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Guerra en «on» por el «alma» del PSOE

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Pedro Sánchez aguanta en la Moncloa sostenido en un equipo que no está diseñado para gobernar, sino para proteger al líder y evitar que el poder se les escape de las manos en un contexto de extrema debilidad parlamentaria y desgaste acumulado. Esta semana se presenta un manifiesto liderado por el exministro Jordi Sevilla, y que se interpretará como un termómetro de la disidencia interna. El manifiesto defiende la identidad histórica del PSOE frente a la estrategia actual de alianzas y plantea una guerra semántica interna: ¿qué significa ser socialdemócrata hoy y qué expectativas ofrece ante la actual coyuntura electoral, que los sondeos anticipan negativa para el PSOE?

Las «manos» que mecen la cuna de los críticos con el «sanchismo» advierten, a modo de justificación preventiva, que no buscan directamente reemplazar a Sánchez, en lo que supone un ejercicio de realismo porque ese relevo, hoy, es imposible, Pero sí aspiran a que el manifiesto marque un antes y un después en la reconstrucción de un debate interno más explícito del que se ha producido hasta ahora, que ha sido prácticamente ninguno, al margen de la voz siempre en alto del presidente manchego Emiliano García-Page.

¿Puede convertirse en un texto fundacional de futuras corrientes o plataformas internas antes del próximo Congreso del PSOE (estamos hablando de después de unas elecciones generales)? Esto es, sin duda, la aspiración de los ideólogos de esta activación del partido a fin de tener la maquinaria lista para evitar que Sánchez se suceda a sí mismo, o tomen el mando sus peones, después de las próximas elecciones generales.

Es un hecho que, ya antes de su publicación, el manifiesto ha provocado reacciones y ha movido el espacio público e interno. Pero en el PSOE saben que, si se quedan solo ahí, esto será papel mojado. Necesitan que se levanten más brazos críticos contra la gestión de Sánchez y necesitan una «bandera», un rostro, a poder ser, el de una mujer. En principio, si se hace caso a lo que auguran algunos de los que, supuestamente, están en la «pomada» de la semilla de la revuelta, el manifiesto es el primer golpe de otros tantos que seguirán después.

Moncloa les ningunea. Sánchez sigue anclado a la misma defensa que utilizó para protegerse en su desembarco en la Secretaría General del partido. Desprecia cualquier ruido de crítica porque se siente invencible por «la protección de la militancia». Y porque sabe, igual que lo sabe todo el partido, que hoy el PSOE no tiene a nadie en el banquillo para reemplazarle.

Esto le sirve para poner sordina al hecho de que el núcleo duro del «sanchismo», sus «delfines», estén tan manchados a ojos del partido como el propio líder socialista. Es una guardia pretoriana de control, con Félix Bolaños como esa pieza clave que debería haber actuado como engranaje de la ingeniería normativa, aunque la fuerza del desgaste de los socios haya aguado su misión de traducir decisiones políticamente controvertidas en marcos legales efectivos. María Jesús Montero controla el BOE que reparte recursos, pero no el discurso que le viene impuesto por las necesidades personales del presidente. Sus credenciales para competir en Andalucía se circunscriben a explicar lo inexplicable y su destino político está ya indisolublemente ligado al de Sánchez, aunque dé la impresión de que nunca ha dejado de aspirar a ser la heredera.

Algo parecido les ocurre a los dos Óscar, a López y a Puente. El primero representa a la militancia convertida en aparato y alineamiento. Es el ejemplo más claro de cómo el entorno presidencial dejó de ser un espacio de gestión para convertirse en una cámara de eco, donde disentir no suma, sino que estorba. Y el último «peón», Puente, se ha reducido a sí mismo a un verdugo de la disidencia. El troll que aspira a encubrir con la fuerza bruta de su verborrea la ineficacia o la corrupción del Gobierno. En un año electoral, la energía de este equipo solo está puesta en garantizarse su supervivencia y fuera se quedan los líderes territoriales, cada vez menos líderes de nada, las voces con autonomía intelectual y cualquier perfil capaz de decir «no».

«ERC y Junts ya no son socios de coalición. Son acreedores políticos. El pacto sobre la financiación autonómica es una prueba de que el presidente no gobierna con ellos, sino que gobierna para ellos cuando los necesita», argumentan desde el grupo que sueña con el éxito del complot.

En este esquema sigue destacando una figura por encima del resto, la de Carles Puigdemont. El actor externo que continúa teniendo la mayor capacidad de condicionar la legislatura sin asumir responsabilidad alguna de gobierno. Su poder es inversamente proporcional a la fuerza de gobierno de su partido. Sánchez ha aceptado este marco porque no tiene alternativa parlamentaria, y esa aceptación implica, en términos políticos, una cesión de soberanía en el ámbito de las decisiones que condicionará toda la acción del Ejecutivo hasta que termine el actual mandato.