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El bicentenario de la muerte del doctor Laennec

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Abc.es 
Si existe algún distintivo específico y universal que caracteriza al médico es un instrumento de diagnóstico que llamamos estetoscopio o fonendoscopio, que suele colgar del cuello del galeno o sobresale del bolsillo de su bata blanca. A pesar de que nuestra medicina es altamente tecnologizada, sigue siendo una herramienta útil para la labor del médico. En cualquier caso, es un emblema de la profesión médica. Solemos escuchar a los pacientes decir: «el médico me ha auscultado». Más difícil, tal vez, sea responder a la pregunta de quién lo inventó, cuándo y por qué. Y aquí surge nuestro protagonista, el clínico francés René T.-H. Laennec (1781-1826), cuyo bicentenario se celebra este año. Al igual que hice con el gran clínico Sydenham, mucho más alejado en el tiempo, en un libro que publiqué en 2024, pretendo seguir, esta vez, 'las huellas' de la vida y obra de Laennec y reunirlas en un ensayo. Pasaremos de la Inglaterra del Barroco a la Francia revolucionaria y de la primera mitad del siglo XIX. Nacido en Quimper en 1781, donde hoy podemos admirar una estatua de bronce con su figura en la céntrica plaza de St. Corentin, los escenarios de su vida se circunscriben entre Nantes y París, además de a su Bretaña natal. Murió a los 45 años, en 1826, de una tuberculosis, y en ese espacio de tiempo dejó un gran legado a la medicina y su nombre pasó a nuestra historia como uno de los grandes. Pertenecía a una familia de juristas, pero su vocación médica se despierta en Nantes, a los 12 años, en casa de su tío médico y profesor de la facultad. Laennec, que poseía grandes aptitudes, consigue una beca para estudiar en París, con clínicos del renombre de Corvisart, médico de Napoleón, y Dupuytren, que dio nombre a una contractura de la palma de la mano. Fue en 1816, mientras trabajaba en el hospital Necker de París, cuando ideó el estetoscopio con el fin de afinar el diagnóstico de las enfermedades del tórax, el pulmón y el corazón. Al tener que auscultar a una mujer obesa y, por pudor, evitar aplicar su oído sobre el pecho , se le ocurrió enrollar unas hojas de papel para formar un tubo y colocarlo sobre el tórax de la enferma, manteniendo así cierta distancia. Comprobó entonces que escuchaba mucho mejor, con mayor nitidez, tanto los latidos cardíacos como los movimientos respiratorios. Se hizo construir un fonendoscopio: un cono de madera de 30 centímetros de largo y 4 centímetros de diámetro, con un conducto central de unos 5 milímetros. Este hallazgo revolucionó la ciencia médica y dio lugar a la publicación de su descubrimiento en 1819, bajo el título 'Tratado sobre la auscultación mediata'. Fue uno de los creadores de la doctrina anatomoclínica de la enfermedad, estudiando en los cadáveres las lesiones anatómicas que presentaban y su correlación con los síntomas clínicos. La cirrosis hepática que describió lleva su nombre, y el melanoma o melanosis también está presente en sus estudios. Nos dejó su maestría en el arte de la observación clínica. Hay otras facetas de su vida menos conocidas: su pasión filológica, su humanismo e ingenio. Fue un médico católico, difícil profesar esa religión en los tiempos que le tocó vivir en Francia; fue respetado y querido por sus colegas y pacientes. Falleció en su mansión de Kerlouarnec, residencia familiar estival, y sus restos mortales reposan en el cementerio de Ploaré (Douarnenez), en Bretaña. La ciudad de Nantes se prepara en este bicentenario para honrar a Laennec, con el proyecto de la creación de un museo en su memoria. Si todos los esfuerzos convergen en ese noble propósito, tan difícil de llevar a buen término en estos tiempos y, especialmente, en esa capital, puerta de entrada de la Bretaña.