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Октябрь
2025

Graciela Iturbide: «Sueño en blanco y negro»

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Graciela Iturbide, más que una fotógrafa, es un clima artístico. Recogida sobre sí misma, de riguroso negro, pero de un negro infrecuente, un negro que reclama elegancia y no luto, despliega en el habla la serenidad de los que han uncido el tiempo exterior, el de los relojes y los campanarios, al suyo propio, que cuenta con minuteros de mayor humanidad. Una domesticación de las horas, de las premuras, de las urgencias, que le ha dejado de vuelta una plática serena, sin los estremecimientos y temblores de las prisas. Esta creadora, [[LINK:TAG|||tag|||6336131f1e757a32c790b8e6|||Premio Princesa de Asturias de las Artes,]] admiradora del Quattrocento, sorprende con una declaración sobre la base que fundamenta sus fotos: «Para ser una buena fotógrafa, primero debes tener cultura. Tienes que leer mucho, ver mucha pintura, ver mucha fotografía y tener pasión y disciplina. La pintura, la literatura y la música te van a influenciar de alguna manera. Yo adoro a Piero della Francesca, y pienso en él. Puede venirme una imagen de sus pinturas a mi mente cuando estoy pensando una imagen. La instantánea no será como el cuadro de Piero, pero tener ese apoyo cultural ayuda a crear, como también conocer el arte popular».

¿La clave para una foto?

Tener complicidad con la gente que vas a retratar. Es un proceso. Vivo en sus casas, voy al mercado con esas personas, vendo tomates o pollos con ellos en los mercados... De esa manera me relaciono con ellos, aprendo de la cultura de mi país y también me predispone hacia cierta complicidad y a fotografiarlos de cerca. Yo nunca uso un tele. Aprovecho el momento, lo que ojo ve y el corazón siente. Entonces es cuando saco la foto. Jamás robo fotos a los demás.

El instante justo.

Henri Cartier-Bresson fue mi amigo, me cuidaba. Lo conocí gracias a mi maestro, Manuel Álvarez Bravo. Estuve seis meses en París y Cartier-Bresson me invitaba a cenar y también a fotografiar durante algunas de sus marchas. Salía con su Leica. Para él existía un momento decisivo. Para mí, hay dos. Cuando aprieto el botón de mi cámara y cuando revelo los rollos y hago contactos. Ahí descubro cosas. Unas son buenas, otras regulares y otras que te llenan el corazón.

Usa blanco y negro.

He tomado fotos a color. El trabajo sobre Frida Kahlo, que se imprimió en Estados Unidos. Pero es cierto: no me gusta el color. En México existe mucho color, pero es difícil de combinar, y sale muy chillante, demasiado vivo. Prefiero la abstracción que procuran los grises, blancos y negros. Yo sueño en blanco y negro.

«La cámara te convierte en una antropóloga»

Graciela Iturbide

Y es analógica.

Es mi ritual: ser analógica. Acepto y admiro a quienes emplean cámaras digitales. Es maravilloso. De hecho, tengo una cámara digital que alguien me regaló, aunque no la he usado. También sirve para filmar vídeo, así que se la he regalado a mi nieto. Mi ritual es ir a la calle, sentir lo que estoy viendo, porque mi cámara es una manera de ver la vida y de aprender. A veces escucho música clásica, Maria Callas, luego estoy en mi laboratorio, revelo lo que he sacado, hago los contactos, los examino en la mesa de luz...

Con tranquilidad.

Mi maestro me repetía siempre que hay tiempo suficiente, que jamás hay que apresurarse para sacar fotos, para hacer exposiciones. «Usted debe tener tiempo», insistía. Eso es lo que aprendí. Eso no quiere decir que tome dos o tres fotos de algo. Pero sí siempre como algo preventivo, por si se me raya el negativo. Pero me gusta revelar, mirar los contactos con la lupa... Ahora no tengo tanto tiempo como antes para estar en mi laboratorio, pero me encantaba estar ahí, escuchando a Leonard Cohen. Me gustaría tener su sensibilidad y poder hablar como él. Pero cuando voy a pueblos originarios indígenas, intento pasar tiempo ahí, residir con ellos. Ese acercamiento procura que no tenga que pedir permiso para tomar una fotografía. Es algo que ya está implícito. Puedo sacar la imagen con tranquilidad, pero siempre sin trípodes y sin flash, y con mucha cercanía.

Es una documentalista.

En efecto, porque aprendes sus costumbres, escuchas las lenguas. En realidad, soy un poco antropóloga con la cámara. La cámara te convierte en una antropóloga, porque fotografío hábitos, vidas, sus historias. La fotografía es un documento también para la familia, para la historia. Lo único que mata a la muerte es la fotografía, porque una fotografía queda. Yo las hago como un documento. Desconozco si perdurarán en la historia, pero, por lo pronto, es un documento.