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Una bola de cristal para adivinar el futuro

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Si paseamos por las salas del Museo Británico de Londres podemos encontrar entre sus fondos objetos mágicos, o al menos utilizados con ese propósito. En sus estanterías se encuentran los sellos con pentagramas y la bola de cristal que John Dee (1527-1609), un consumado astrólogo, matemático y geográfo de la corte de Isabel I, utilizó para contactar con los ángeles. Dee llegaría a ser durante mucho tiempo el astrólogo y adivino personal de la reina, muy reconocido en la corte. Sin embargo, su prestigio se vio oscurecido por su relación con Edward Kelley (1555-1590), con quien recorrería Europa haciendo creer tanto a gente sencilla como a nobles que habían descubierto la piedra filosofal y el elixir de la vida eterna, haciendo demostraciones con la bola de cristal y afirmando que podían comunicarse con los ángeles a través de dicha bola. Kelley era un experto ventrílocuo que conseguía imitar múltiples voces, incluso las que provenían del más allá, embaucando al público en cada demostración. Ambos viajaron a Praga, donde se encontraba la corte del emperador Rodolfo II al que Kelley llegó a servir durante algunos años hasta que se descubrió la falsedad. Las prácticas adivinatorias que utilizan una bola de cristal reciben el nombre de cristalomancia, de «krystallos» (hielo o cristal) y «manteia» (adivinación), y hace referencia al arte de la adivinación a través de una superficie reflectante, comúnmente una esfera de cristal o un espejo.

Los «specularii», sacerdotes de la antigua Roma, utilizaban los cristales y los espejos en sus prácticas de adivinación. Pausanias en el siglo II d.C describió cómo en algunos templos los enfermos acudían en busca de predicciones: «Frente al templo de Ceres en Patras hay una fuente, separada del templo por una pared, y ahí hay un oráculo, que es muy veraz, no para todo suceso, sino solo para los enfermos. La persona enferma hace descender un espejo suspendido por un hilo hasta que su base toca la superficie del agua, habiendo antes rezado a la diosa y ofrecido incienso. Luego, mirando en el espejo, verá el presagio ya sea de muerte o recuperación, de acuerdo con si su rostro reflejado es el de sí mismo fresco y saludable o con un aspecto fantasmal». El uso de las bolas de berilio, un material verde mar que era pulido en forma de esferas, comienza en el mundo anglosajón prerromano, práctica que se refleja en la literatura artúrica del siglo XII que describía una realidad muy anterior, los VI y VII. En estos relatos aparece el famoso Mago Merlín, adivino del rey Arturo y quien poseía una bola de estas características.

«El mago de Oz» y la Bruja Avería

Aunque las bolas de adivinación tuvieron su eclosión en Europa en los siglos XVI y XVII con las demostraciones de John Dee y Kelley, su uso se difundió sobre todo durante el XIX y principios del XX, cuando la fiebre de lo paranormal se difundió incluso al lejano Oriente. En el Museo de Pensilvania se conserva una bola de cuarzo blanco transparente de 25 centímetros de diámetro cuya pertenencia se atribuye a la emperatriz viuda de la dinastía Qing, Cixi (1836-1908), que fue regente del Imperio Chino entre 1861 y 1908. Formaba parte del tesoro imperial de Pekín y a partir de la caída de la dinastía acabó siendo comprada en Shanghái en 1927 por la tienda Far East Shop, parte de los famosos grandes almacenes Wanamaker de Filadelfia. La adquisición se realizó en memoria de George Byron Gordon, director del Museo de Pensilvania, que falleció recientemente. Si bien la bola es de grandes dimensiones, la más grande del mundo, con 37,6 centímetros de diámetro, se conserva en le Smithsonian, es también de cristal de cuarzo tallado y pulido y de procedencia oriental, zona donde estos objetos eran obras de arte.

La bola de cristal se popularizó en la cultura a través del cine; en 1939 la Metro Golden Mayer produjo «El mago de Oz», donde Dorothy, Judy Garland, visita al profesor Marvel, quien considera su bola de los tiempos de Cleopatra, y también tiene bola de cristal la Bruja Malvada del Oeste, que pretende controlar y vigilar a Dorothy y sus amigos en el camino de baldosas amarillas. Años más tarde, en 1943, la Paramount produce una película, «La bola de cristal», en la que Paulette Goddard hace de pitonisa. Más recientemente, en los años ochenta, Televisión Española emitía un mítico programa con ese nombre presentado por Alaska y en el que colaboraba Santiago Auserón, con los Monster y los Electroduendes. Todavía más cerca en el tiempo, en la saga de «Harry Potter», la bola de cristal adquirió especial protagonismo utilizada por la profesora Trelawney (Emma Thompson). Pero ni Merlín con su magia ni Potter con su tecnología pueden hacernos sonreír tanto como las explosiones impredecibles de la Bruja Avería y sus consignas: ¡ «Viva el mal, viva el capital!».