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Октябрь
2025

Déficits intelectuales: apropósito del 18/10/2019

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Seis años desde aquel evento, muchos intentos por nombrarlo –estallido, revuelta, terremoto social– , muchos otros por describirlo –inscribirlo, más bien, dentro de algún paradigma explicativo. Poco esfuerzo, sin embargo, por hacerlo críticamente y con esto quiero decir algo simple: reconocer que no se sabe qué fue, qué es, qué se expresó ahí. A la academia le cuesta mucho asumir sus déficits. Y el 18 de Octubre de 2019 –su interpretación digo– representó uno de ellos, y uno grande. Recuerdo haberlo conversado con un investigador senior de un centro dedicado al estudio del conflicto en Chile –de esos que cuentan con importante financiamiento público y que produce un sin números de “papers” anuales; todos altamente indexados. Nunca lo vimos venir, me confesó en privado. Nunca apareció de esa forma y con esa intensidad en ninguno de nuestros coloquios. Tampoco la prensa informada lo previó, y la política, bueno la política decía –como lo hizo en los noventa con el iceberg– que éramos un oasis en Latinoamérica.

No significa esto que no haya habido caracterizaciones desplegadas, algunas comprensivas, y por cierto consensuadas en el ‘mainstream’ de la investigación social. Se ha hablado de un malestar. No se específica cuál. Ni menos el porqué. Se ha dicho: fue por deudas sociales, desigualdades estructurales, déficit constitucionales (ya no se dice más, tras los plebiscitos fallidos), incluso se dijo que todo se habría debido a dolores propios de la modernización, de un país que estaba creciendo, haciéndose desarrollado. Detengámonos en esta última tesis por un segundo, por su singularidad. Que un evento como el 18 de octubre de 2019 haya sido asociado a una expresión de la modernidad capitalista resulta muy expresivo, no del evento –me temo- sino de los intelectuales que lo esbozaron. Sin ninguna dimensión escalar, sin ninguna temporalidad (que permita comparar), simplemente se desplegó una narrativa global de “modernización” como explicación. La metáfora –a la mano– era la de grandes masas de jóvenes clientes que en su camino por hacerse consumidores maduros (adultos), sufrían y expresaban los dolores propios de los partícipes de un mercado que se expandía. Se protestaba porque se deseaba más consumo, no menos. No hay revolución en el horizonte, sino puro confort. El abuso del tropos salta a la vista ¿qué puede entonces haber querido ‘consumir’ la adulta mayor que entrevistada en vivo en TV por su opinión sobre las protestas que se iniciaban contesta, ante el estupor de los entrevistadores, con un simple “está bien”? Es claro que la explicación dada por la intelectualidad de entonces fue insuficiente, aunque muchos sigan creyendo lo contrario.

Pero el tiempo pasó y las explicaciones múltiples cedieron con los nuevos aires que corren. Ya no se habló más de malestares sociales, no se hicieron más distingos ¿para qué? Ahora todo es reducido a una “no explicación”, una afirmación de la consecuencia, sin siquiera darse el tiempo de explicar la falacia formal involucrada: todo se debió –se nos dice sin más– a un estallido delincuencial. Pero ¿qué es la delincuencia? No hay tiempo para esas disquisiciones. La gracia de la hipótesis delincuencial es que no demanda explicación. Pedirla es ser ‘ciego a la evidencia’ (poco importan los índices de baja inseguridad que nos caracteriza como país en el contexto latinoamericano). Y la marea es tan fuerte que los discursos se invierten, y quien no los sigue es compelido desde el púlpito por los nuevos críticos a “explicarse”. O peor aún, se es derechamente caricaturizado como alguien que sufre de un trauma –particularmente si es de izquierda– que le impide “combatir decididamente la delincuencia”. Tanto los que formulan esas imputaciones, pero sobre todo quienes las responden asumiéndolas sin más, en toda su carga impugnadora, caen presos del marasmo intelectual que ellas conlleva, ese que hace imposible, ilegítimo, formular la pregunta ¿pero quiénes son los delincuentes? (la pregunta prohibida).

