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El ayatolá Jamenei se enfrenta a su momento más crítico en 36 años

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A punto de cumplirse tres semanas desde el inicio de las protestas antigubernamentales -todo comenzó con una huelga de comerciantes del Gran Bazar de Teherán, tradicionalmente simpatizantes del régimen- y más de una semana desde que el país quedó aislado del resto del mundo por decisión de sus autoridades, el régimen de los mulás trata de contener definitivamente la revuelta con la esperanza de haber ahuyentado la posibilidad de una intervención militar estadounidense que hace pocas horas parecía inevitable.

Las grandes decisiones sobre el futuro inmediato de la República Islámica dependerán de su líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei. El clérigo chií, de 86 años y natural de Mashhad -la ciudad ha registrado estos días nutridas protestas-, es el jefe de Estado desde la muerte del ayatolá Ruhollah Jomenei hace 36 años en la teocracia nacida de la revolución de 1979. Por tanto, suya es la máxima autoridad y última palabra en las grandes decisiones del país. Jamenei es el comandante en jefe de las fuerzas armadas iraníes y puede vetar cualquier asunto de política pública y elegir a dedo a candidatos para cargos públicos.

Por la trascendencia de su figura, la sombra de una intervención ‘quirúrgica’ estadounidense contra la figura situada en la cúspide de la teocracia chií ha viene planeando desde hace días. No obstante, las informaciones reveladas por fuentes militares israelíes aseguraron que el Gobierno presidido por Benjamin Netanyahu suspendió una operación para acabar con su vida el pasado mes de junio, en el contexto de la campaña militar israelo-estadounidense contra las instalaciones nucleares y la élite científica y militar de la República Islámica.

Fue el presidente estadounidense, Donald Trump, quien disuadió in extremis al primer ministro israelí argumentando que la eliminación del líder supremo contribuiría a la cohesión del régimen y obligaría a su élite a una respuesta militar a gran escala que tendría a Israel y las bases estadounidenses en la región como indefectible blanco.

La magnitud de las protestas en medio de una profunda crisis económica y social -fruto de años de sanciones internacionales y de mala gestión- y el baño de sangre de los últimos días podrían, siete meses después, haber hecho cambiar de opinión al mandatario estadounidense, que podría estar jugando al despiste a juzgar por las informaciones de las últimas horas y pensando en una solución a la venezolana. Después de haber liquidado a los mandos de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria en junio pasado y, a finales de julio de 2024, al líder de Hamás Ismail Haniyeh en Teherán, nadie duda de que Israel y Estados Unidos están en disposición de hallar el paradero del jefe de Estado iraní.

No es la primera vez que el jefe del Estado iraní se enfrenta a revueltas multitudinarias en las calles de las ciudades de su país. Hasta ahora la combinación de represión y empleo de la dialéctica nacionalista y religiosa le han servido para superar todas las crisis: desde la explosión estudiantil de 1999 hasta la protestas que estallaron tras las elecciones de 2009 pasando por la revuelta de 2022-2023, cuyo detonante fue la muerte mientas se encontraba en custodia policial -había sido detenida por no llevar bien puesto el velo- de la estudiante kurda Mahsa Amini. Pero coinciden los especialistas en que esta es la hora más crítica de los más de 36 años en que Jamenei ha llevado las riendas del país.

A pesar de los rumores que apuntaban a que el clérigo viene preparando su huida y lejos de haber optado por el silencio, lo cierto es que la presencia de Jamenei -ya fuera a través de intervenciones televisivas o de publicaciones en un activo y multilingüe perfil de la red X- ha sido permanente durante las casi tres semanas de protestas en Irán. Si el presidente Masud Pezheskián -cuyos poderes son limitados- y el ministro de Exteriores Abbas Araqchi han sido los rostros amables del régimen -al tender públicamente la mano a los manifestantes ‘pacíficos’-, el líder supremo se ha manifestado inflexible con los promotores y participantes en las protestas.

A juicio de Jameneí, la revuelta iniciada el pasado 28 de diciembre ha sido el resultado de la injerencia estadounidense e israelí a través de “vándalos”, “mercenarios traidores” y “terroristas” cuyo propósito es el de propiciar el cambio de régimen. Ni rastro de la palabra reforma, apertura, negociación o cambio en las varias alocuciones públicas del líder supremo. Ni se las espera. “Todo el mundo sabe que la República Islámica llegó al poder con la sangre de centenares de miles de personas honorables, y no cederá ante los saboteadores”, afirmó Jameneí la semana pasada.

Inevitablemente, y cumplidos los 86 años -la edad con la que falleciera su predecesor al frente del régimen-, la reciente crisis acelerará la carrera por la sucesión del líder supremo -el jefe del Estado no ha designado a nadie-, aunque los especialistas advierten de que entre los teóricos candidatos los perfiles reformistas, aperturistas y dispuestos a negociar con Estados Unidos brillan por su ausencia. Una sorpresa en este sentido podría ser la única baza de la élite del régimen para su supervivencia a medio plazo. La única certeza en estos momentos es que el régimen de los mulás no recuperará ya la legitimidad perdida en las tres últimas semanas.