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La tensa cuerda de Abascal

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En medio de la conmoción por la tragedia ferroviaria de Adamuz, que ha paralizado por unos días la agenda política de Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, el partido de Santiago Abascal es el único que no lo ha hecho y mantiene su estrategia de amagar sin dar, exigir y recular, poner a prueba la resistencia del PP frente a Vox.

Es la táctica desplegada en Extremadura donde ayer se constituyó la Asamblea autonómica. María Guardiola fue una política coherente al convocar elecciones por la falta de Presupuestos y ganó de calle las elecciones. El órdago lanzado por Vox excede por completo de su candidato extremeño, Óscar Fernández, dado que toda la consigna de la formación se decide en Madrid, bajo las órdenes de la dirección nacional.

Con el lema de «rechazar sillones y reclamar políticas», su líder Santiago Abascal piensa que le otorga muchos réditos electorales, a tenor de la subida en las encuestas y no quemarse en los gobiernos regionales. Es su decisión tensar la cuerda hasta las elecciones generales, y así lo piensan en la sede popular de Génova 13. Pasando por los comicios en Aragón, cuya campaña comienza el viernes por el luto de la catástrofe de los trenes, y los de Castilla y León anunciados por Alfonso Fernández Mañueco para el 15 de marzo.

Con un cruce de acusaciones y reproches, lo cierto es que a Vox no le interesa en absoluto repetir elecciones en Extremadura, algo que no perdonarían sus electores, curiosamente cada día más procedentes de las filas de la izquierda. Un triunfo del «sanchismo» en su obsesión por atacar al PP. A partir de la elección de la Presidencia y la Mesa de la Asamblea extremeñas se dispone de un plazo de quince días para designar el candidato a presidir la Junta, quien deberá someterse a la investidura. La votación coincidirá tras las elecciones de Aragón, fijadas para el 8 de febrero, en las que el PP y Vox volverán a enfrentarse en las urnas. Por ello, en Génova opinan que esta estrategia de tira y afloja en Extremadura va ligada a los comicios aragoneses y se prolongará hasta los castellanoleoneses y los andaluces que podrían celebrarse el domingo 28 de junio. Los populares están convencidos de que Abascal, bajo la excusa de no asumir carteras vacías y sin competencias, busca ganar tiempo de cara a las elecciones aragonesas. Los últimos sondeos apuntan un claro triunfo de Jorge Azcón, subida de Vox y una debacle para la candidata del PSOE, Pilar Alegría. A quien en la comunidad empiezan a llamar «Pili tristeza».

Santiago Abascal y su núcleo duro se basan en la llamada «Sociedad del cansancio», concepto descrito por el filósofo Byung-Chul Han, que describe cómo la sociedad occidental actual, obsesionada con el rendimiento y la positividad, ha pasado de una era disciplinaria y comprometida, a otra más displicente, agotada, con depresión o dejadez. Ese voto del desencanto y antisistema, especialmente entre los jóvenes, nutre ahora las filas de Vox y produce un giro de este sector hacia la extrema derecha. De ahí también la estrategia del PP de Núñez Feijóo por atraer a un electorado de centro moderado, como un partido de Estado frente al PSOE de Pedro Sánchez totalmente escorado hacia posiciones de izquierda radical. Como se ha visto tras recibir al líder de ERC, Oriol Junqueras, en La Moncloa, a Sánchez le importa un rábano abrasar a sus ministros candidatos, Alegría, López, Martínez, Morant o María Jesús Montero. Esta última, muy quemada por la ausencia de Presupuestos y la financiación para Cataluña, se exhibe ahora como la que más durante la tragedia ferroviaria sin ningún rubor.

La tensión de Santiago Abascal en los territorios autonómicos con el PP seguirá así hasta las generales. Vox es un partido de culto al líder, una organización sin crítica interna controlada férreamente contra el disidente, y una obsesión patológica por enfrentarse a Alberto Núñez Feijóo mucho más que a sus adversarios de la izquierda, PSOE, Podemos, Sumar, separatistas y bilduetarras. En esta situación, Abascal es el mejor cómplice de Pedro Sánchez, su verdadera pinza política.

A Sánchez le interesa mantener viva la llama de Vox para intentar debilitar al PP, si bien ahora comprueba cómo quien se desangra es el PSOE, desde cuyas filas muchos emigran hacia la ultraderecha. Vox nació como defensa clara de la Nación española, el partido de alguien como Ortega Lara que logró más de cincuenta escaños en el Congreso. Erigido en un sillón de líder indiscutido e intocable, Abascal permitió purgas que dejaron fuera a gentes fundadoras del partido y valiosas como Iván Espinosa de los Monteros, Macarena Olona o Víctor Sánchez del Real.

El llamado sector liberal fue conducido al destierro bajo la batuta implacable de Kiko Méndez Monasterio y Jorge Buxadé. El grupo parlamentario, antaño liderado por Espinosa de los Monteros, un diputado culto y de oratoria brillante, navega ahora entre los jovencitos Pepita Millán y José María Figaredo.

Ante el deterioro institucional de España bajo el «sanchismo» queda claro que la única alternativa es el PP y que el cambio de ciclo gira inevitablemente hacia el centroderecha. Cierto es que con un autócrata como Pedro Sánchez nada puede ni debe pactarse. Alberto Núñez Feijóo bien lo sabe. Pero la estrategia de tensar demasiado la cuerda puede tener sus riesgos en política. No vaya a ser que los nudos se le rompan a Santiago Abascal en las manos.