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Electrificar no basta, la verdadera transformación está en el sistema

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Durante buena parte del siglo XX, el progreso se midió en toneladas de acero, kilómetros de carreteras y barriles de petróleo. Hoy, ese paradigma comienza a agotarse. La electrificación se perfila como el nuevo eje de transformación económica, no porque la electricidad sea una novedad, sino porque por primera vez se plantea como el vector dominante para mover transporte, industria, ciudades, hogares y agricultura de forma integrada.

El cambio ya es visible. El transporte ligero avanza con rapidez hacia la movilidad eléctrica, impulsado por la reducción de costos de las baterías, el aumento de la densidad energética que se traduce en mayor rango de autonomía, el impulso a redes de carga suficientes y confiables, la presión regulatoria y un consumidor cada vez más consciente. En los hogares, tecnologías como las bombas de calor, las estufas de inducción y los sistemas de gestión energética comienzan a sustituir equipos basados en gas. Son los sectores donde la electrificación es más rápida porque combina madurez tecnológica, beneficios inmediatos y decisiones descentralizadas.

En contraste, la industria pesada y la agricultura enfrentan un camino más complejo. Electrificar hornos, procesos térmicos o maquinaria agrícola no siempre es sencillo ni barato. Sin embargo, incluso en estos sectores, la electrificación ya no se percibe como una opción marginal, sino como una condición futura para mantener la competitividad, reducir los riesgos regulatorios y acceder a mercados cada vez más exigentes en materia ambiental.

Este proceso, sin embargo, no ocurre en el vacío. Electrificar la economía implica una presión sin precedentes sobre la infraestructura eléctrica. Redes que envejecen mientras adolecen de insuficiente mantenimiento, que fueron diseñadas y construidas para un flujo unidireccional y predecible, ahora deben gestionar millones de nuevos puntos de consumo pero tambiénde entrega de energía, la generación distribuida, el almacenamiento y una demanda más volátil. Sin redes modernas, resilientes e inteligentes, la electrificación corre el riesgo de convertirse en su propia limitante.

Aquí es donde muchas estrategias fallan. Se promueve la electrificación sin una visión sistémica. Si acaso se incentivan tecnologías finales sin asegurar capacidad de red, planeación territorial ni marcos regulatorios adecuados. El resultado puede ser de frustración social, cuellos de botella técnicos y decisiones de inversión mal alineadas. Electrificar sin plan es trasladar el problema de un sector a otro.

Las políticas públicas juegan un papel central. No basta con metas ambiciosas o discursos optimistas. Se requieren señales claras de largo plazo, reglas estables, esquemas tarifarios coherentes y una coordinación efectiva entre energía, movilidad, vivienda, industria y desarrollo urbano. La electricidad deja de ser un sector más para convertirse en la columna vertebral del desarrollo económico.

Pero quizá la reflexión más relevante es esta: electrificar no es el objetivo final. El verdadero valor está en lo que la electrificación habilita. Procesos más eficientes, ciudades más limpias, sistemas productivos más flexibles y una economía menos vulnerable a choques externos. Si solo cambiamos combustibles por electrones sin cuestionar cómo producimos, consumimos y nos organizamos, habremos perdido una oportunidad histórica.

Construir el futuro exige electrificarlo, sí, pero hacerlo con inteligencia, equidad y visión de sistema. El reto no es tecnológico, es estratégico.