Bajo el cielo
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Un sin techo apoyado contra un esquina que no es sino su raquítica parcela de asfalto logra el efecto de la invisibilidad. No le miramos a los ojos. Es un bulto, un accidente, un absceso. Y si le vemos, consideramos que forma parte del paisaje, del mobiliario urbano, y aceleramos el paso porque nos recorre cierta sensación de incomodidad pinzando el espinazo. Un solitario sin techo representa una suerte de peaje habitual, rutinario, y fingimos que no existe. Se trata de una presencia fantasmagórica. Aparece y desparece. Pero cuando se juntan cincuenta , cien o quinientos sin techo, con sus bártulos, sus hatillos de buhoneros, sus carritos de óxido y huesos, sus cartones fláccidos, su morapio o sus otros paraísos... Ver Más