Pero hay un deficit más sobre el cual vale la pena reflexionar. Convengamos –como salvedad– que siempre fue menos visible –desde el punto de vista de la intelectualidad quiero decir. Se camufló, disfrazado tras un discurso ansioso que llevaba años formulándose en la academia progresista y que cuando tuvo la ocasión, tan solo emergió, sin siquiera preguntarse si era él el convocado. Me refiero, a la demanda por una nueva constitución. En esto, los profesores de derecho y los politólogos de diversas estirpes le deben un mea culpa a la sociedad. Llenaron de normas, muchas de ellas propias de un país imaginario, a una demanda que tuvo poco tiempo para explicarse por sí misma, si es ello posible. En las calles, claro, se vio a menudo agitada, aunque nunca con la sofisticación cortaziana que alcanzó en foros y comisiones técnicas que emergieron por doquier. ¿Qué se expresaba realmente ahí? Tan escaso fue el tiempo que se dedicó a su auscultación sincera como breve fue el lapso que tardó en ser abandonada por los intelectuales que en su momento la esbozaron como la parturienta de un nuevo horizonte histórico. Es otro déficit intelectual, grande, que duda cabe.

Pero como las mareas, alguna de estas cuestiones regresan. No con la forma ni la fuerza de un estallido –no aún, al menos. La intelectualidad, menos agitada que antes, las logra percibir y las traduce (a eso se dedica al fin y al cabo) como un déficit de la política. Pero rápidamente aparecen los sesgos que achatan el análisis. Así lo que el 2019 apareció como un reclamo de rango mayor en contra de los que detentaban el poder: los políticos, los empresarios, los curas, etc., ahora es traducido acotado como un problema del sistema político, incluso más restringido aún, del sistema de partidos, y se dice: hay demasiados partidos políticos, demasiado pequeños, demasiado corruptos y así un largo demasiado. La discusión general se vuelve particular, negocio para los que se dedican a ese tipo de política.

Los politólogos – y los opinantes que les siguen– recurren a esta explicación para explicar casi todo, desde el voto “bronca”, el que oscila entre candidatos antisistema y que los abandona cuando se vuelven demasiado sistémicos, hasta la emergencia de las extremas y ultras derechas hoy en boga. Basta observar la actual campaña electoral chilena para apreciarlo, pero no es un fenómeno local como evidencian todos los días los medios de comunicación global. Lo que no logra capturar este análisis es el rango de la crisis. Tal y como el 2019, hoy tampoco se logra apreciar que los desajustes con la política parecen ser de rango mayor, al nivel de la democracia como hoy se practica, esto es, de la democracia representativa. No habilitarnos a pensar qué está mal con la representación política, es cercenar el análisis ante la evidencia que toca la puerta de la manera que puede, vía estallidos o vía desafección (hoy es esta, la fórmula presente).

Terminó entonces, con Arendt de inspiración, preguntando lo siguiente ¿cuál es el déficit intelectual más importante que se mantiene vigente tras el 18/10? Varios, pero si hay que nombrar uno, sin duda es el relativo a la invisibilización de los “trombos” acumulados en los torrentes democráticos, aquellos que impiden la expresión efectiva de una voluntad popular. Incluyo por cierto –a esta altura, ello parece evidente– al más delicado y menos reconocido de todos: el de la representación. Pero, ¿hay alternativas que no sean totalitarias, plebiscitarias o autoritarias a la deficiente lógica de representación de la democracia tal y como la conocemos? Es una buena pregunta que conviene no clausurar tan rápidamente, sino dejarla abierta por un tiempo, el tiempo que demanda una interrogación sincera que no se engaña a sí misma, acumulando de paso nuevos deficit intelectuales en la ya abultada mochila con la que se carga.