Tregua comercial entre Estados Unidos y China: ¿recomposición estratégica o retirada táctica?
Tras meses de tensión, anuncios cruzados y medidas cada vez más duras, Estados Unidos y China han dado señales de deshielo en su prolongado conflicto comercial. Este lunes, ambas potencias anunciaron un acuerdo que representa una tregua en la guerra de aranceles que venía sacudiendo no solo sus economías, sino también el comercio global.
Todo comenzó el pasado 2 de abril, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció desde la Casa Blanca una batería de medidas arancelarias con especial énfasis en China. La escalada fue vertiginosa: Washington llegó a aplicar aranceles del 145% a productos chinos, mientras que Pekín respondió con aranceles de hasta el 125% sobre bienes estadounidenses. El comercio bilateral quedó virtualmente paralizado. Los costos de importación se volvieron inasumibles y los flujos de mercancías cayeron en picada.
Sin embargo, el acuerdo alcanzado este lunes establece una tregua de 90 días: China reducirá del 125% al 10% sus aranceles a productos estadounidenses, mientras que EE.UU. bajará los suyos del 145% al 30%. El anuncio, realizado tras negociaciones intensas en Ginebra, incluye también la creación de un mecanismo permanente de consulta liderado por altos funcionarios de ambos países.
Esta tregua comenzará el próximo 14 de mayo. Aunque representa un respiro para los mercados y las economías involucradas, no implica que el conflicto esté resuelto. De hecho, las medidas de EE.UU. Aún contienen un componente adicional destinado a presionar a China para que actúe contra el comercio ilegal de fentanilo, la potente droga que ha provocado estragos en ciudades estadounidenses.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su par chino, Xi Jinping. Foto: Gage Skidmore (Trump).
Los efectos de la guerra comercial ya se hacían notar. En EE.UU, los puertos registraron una fuerte caída en la llegada de barcos procedentes de China. En el gigante asiático, la producción industrial se desaceleró y varias empresas comenzaron a despedir trabajadores ante la paralización de exportaciones hacia el mercado norteamericano. “Lo que habíamos tenido hasta ahora era prácticamente un embargo”, afirmó el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent.
Durante estos 90 días, las negociaciones continuarán con un enfoque más técnico. El objetivo será abordar no sólo los aranceles, sino también otras barreras al comercio. Washington ha expresado un largo listado de reclamos: desde el desequilibrio comercial y la falta de protección a la propiedad intelectual, hasta la transferencia forzada de tecnología, las subvenciones estatales a empresas chinas y las regulaciones en sectores estratégicos como el acero, los alimentos y los cosméticos. Son diferencias acumuladas durante años, cuya resolución difícilmente ocurrirá antes de agosto, aunque un progreso sustancial podría ayudar a descomprimir las tensiones.
China, por su parte, pese a mantener una postura firme y aplicar represalias, ha comenzado a sentir el peso de esta guerra económica. La desaceleración industrial, la crisis inmobiliaria y un alto desempleo juvenil han elevado la presión sobre las autoridades de Pekín. “Estamos negociando desde una posición de fuerza”, afirmó Bessent, quien añadió que la economía china “está contra las cuerdas”.
El mercado recibió el anuncio con alivio. Este lunes, los índices bursátiles globales registraron alzas importantes. El Hang Seng de Hong Kong subió un 3,4%, mientras que en Europa el DAX alemán y el CAC francés aumentaron 1,2% y 1%, respectivamente. El FTSE de Londres avanzó un 0,3%, y los mercados chinos también repuntaron. En EE.UU., Wall Street abrió con fuerza: el Nasdaq creció un 3,64%, el S&P 500 un 2,61% y el Dow Jones un 2,38%. Incluso el crudo Brent subió un 2,8%, reflejando el mayor optimismo de los inversores.
No obstante, no todo son señales de estabilidad. El presidente Trump advirtió que, si en 90 días no se logra un acuerdo de fondo, los aranceles no volverán necesariamente al 145%, pero “subirían sustancialmente más” que el actual 30%. La advertencia deja en claro que esta tregua es, en el mejor de los casos, un compás de espera.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el AmericaFest 2024. Foto: Gage Skidmore.
¿Un gesto estratégico o una retirada forzada?
Pese a las declaraciones optimistas del presidente Trump y del secretario Bessent, numerosos expertos apuntan a que este giro responde más a una recogida de cables que a una estrategia planificada. Desde la imposición de los aranceles en abril, la administración estadounidense ha sido duramente criticada por la falta de criterio técnico, llegando incluso a ser acusada de usar estimaciones hechas con herramientas como ChatGPT sin respaldo metodológico ni estudios serios. En ese contexto, este acuerdo sería más bien una victoria para China y una obligación política para Trump de dar marcha atrás en una guerra comercial poco estratégica y escasamente beneficiosa.
Los efectos colaterales han sido amplios. El mercado financiero estadounidense se debilitó, el dólar perdió fuerza, y las relaciones diplomáticas con sus aliados históricos sufrieron tensiones. Países como Japón o Corea del Sur, tradicionales socios de EE.UU, han comenzado a diversificar lazos con China, algo que años atrás habría parecido impensado.
Aunque el secretario Bessent minimizó el impacto y afirmó que los aranceles sólo se han reducido del 34% al 10%, el mensaje parece claro: la presión interna, el temor a una recesión, y la caída en la confianza del consumidor obligaron a la Casa Blanca a buscar una salida negociada.
Por ahora, el mundo observa. Y aunque la tregua ha traído calma momentánea, el fondo del conflicto sigue latente. Lo que está en juego no es solo el comercio bilateral, sino el equilibrio del orden económico global.
