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Los caseros de la Moncloa

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Comida familiar. De esas que celebras de vez en cuando con parientes a los que ves cada cierto tiempo, lo que obliga a ponerse al día, pero tampoco de forma exhaustiva. Un matrimonio de jubilados estrenando la condición de abuelos y otras dos parejas en sus cuarenta. Una de ellas ejerce de anfitriona. Hace una década, se animaron a dar una entrada, justo antes de que el mercado inmobiliario volviera a resucitar tras el cataclismo de 2008. Fruto de aquello, tienen una hipoteca variable que mantienen a raya porque pudieron amortizar en los años de intereses negativos. Sus dos hijos, a punto de entrar en la edad en la que descubres que los niños no vienen de París, viven despreocupados, gozando de la posesión de sendas habitaciones. Indefectiblemente, el tema de la vivienda asoma las orejas poco antes de los postres. El marido del tercer matrimonio menciona que tiene cita para ver un piso. Son 1.500 euros al mes, en un edificio antiguo. Tres habitaciones, pero un segundo sin ascensor: un fastidio para el carrito del bebé. Su mujer no dice nada. No están para poner pegas, porque su objetivo es rebajar el puyazo de 2.000 euros que reciben cada mes en el apartamento de dos habitaciones donde viven de alquiler. El teletrabajo, el crío y la idea de tener más descendencia les obliga a cuadrar el círculo: más espacio por menos dinero. Los dos tienen empleo bien pagado, pero con los gastos crecientes de la paternidad empiezan a temer que les sobre mes a final de sueldo. Lamentan no haber comprado en aquellos años en los que todavía pensaban que hipotecarse era atarse demasiado. Ahora tienen una creciente angustia financiera con la que no contaban. Los abuelos escuchan en silencio: les duele, pero no pueden ayudar mucho más. El matrimonio anfitrión hace por cambiar de tema; sienten algo parecido a la culpabilidad por vivir más desahogados, simplemente por haber acudido a un notario hace 10 años, sin estar demasiado convencidos de lo que hacían. Menos mal. Qué arbitrario, qué jodido todo.

Es solo una escena costumbrista de las muchas que todos podríamos fotografiar en nuestro entorno más cercano. Da igual qué papel interpretes en esa obra, porque, de una u otra manera, te sientes interpelado por el drama de la vivienda. Sentado a esa mesa, transitando por esa conversación incómoda, Groenlandia e Irán quedan muy lejos. El mundo estará ardiendo, pero para muchos españoles lo que les quema es la ansiedad por el próximo casting ante el enésimo casero. Gente dispuesta, resignada ya, a desnudar su vida ante un perfecto desconocido y contestar con amabilidad a las preguntas más impertinentes sobre sus finanzas y su intimidad familiar. Darwinismo inmobiliario. Desesperación social.

En Moncloa no parecen conscientes de que numeritos como el de esta semana en Campamento pueden ser terriblemente contraproducentes. El horno ya no está para relatos y, más allá del mérito de encontrar un casco de obra para Óscar López o de contemplar a Félix Bolaños con chaleco fosforito como ministro de Relaciones con la Hormigonera, la broma ya no da más de sí.

La proyección actual asusta al miedo: si se crean casi 300.000 hogares cada año y España únicamente construye 100.000 viviendas, el problema no hará más que crecer. Vamos a necesitar muchísimos años para absorber el cuello de botella que ahoga a millones de españoles, incluso si desde hoy mismo tuviéramos una varita mágica para ponernos al día en construcción de obra nueva. Entre tanto, estamos tirando al retrete miles de proyectos vitales, de esos que sostienen el nervio social y económico de cualquier nación.

Cuando la asfixia inmobiliaria llega ya a la garganta de la mismísima clase media que estaba llamada a vivir sin lujos, pero sin dramas, resulta estomagante comprobar cómo el Gobierno tiene la cachaza de anunciar las mismas medidas de hace un año. Es desolador asistir al desfile de sociópatas que protegen a dictadores en Venezuela mientras demonizan a caseros en Alcorcón. Estamos perdiendo un tiempo precioso en decidir qué hacer con las viviendas que hay (que si topar, que si desgravar) cuando la única solución efectiva es construir más. Si se puede atrapar a Maduro en medio de la noche caraqueña, se debería poder construir más pisos. A estas alturas de la sinvergonzonada que ha sido esta legislatura, Sánchez ya debería tener claro que podría pactar con la oposición la liberalización de suelo, la agilización de los trámites y lo que sea necesario sin que Yolanda Díaz, por más que patalee, renuncie a su residencia gubernamental. Tampoco lo harán los separatistas que han dictado a María Jesús Montero la financiación que acaba con el concepto de solidaridad entre territorios. Socialismo al canto. Todos están muy centrados en conservar sus soluciones habitacionales o en seguir cobrando la cuota monclovita a Sánchez. El presidente firmó una hipoteca americana, de esas de interés creciente con un gran desembolso final. Tan centrado en su crédito con el diablo de la aritmética parlamentaria, se olvidó del alquiler de quienes le deben votar. Veremos si no ha de venir por esa senda el casero que lo desaloje.