Frente a Trump: destrumpizarse
La mayor amenaza externa hacia nuestro país en décadas proviene de la retórica y las acciones abusivas del presidente Trump. Orilla al mundo a una situación en extremo peligrosa, y al interior de Estados Unidos la creciente violencia ilegal de las fuerzas de seguridad contra ciudadanos inocentes alerta de la deriva a una tiranía.
Al menos cinco rasgos definen el ominoso actuar político de Trump: 1) un ejercicio atrabiliario y sin contención del poder; 2) el desprecio y vulneración a las leyes; 3) el artero ataque y estigmatización del otro, del adversario, del crítico; 4) la irresponsable destrucción de instituciones y 5) el prejuicio anticientífico y la toma de decisiones desde la soberbia de la ignorancia. Veamos.
Uno. En la reveladora entrevista al New York Times la semana pasada, Trump afirmó: “Solo hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia opinión. Es lo único que puede detenerme.” Advierte que no hay ni límites externos a su voluntad, ni derechos de terceros que deban ser considerados y menos respetados. Se concibe omnipotente.
El asesor de seguridad de Trump, Stephen Miller, agregó: “Somos una superpotencia” y, dada la capacidad militar estadounidense, “nosotros fijamos los términos y condiciones” (El País, 08/01/26). La lógica es diáfana: porque tengo el poder, lo ejerzo; porque puedo, aplasto.
El razonamiento, por llamarlo de alguna manera, de que basta tener el poder y la fuerza para pasar sobre los derechos de otros también se reproduce en los espacios nacionales cuando, por ejemplo, los derechos de las minorías políticas son ignorados y vulnerados.
Dos. En la citada entrevista, Trump advirtió: “No necesito leyes internacionales”. De nada sirve insistir a quienes dirigen la Casa Blanca en que las leyes e instituciones multilaterales, imperfectas, se construyeron por décadas con esmero y el consenso de distintas naciones, la suya incluida, tras los horrores de dos guerras mundiales con el objetivo de procurar la paz, de evitar que el poderoso en turno quisiera de nuevo sojuzgar a los débiles, poner en peligro a millones de seres humanos.
Se viola la ley cuando se ordenan ejecuciones extrajudiciales al bombardear lanchas en el Caribe, cuando se toman acciones militares saltándose al Congreso.
Lamentablemente, hay otros gobernantes que incluso en el ámbito doméstico ignoran normas internacionales de aplicación y respeto a cartas de derechos humanos que sus países han firmado.
Tres. A sus adversarios, Trump los llama “comunistas lunáticos”, a los inmigrantes “delincuentes violadores”, mientras acosa a medios y periodistas críticos. Agrede, humilla y criminaliza al disidente. Pero reconocer la legitimidad del adversario es condición indispensable para la cohabitación democrática, civilizada.
El discurso del odio no es monopolio de Trump: la estigmatización del otro, el disparo verbal, es una práctica cada vez más usual entre políticos que buscan éxito en las redes y, luego, en las urnas. Se multiplican los pirómanos y linchadores en busca de votos.
Cuatro. Trump cierra instituciones públicas, despide a servidores públicos con experiencia, cancela la cooperación internacional y la ayuda al desarrollo de Estados Unidos. Sin pruebas, acusa que eran agencias inútiles, caras, con una burocracia parasitaria. Esas medidas se toman con base en prejuicios, por capricho, sin diagnóstico, sin diálogo y sin preguntarse por sus funestas consecuencias.
Pero no solo es en Estados Unidos donde se atenta contra el servicio civil de carrera, contra la profesionalización de los poderes públicos, contra los órganos autónomos de control del gobierno.
Cinco. Para Trump, el cambio climático es un invento del movimiento woke. Insiste en seguir explotando sin control los recursos fósiles y abandona toda agenda para la protección de los ecosistemas. La ignorancia y la superchería desplazan a la ciencia y al conocimiento.
Para hacer frente a Trump, habría que evitar ser como él y: 1) aceptar la división de poderes y la contención externa del poder; 2) supeditar la actuación del gobierno a la ley y no al revés; 3) reconocer y respetar la legitimidad del adversario político y tolerar la crítica; 4) fortalecer las instituciones y poderes públicos y su profesionalismo y, 5) en vez de atacar a las universidades y recortar sus fondos, impulsar la ciencia y el conocimiento.
PS: Imponer una reforma electoral unilateral, excluyendo a las minorías, sería el último clavo al ataúd de nuestra democracia.
