Aranceles, dólar y política industrial: la nueva economía de la seguridad nacional
En los últimos años, el comercio internacional ha dejado de ser un campo técnico para convertirse en una pieza más del ajedrez geopolítico. Aranceles, subsidios, restricciones financieras y políticas industriales ya no son herramientas orientadas únicamente al desarrollo económico y la búsqueda de la competitividad sistémica. Se han transformado en instrumentos de poder, castigo, disuasión y defensa. La seguridad nacional parece ya no protegerse solo con ejércitos, sino también con aranceles de importación.
Su punto cúlmine, aunque puede escalar más, se observa con los aranceles de la nueva etapa de Trump. Su "diplomacia del arancel", ha generado shocks a nivel mundial en varios países del Sudeste Asiático, la Unión Europea y ahora Brasil, con razones que muchas veces trascienden lo comercial. No hay disimulo en estas imposiciones. Este caso de Brasil muestra con crudeza la amenaza arancelaria para injerir en los asuntos internos de los estados, violando reglas elementales del multilateralismo que supimos conocer.
La reciente intensificación del discurso norteamericano contra los BRICS refleja una creciente preocupación por el avance de iniciativas orientadas a la desdolarización del comercio internacional. Si bien algunos actores desestiman a los BRICS como una amenaza sistémica, al mismo tiempo advierten que una eventual pérdida del estatus del dólar como moneda de reserva global equivaldría a un debilitamiento estructural comparable al de un conflicto de escala mayor. A pesar de que hoy una des-dolarización plena está lejos de concretarse, como muestran todos los indicadores, la erosión de los cimientos del poder estadounidense, en particular el institucional, es una gran alarma que suena en todos los actores económicos.
Este fenómeno no ocurre en el vacío. Es parte de una tendencia más amplia: el regreso de la política industrial, aunque bajo nuevas reglas. Hoy, los subsidios, las tasas de interés preferenciales, los bloqueos a exportaciones tecnológicas y la relocalización de cadenas de suministro se presentan como parte de una estrategia nacional integral. No se trata de "proteger" por proteger, sino de ganar autonomía en sectores considerados críticos: energía ,semiconductores , alimentos, inteligencia artificial.
La lógica ha cambiado. Ya no se trata solo de eficiencia económica, sino de resiliencia estratégica. La política industrial moderna busca reducir la dependencia de actores considerados poco confiables o potencialmente hostiles. Como demuestran los datos de Global Trade Alert, la misma es pensada también desde la seguridad nacional y los objetivos de geopolítica. En este marco, incluso los movimientos monetarios o las regulaciones financieras se interpretan como parte de un ecosistema defensivo más amplio.
Según un reciente informe del FMI (Policy Paper No. 2024/008), desde mediados de la década de 2010 -y especialmente tras la pandemia- muchos países están utilizando políticas industriales para fomentar sectores estratégicos, reducir dependencias tecnológicas y ganar autonomía frente a rivales globales. Y destaca que estas políticas pueden ser efectivas si son "bien diseñadas, focalizadas, con plazos definidos y alineadas con la estabilidad macroeconómica".
América Latina no es ajena a estas tensiones. No solo por el caso de Brasil, sino también por su dotación de minerales críticos, biodiversidad y alimentos, que la convierten en un territorio clave en un mundo cada vez más fragmentado. El desafío para la región es doble: aprovechar las oportunidades que abre la reconfiguración global sin quedar atrapada en lógicas de dependencia, sumisión o polarización.
Esto exige una lectura precisa del nuevo orden en gestación, capacidades estatales fortalecidas y estrategias de inserción internacional que combinen autonomía con pragmatismo.
Porque en esta nueva economía de la seguridad nacional, no alcanza con exportar más o atraer inversiones. También es necesario aprender a navegar un escenario en el que cada decisión económica está atravesada por la competencia entre grandes potencias, y puede ser interpretada como una declaración política sobre el lugar que se quiere ocupar en el tablero global.
