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¿Relación consensuada o trastorno parafílico? (II y final)

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La libertad es como un cometa: vuela porque está atada a la responsabilidad del que maneja.

 José Luis Sampedro

 

¿Qué roles existen en el BDSM moderno? ¿Por qué funciona como variante de sexualidad ritualista y placentera para sus practicantes? ¿Cómo hallar contención, compromiso y ternura donde otros solo conciben violencia y asimetrías de poder? 

Para Maiko, uno de los coordinadores de la comunidad cubana de BDSM, la principal aspiración del grupo es generar cultura de respeto y aclarar falsos mitos, porque sus prácticas son seguras en un marco de conocimiento y libertad, pero peligrosas para advenedizos en manos de gente inescrupulosa.

El cine y la literatura situaron en el imaginario moderno viejos ritos de dominación, sumisión, sadomasoquismo, amarres y disciplina sexual sin un adecuado análisis sociohistórico de su desarrollo, algo que las comunidades insisten en traer a debate antes de dar paso a sesiones presenciales.

En el último taller cubano, un dómino describía el vínculo con su sumisa como acuerdo de confianza absoluta, y sus emociones como «mezcla de responsabilidad y enfoque total», pues más allá del control, le satisface «guiar la experiencia de la otra persona y gestionar sus límites de forma segura».

La Doctora Elvia de Dios Blanco, experta en parafilias y terapeuta del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) ratifica la visión del BDSM como espacio atípico y necesitado de más estudios, pero en tanto práctica consensuada, sí puede considerarse una variación sana del erotismo humano.

En su opinión, los puntos cruciales de intersección y confusión entre trastornos parafílicos y preferencias válidas suelen ubicarse en la práctica del sadismo y el masoquismo sexual. Cuando los procederes que llevan a esa dicotomía de dolor-placer se realizan sin consenso o causan sufrimiento a quien no lo desea ni puede detenerlo; o si causan angustia a quien los piensa y ejecuta de modo compulsivo, deben ser evaluados como posibles trastornos siquiátricos, afirma. 

Con ella coincide Mister Trevis, cuya pasión en el bondage es el shibari o amarre artístico con cuerdas: «La formación en BDSM se basa en técnica, ética y humanidad. Tutores y mentores existen para acompañar, no para aprovecharse. Amos y amas existen para guiar, proteger y sostener, nunca para imponer ni lastimar», puntualizaba.

Por eso reniegan de una mala praxis que ponga en peligro la vida o la salud mental, e insisten en no escalar sin asesoría y sin saberes básicos y voluntad para resolver emergencias. Por ejemplo, por mucho que un atador (rigger) ame su cuerda, está dispuesto a cortarla sin dilación si hay riesgo de asfixia o fractura para su «conejo» de amarre.

Límites y rituales 

Una palabra clave es límite, que para Nath, una de las asistentes, no va solo del dolor físico aguantable: «Los más sublimes y, a la vez, más sensibles son los de la mente».

Como en cualquier experiencia humana, la mente es el primer espacio donde explorar fantasías con seguridad y probar roles y escenarios antes de vivirlos, y lo maduro es buscar guía para aprender a escuchar el cuerpo y honrar sus deseos con conciencia y autenticidad, coinciden otros.

Muchas de las personas que conocimos en esta investigación son profesionales de impecable trayectoria, padres y madres funcionales. En algunos casos, Amo y sumisa (o viceversa) son a la vez pareja sentimental, y sus dinámicas no toleran la violencia machista. Otros tienen con alguien más una relación tradicional o «pareja vainilla», basada en sentimientos auténticos, y asumen fuera un rol bedesemero para potenciar su placer, sin un intercambio erótico desleal. 

Por cierto, el género no es un obstáculo ni se promueve la homofobia como principio de las comunidades, que deben parte de su desarrollo al activismo gay del siglo pasado.

En el taller también se expresaron novatos como Clau, quien agradeció la oportunidad de entender gustos o fetiches que guardaba con miedo en un baúl porque la sociedad los hace ver como retorcidos: «Me ha permitido abrirme a quien soy, y conocerme aún más», resumió su experiencia teórica.

Para Lulú, la sensatez del amo(a) es imprescindible, y si no toma decisiones favorables o rebasa sus límites, puede frenarse con palabras de seguridad, por el bienestar común, (sugerencia extensible a otro tipo de parejas).

Un precepto que en BDSM defienden es tomarse las cosas con calma: el tiempo es el mejor juez sobre cuándo y con quién estrechar lazos de dominación sumisión (D/s), y consagrarlo en comunidad les resulta más ceremonioso y conmovedor.

Neko insiste en el valor de los acuerdos, actualizados con sistematicidad y con tantas cláusulas como ambos decidan: lista de fantasías, límites suaves y severos, palabras de seguridad, castigos, cantidad de sesiones, trato con terceras personas e incluso conductas fuera del rol para cuidar la imagen y funcionalidad social.

A diferencia de quienes van por la vida causando daño físico o sicológico de modo irracional, el BDSM estructurado entrena la capacidad para medir consecuencias y gestionar emociones complejas. La salida de sus prácticas de la lista de enfermedades mentales representó un triunfo de la ciencia sobre el prejuicio, valoró una ponente.

Hoy la siquiatría reconoce la diversidad de expresiones sexuales entre adultos que consienten como una variación de la experiencia humana, y ese cambio es vital para reducir estigmas y facilitar el pedido de ayuda sicológica genuina por otras causas sin miedo a verse patologizados.

Esa transformación es también un logro del activismo en numerosos países, donde la comunidad BDSM y profesionales de la salud mental abogaron durante años con evidencias y testimonios sobre la normalidad de sus prácticas.

«No existen evidencias científicas que apunten a mayor prevalencia de trastornos mentales en personas interesadas en el BDSM con respecto a la población general», ratifica De Dios Blanco. «Como cualquier grupo humano, pueden surgir trastornos de ansiedad, depresión u otras condiciones de salud mental que sí se beneficiarían del trato con especialistas, siempre que estos no los reciban desde el prejuicio personal y se atengan a criterios científicos».

La experta citó un estudio con 902 participantes de BDSM y otras 434 personas que completaron el mismo cuestionario. El resultado fue interesante: los bedesemeros estudiados eran menos neuróticos, más extravertidos, más abiertos a nuevas experiencias, menos sensibles al rechazo y mostraban mayor bienestar subjetivo que los individuos del grupo con control, lo cual confirma el BDSM como estilo de sexo recreativo y no expresión de procesos sicopatológicos».

Otra investigación realizada en Países Bajos arrojó que quienes practicaban el BDSM eran poco nerviosos, más abiertos, con un apego firme a sus seres queridos y con alta puntuación en bienestar emocional y físico autopercibido.

Claro que no es un camino para todos, recalca Maiko, pero quien sienta esa inclinación tendrá mayores posibilidades de encontrar su contraparte deseada en una comunidad donde prevalece el respeto a la integridad de sus integrantes.

En cualquier caso, escríbenos al 52164148 y te pondremos en contacto con quienes pueden aclarar tus dudas, a través de la comunidad o de la experta entrevistada.