ru24.pro
World News
Январь
2026
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31

Rubén Darío en Madrid: bohemia, poesía y una ciudad que ya no existe

0

Rubén Darío, cuyo nacimiento se conmemora este mes de enero, estuvo en seis temporadas diferentes en Madrid, y sus huellas quedan dispersas por toda la ciudad, algunas invisibles, porque los lugares donde vivió y que frecuentó –pisos, hoteles, librerías, cafés– ya no existen más.

He rastreado esas huellas. Por ejemplo, andando desde la plaza de Santo Domingo, en pleno Madrid de los Austrias, se entra en la calle de las Veneras, que se abre en horquilla desde la costanilla de Los Ángeles y se prolonga en la calle de Trujillos, hasta encontrarse con la calle de la Flora, donde vivió Mario Vargas Llosa.

Encima del portón del número 4 de las Veneras, hay una placa colocada por el ayuntamiento de Madrid en 1964, que señala el lugar como domicilio de Darío, “cantor y adelantado de la futura hispanidad”. Y se señala que allí fue escrito, en 1905, el poema La salutación del optimista.

Juan Ramón Jiménez, su discípulo más joven, y el preferido, recuerda sus visitas a Darío en las Veneras, en “un entresuelo chato y oscuro y desapacible”. Usaba, dice, para estar en casa una boina negra, una chapilgorri vasca, y “grande y obeso como era”, solía ponerse ante un armario de luna y arreglarse la boina al espejo de mil maneras. “Cada postura le producía una hilaridad gozosa y movimientos expresivos del cuerpo…”.

La salutación del optimista debía ser leído en el acto a celebrarse en el Ateneo de Madrid el 27 de marzo de 1905, como un homenaje a la hispanidad, y Darío dictaba los versos a un funcionario cesante y pintoresco, que se daba gran importancia porque había leído algo de Blasco Ibáñez. Lo hacía despacio, casi a hexámetro por día. “Unas veces escribía el secretario; otras, quien estuviera en la habitación, la criada, yo, el pupilero, algún poeta joven de la bohemia madrileña”, rememora Juan Ramón.

Dictaba, y bebía. “Su habitación estaba dividida en dos por una puerta de cristales; alcoba y gabinete, y en el fondo estaba la cama, y en la parte del balcón, un escritorio, una mesa con el Quijote y libros recibidos de Madrid”.

Juan Ramón le suplicaba que no bebiera más, y Darío busca engañarlo porque tenía escondida en el dormitorio una botella de whisky, otra de cognac Martel tres estrellas, y un plato con mariscos. Con la luz encendida, lo veía beber por el cristal pintado y rayado de la puerta divisoria; “beber, comer, enjuagarse la boca, volver serio al despacho”.

Al contrario del maestro, el discípulo era abstemio irreductible, y le repugnaban los poetas que se apretujaban en la pequeña estancia, oliscos a alcohol, importunando al poeta mientras dictaba. Y juzgaba que Darío “bebía por una falta de voluntad completamente infantil”.

José María Vargas Vila, a quien Juan Ramón despreciaba por presuntuoso y vano, y por intrigante, escribió su propia versión de aquel proceso de escritura que tenía lugar en la calle de las Veneras. Según sus cuentas, gracias a gestiones suyas, el Ateneo había invitado a Darío a participar en el acto.

“… El nombre del poeta figuraba ya en los programas de la fiesta… sobrecogiome el espanto de que pudiera yo quedar en descubierto por un olvido suyo; fui a verlo; vivía entonces en una oscura y equívoca morada, a donde uno de los bohemios que lo explotaban, lo habían llevado; hállelo rodeado de su tribu familiar, venida del lejano pueblo, para roerlo también. Estaba en una bien triste hora el poeta, pero, sin embargo, bastante consciente, para prometerme con seriedad el cumplimiento de lo ofrecido; aún en esos momentos suyos, él era afable y cortés; los días pasaban; era la antevíspera de la fiesta.... y Darío no había hecho los versos...”.

Cuando Vargas Vila dice “hállelo rodeado de su tribu familiar, venida del lejano pueblo, para roerlo también”, se refiere a Francisca Sánchez, su compañera, llegada de París con su hermana menor María, quien vivía allá con ellos, y a Juana del Pozo, la madre de ambas, quien había traído desde Navalsauz a Rubén Darío Sánchez, nacido en abril de 1903, al que se encargaba de criar.

Darío había escrito para él el poema A Phocas el campesino. El niño murió de bronconeumonía antes de cumplir dos años. La primera hija de la pareja, Carmen, nacida en 1900, había muerto también de pocos meses, por causa de viruelas.

El acto solemne del Ateneo se celebró. Vargas Vila leyó también un poema suyo, y Juan Ramón lo fulmina: “el gran majadero Vargas Vila pudo leer su necedad victorhuguesca y dannunziana entre mares de risas y bromas; Rubén Darío fue oído por todos con un silencio absoluto y clamoreado al terminar…”.

En la planta baja del edificio de Las Veneras donde Darío dictó verso a verso La salutación del optimista, hay ahora un restaurante de parrilla, y en la siguiente puerta, una farmacia. Y el paisano del poeta sigue calle abajo, siempre en busca de sus huellas.

www.sergioramirez.com

www.facebook.com/escritorsergioramirez

www.instagram.com/sergioramirez

Sergio Ramírez es novelista, cuentista, ensayista, periodista, político y abogado. Recibió el Premio Carlos Fuentes en 2014 y el Premio Cervantes en 2017. Es fundador del encuentro literario Centroamérica Cuenta.