhao para abordar lo innombrable en la adaptación de 'Hamnet' , protagonizada por Jessie Buckley y Paul Mescal, que llega este viernes a las salas con la etiqueta de favorita de cara a los Oscar. Donde la obra de O'Farrell es descriptiva, la película es contemplativa, onírica, simbólica. Chloé Zhao no mira a la muerte a la cara sino a través de la lente de Terrence Malick. Lo que la novela dice, la película a veces lo sugiere, otras lo calla. La novela es interior, porque casi todo pasa dentro de la salvaje Agnes, pero la versión de Zhao, en cuyo guión colaboró la escritora, exterioriza, traduce ese huracán emocional con una cámara que acosa pero no intimida a Jessie Buckley : hecha un ovillo, cobijada bajo un árbol que se hace grande; la fisicidad, animal, de un parto; el gemido, casi bufido de la actriz, interrumpido por la mudez de no encontrar ni gritos que ahoguen semejante dolor; su cara desnuda, entre la de cientos de extras, a los pies de las tablas del teatro. La directora de 'Nomadland' entendió el tono de la novela y trasladó su idioma, sencillo, impecable, oportuno, a la pantalla añadiendo, con unos toques de realismo mágico (esa habitación que se inunda), un punto de ambigüedad que sirve para cubrir el metraje de cierto misterio, una tensión tan suave como incómoda que se contrapone con la agónica crónica de la muerte anunciada desde que, en la primera frase del libro, Hamnet baja por las escaleras . Aquí no está invitado el debate sobre ser o no ser fiel a la obra original, ya que la novela y la película destacan por su insoportable belleza, sino la mejor forma de traducir la literatura en imágenes. Gran parte del mérito de que 'Hamnet' sea tan poderosa, tan inquebrantable, es de la actriz Jessie Buckley, que roza ya el primer Oscar de su carrera por su visceral Agnes y que ordenó, con sus sugerencias, algo de la liberadora catarsis en la que fluye Chloé Zhao. Fue ella, que carga en sus hombros el peso del dolor y condensa en su rostro el aire de cada plano, quien entendió lo que necesitaban las escenas fundamentales y así se lo hizo saber a la directora. «Le enviaba a Chloé mis escritos emotivos, o una foto, y se convertían en escenas», confesó Buckley a 'The Hollywood Reporter'. La noche antes de rodar el momento en que Shakespeare vuelve a Londres tras la muerte de Hamnet, la actriz pensaba y escribía en su diario sobre lo inevitable, el nacimiento y la pérdida. Cuenta que se imaginó la piel curtida de Agnes como un «frágil caparazón» y la directora lo trasladó en pantalla con una escena en la que su personaje aparece pelando huevos. Mescal, como no podía ser de otro modo, aportó su sensibilidad genuina al bardo y también sus ocurrencias a la cineasta, pero el final de 'Hamnet' es un final digno gracias, de nuevo, a Jessie Buckley. El actor es un apéndice, un secundario en esta historia igual que lo fue la mujer de Shakespeare en la biografía documentada del bardo. En el desenlace de la novela, Agnes, que asiste indignada por la traición de su marido a la primera representación de 'Hamlet' en Londres, entiende todo, y perdona, al encontrar a su hijo arrebatado en el mito de su creación, y alarga el brazo sobre el teatro para alcanzarlo, para tocarlo a él y al fantasma de su padre, que tiene las manos de su marido, como queriendo atravesar la frontera entre la vida y el teatro. «Recuérdame», dice el fantasma, con el rostro de Shakespeare. Pero la película no termina, porque no puede, donde lo hace el fenómeno editorial de Maggie O'Farrell. Para el cierre de 'Hamnet', Chloé Zhao solo tenía un ligero esbozo de la última escena, con Hamlet muriendo sobre el escenario, la mirada de Agnes recorriendo el patio de butacas… «Cuando la rodamos, el penúltimo día, pensé: '¡Mierda!' No tenemos una película» , reconoce la directora en 'THR'. No estaba a la altura. Paul Mescal entró en pánico y pensó: «Esa no es la película que he estado haciendo». La revelación llegó, como tantas veces, con una melodía. Jessie Buckley se puso la canción ' On the Nature of Daylight', de Max Richter, que resuena, devastadora, en el último compás de la película igual que lo hizo en 'La llegada', en 'Shutter Island' y hasta en 'The Last of Us', y entendió que lo que necesitaba su Agnes para cauterizar su agonía era compañía. «Me di cuenta de que Agnes intentaba contener este dolor sola, y es imposible. A veces ocurre algo extraño en los sets, donde los actores y los extras deben estar separados. Y pensé: 'Necesito rendirme ante las 300 personas que me rodean en la escena'», concede la actriz. Al recibir el comentario, Zhao vio los planos que necesitaba y ordenó volver a filmar el final con la versión de la película en el que Agnes, y todo el público, extienden la mano hacia el Hamlet del escenario. Ahí esa Agnes arropada comprende, igual que lo hace el espectador, que su marido, Shakespeare, transformó su dolor en versos y se puso en el lugar del fantasma para condenarse él mismo y salvar a su hijo, al que le regala el oxígeno de Hamlet en un intento por inmortalizarlo. La tragedia privada se hace pública. El dolor no aísla, une. Y la vida continúa a pesar de todo.
