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El PSOE que ya no espera salvarse

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Desde hace meses se suceden sobremesas discretas de exdirigentes socialistas para hablar del futuro. Últimamente, algunos en el PSOE comen bien. Y recuerdan, aún mejor.

Desde hace meses se suceden sobremesas discretas –algunas con mantel largo; otras, con servilleta de bar– en las que exdirigentes socialistas, casi todos de otra generación, se reúnen para hablar del futuro del partido cuando termine la época de Pedro Sánchez. No es conspiración: es una melancolía organizada.

Y también, conviene decirlo, un ejercicio colectivo de impotencia. En esas mesas no se conspira para asaltar nada. No hay calendarios ni nombres subrayados en rojo. Hay algo más parecido a un duelo no resuelto. Se habla más de lo que fue el PSOE cuando tenía otro norte, cuando había debate interno y una idea reconocible de país. Entre plato y plato se constata, con una mezcla de resignación y escepticismo, que ese partido difícilmente volverá. El diagnóstico es compartido: el rumbo actual no tiene retorno, y la travesía sanchista no admite correcciones. Acaso, continuidad o colapso.

Son encuentros atravesados por la nostalgia. No la del poder, sino la del método. La de un partido donde las discrepancias no se interpretaban como traición –aunque las hubiera-, donde la política no se hacía a golpe de resistencia ni de épica artificial. Los asistentes hablan del PSOE histórico con una devoción casi arqueológica, como si describieran una civilización extinguida. El esfuerzo por revivirlo es, en sus propias palabras, «encomiable». Y también, en el fondo, inútil, porque todos advierten que ya no conocen a nadie en las agrupaciones, porque quienes por allí campan son radicales que entraron en la base del partido en la revuelta civil de hace una década. Sánchez, dicen los «viejos», podemizó tanto al PSOE que ahora lidera sobre círculos morados de izquierda radical.

Nadie ignora el elefante en la habitación: no hay puente posible entre aquel PSOE y este. El odio y la animadversión es tal que no aventura nada bueno. No por falta de voluntad de los veteranos, sino porque el partido ha mutado en otra cosa. Es como cargar el móvil con el cable equivocado. La organización se ha vaciado de deliberación y se ha llenado de lealtades verticales, de «gente colocada por el sanchismo». Las decisiones ya no se discuten, se comunican, como bien saben las feministas. Y el futuro no se proyecta, se aguanta. En ese contexto, las cenas funcionan más como grupo de apoyo que como laboratorio político. Algunos de los comensales todavía creen que, cuando Sánchez se vaya, quedará algo a lo que volver. Otros, son más sinceros y admiten que el partido que emerja después será irreconocible, si es que emerge. Es más, hay quienes ven al líder saltándose las siglas para liderar un frente popular con propuesta de agitación constitucional envuelta en referéndum. Por todo eso, el tono oscila entre el pesimismo y la aceptación. Nadie levanta la voz. Nadie propone un plan.

Se habla bajo, como si el mero acto de recordar fuera ya una forma de disidencia. Y eso que hace poco brindaron por el manifiesto de su colega Jordi Sevilla. El exministro, que se ha atrevido a poner negro sobre blanco lo que se cuece en las entrañas de la vieja guardia. El sanchismo, que lo sabe todo, también sabe esto. Y no le inquieta. Mientras los viejos socialistas evocan congresos con debate, y ejecutivas con criterio político, el PSOE actual sigue funcionando con precisión quirúrgica: control del aparato, relato compacto y ninguna rendija por la que se cuele el pasado. Las cenas no amenazan al poder; lo confirman. Son la prueba de que la alternativa ya no está dentro.

Quizá, por eso, estas reuniones dicen más de lo que no será el PSOE que de lo que podría ser. ¿Atraer a quienes se fueron de Ciudadanos para centrar al partido? «Eso ya no es una opción, están todos en el PP», lamentan. Pero ellos, que se consideran padres del PSOE, son el último refugio de una generación que aún cree que los partidos tienen alma, no solo mando. Cuando se levantan de la mesa, pagan la cuenta y se despiden con abrazos largos. Y alguno que otro, de vuelta a casa, se sorprende canturreando aquellos versos que Lluís Llach dedicó a la estaca: «Si tiramos todos, ella caerá. Y mucho tiempo no puede durar. Seguro que cae. Bien podrida debe estar. Si yo la estiro fuerte por aquí y tú la estiras fuerte por allí, seguro que cae y nos podremos liberar».