La vida entre el poder y el horror del pianista de Hitler que encontró refugio en una iglesia
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En Strichen, un pueblo de Aberdeenshire, Escocia, donde la vida pública aún se mide por los nombres que aparecen en el tablón de la parroquia y por los conciertos que caben en un salón comunitario, durante años destacó un hombre de acento extranjero que tocaba el órgano los domingos y el piano cuando alguien se lo pedía, un profesor de música correcto, más bien reservado, que parecía haber llegado de lejos con un maletín de partituras y una disposición tranquila para empezar de nuevo. Casi nadie, según reconstruyeron después periodistas e investigadores locales, relacionó aquella figura discreta con el corazón ceremonial del Tercer Reich , ni con la violencia burocrática de los campos de concentración , ni con un pasado que, cuando empezó a salir a la luz, obligó a mirar de otra manera esos recuerdos domésticos. Ese hombre era Walter Hamböck , nacido en Viena a comienzos del siglo XX, un pianista precoz que había alcanzado notoriedad en la Europa de entreguerras y que, durante algunos años, actuó para los más altos jerarcas del régimen nazi, incluido el propio Adolf Hitler. En los cuadernos manuscritos que dejó, Hamböck describió ese período con un tono sorprendentemente contenido, casi aséptico, como si se negara a dramatizar lo que hoy resulta imposible de leer sin estremecimiento. «En mi buena biblioteca tenía muchos libros interesantes», escribió. «Entre ellos había un ejemplar de ' Mein Kampf ' con una dedicatoria personal para mí, firmada por Adolf Hitler: 'A mi joven amigo pianista' ». Hamböck relató que conoció a Hitler en 1936, tras un recital en Berlín al que también asistieron Hermann Göring y Joseph Goebbels . «Göring y Goebbels me presentaron a Adolf Hitler», anotó, antes de explicar que, a partir de entonces, tocó con frecuencia en su presencia. En 1938, según sus propias palabras, recibió en la Cancillería del Reich un diploma que le otorgaba un profesorado honorario por servicios al Estado. Sobre el dictador, dejó una observación escueta, casi técnica: «Aunque Hitler era una persona autodidacta sin formación musical profesional, parecía disfrutar de mi manera de tocar. Le gustaban los clásicos, especialmente Beethoven ». Ese estatus privilegiado se quebró de forma abrupta a comienzos de 1940, cuando Hamböck aceptó tocar un concierto en los Países Bajos bajo la dirección de un músico judío, cuyo nombre no figura en sus memorias. El pianista evocó aquella noche como un momento de plenitud artística . «El concierto fue un gran éxito. Todo era tan hermoso», escribió. El regreso, sin embargo, terminó en la estación de Aachen, donde, según su relato, la Gestapo lo detuvo. En lugar de volver a Viena, fue conducido a Berlín y llevado ante Martin Bormann . Hamböck reconstruyó ese encuentro con una frase que condensa la lógica implacable del régimen: «Vino hacia mí apuntándome con una pistola y gritando furioso: ' ¡Tocas para nuestro Führer y luego tocas para un judío! '». No fue ejecutado, pero sí enviado al campo de concentración de Dachau y, posteriormente, trasladado a Flossenbürg, en Baviera, identificado como preso « políticamente poco fiable ». Su supervivencia estuvo ligada, según dejó escrito, a su condición de músico. En Flossenbürg fue nombrado responsable de la orquesta del campo, una función que le permitió seguir con vida en un sistema donde decenas de miles de prisioneros murieron por ejecuciones, trabajos forzados o enfermedad. Hacia el final de la guerra, logró escapar vestido con un uniforme de las SS. Regresó a Viena exhausto y enfermo, sólo para descubrir que su casa estaba ocupada por otro hombre y que su esposa, convencida de su muerte, había rehecho su vida. La segunda mitad de su biografía transcurrió lejos de los focos. En el Berlín de la posguerra conoció a Helen Weir, una escocesa dedicada a la enseñanza de idiomas, con la que se casó en 1962. Ese mismo año se trasladaron a Escocia, donde Hamböck aceptó el puesto de organista residente en la iglesia parroquial de Strichen por un salario anual de 48 libras y alojamiento en la casa parroquial. Para los vecinos fue, durante décadas, un músico local, implicado en la vida cultural de la zona, que daba clases de piano y dirigía pequeñas agrupaciones. «Era un caballero encantador que nunca levantaba la voz» , recordaría tiempo después una vecina que trabajó con él en una producción amateur. Hamböck murió en 1979. Antes había empezado a escribir esas memorias que pretendían ordenar su vida, un proyecto que su esposa continuó tras su muerte, añadiendo notas y organizando documentos, sin llegar a verlos publicados. Tras el fallecimiento de Helen Weir en 1998, los cuadernos quedaron almacenados y se creyó que se habían perdido para siempre. Quien los recuperó fue Helen Weir-Hamböck Ferguson Duncan, ahijada del músico, que los encontró años después en un ático. Duncan, que vive en Fort William, decidió impulsar su publicación. «Walter empezó a escribir sus memorias y, después de su muerte, mi madrina Helen continuó su trabajo con mucho cariño» , explicó a la prensa local. «Lamentablemente, nunca consiguió verlas publicadas antes de fallecer. Siempre me prometí que las terminaría para honrar a los dos. Con el renovado interés y la atención pública, he decidido que ahora es el momento». Sobre el impacto personal del archivo, añadió que «la historia de Walter todavía me hace llorar. Cuando la cuento, la gente me dice que parece el argumento de una película». En ese proceso ha sido clave la colaboración de Tobiasz Siotor, historiador y podcaster polaco con vínculos familiares con los Hamböck, que ha ayudado a contextualizar los manuscritos y a contrastar datos históricos. Siotor ha descrito el trabajo como una investigación paciente, casi artesanal. «Se trataba de encajar las piezas y reconstruir una vida que atravesó algunos de los episodios más oscuros del siglo XX, sin suavizar nada», ha señalado, a la espera de que se concrete la publicación. Hasta el final de su vida, Hamböck sostuvo que no se arrepentía de haber tocado bajo la dirección de un músico judío, aunque esa decisión lo condujera al campo de concentración. «Mi vida se vino abajo», escribió al recordar su arresto. «Sin embargo, mi amor por la música me cegó ante cualquier peligro. Tenía la oportunidad de tocar en un buen concierto y, como músico ante todo, simplemente fui y toqué. No lo debatí ni un minuto». Ya instalado en Escocia, dejó constancia de las sorpresas que le deparó su vida tras el horror. « Nunca se me pasó por la cabeza, ni en mis sueños más salvajes, que algún día encontraría mi felicidad en esta tierra del norte », escribió. Su esposa añadió una nota que condensa esa paz inesperada, al afirmar que «tenía mis dudas porque estaba lejos de mis amigos en Glasgow. Pero las palabras de Walter al mirar la casa fueron 'Ein Traumschloss', un castillo de ensueño. Era muy feliz allí».
