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Demócratas venezolanos empujados a sus límites

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Demócratas empujados a sus límites: eso somos, en lo esencial, los demócratas venezolanos, especialmente desde el 10 de enero del 2025.

Ahora sí, desprovisto de todo disimulo o contención, el régimen nos empuja, haciendo uso del enorme arsenal de armas con que cuenta —institucionales, reales y de muerte, armas de leyes fuera de la ley—, hasta conducirnos al extremo de nuestros límites.

Llegados a este punto, el mensaje del régimen es rotundo e inequívoco: o sometimiento o violencia. No hay otra posibilidad. No hay tercer camino.

Antes del fallecimiento de Hugo Chávez, la base política del régimen había comenzado a resquebrajarse. Esto lo sabía Chávez y lo sabían los integrantes de la cúpula.

Entonces vimos, por primera vez, una escena en términos masivos: Chávez imploró, rogó a los venezolanos que apoyaran a Maduro. Imploró, pero no en público, ante sus ministros y altos capos del PSUV, a favor de Maduro, y advirtiendo del peligro que constituían Cabello y Bernal, no lo vimos lloriqueando, rogando clemencia y perdón en abril del 2002, cuando el pueblo en las calles logró sacarlo del poder por unas horas.

Ese rompimiento del vínculo entre el régimen y el pueblo, que ya en el 2012 era inocultable, aceleró la implantación de una política consistente en extender la desproporción y brutalidad de la represión a los sectores populares, maniatar a la oposición política destruyendo a sus organizaciones sociales y partidistas, perseguir y secuestrar a sus líderes, y cerrar sistemáticamente todos los mecanismos de gestión política, disidencia y protesta, de organización y activismo previstos en la Constitución y las leyes, para conducirnos, insisto, a un callejón sin salida, donde sea imposible encontrar un acuerdo, una salida que evite más sufrimientos, más torturados, más secuestrados, más asesinados, mayor destrucción del país ya destruido en sus componentes sustantivos.

Esta planificación —una de las dos políticas públicas existentes en el país; la otra consiste en robar hasta el último centavo del ingreso petrolero y de los bienes de la República—, la de convertir a la sociedad venezolana en un enorme depósito de personas sometidas, obedientes y enmudecidas, se hizo todavía más evidente, ante los observadores que siguen los hechos desde la escena internacional, cuando la oposición democrática decidió a finales del 2022 recorrer el camino electoral, participar con un candidato en las elecciones del 2024 y hacer uso de todo el ingenio, la cautela, la tolerancia, la flexibilidad táctica y hasta el silencio para ir avanzando, incluso en los momentos en que eso parecía inviable o suicida.

Todo eso, hasta tragar lo intragable como fue la inhabilitación de Corina Yoris como candidata presidencial.

Todo ello, repito, para llegar con un candidato propio, evitar lo que el régimen pretendía —que la oposición se pusiera en el vagón de cola de alguno de los candidatos alacranes—, porque María Corina Machado y el liderazgo de la oposición sabían que el triunfo era indetenible, a pesar de que los resultados fueron mucho más aplastantes, con una ventaja muy por encima de las proyecciones más optimistas.

Ganó González Urrutia con más del 70 % de los votos. Triunfó sin lugar a dudas el reclamo nacional por un cambio urgente en Venezuela.

Sin argumento alguno, sin mostrar un acta, sin ninguna prueba que lo sustente, Maduro se declaró ganador. Lo hizo con el apoyo de todos sus secuaces, sus recaderos y tentáculos en los poderes públicos y en las Fuerzas Armadas, la estructura de cómplices que sostienen a un poder que es ilegal, ilegítimo, criminal, violador de los derechos humanos, traidor a la patria y enemigo del pueblo.

¿Adónde nos conduce la autoproclamación de Maduro el 10 de enero? A la liquidación de las vías del diálogo y de la intermediación política.

Nos conduce a la instauración de una dictadura sin disimulo ni atenuantes. Una dictadura feroz y sin máscaras, que es el único modo de hacer frente a un pueblo que, con dignidad y coraje ejemplares, no ha cesado, año tras año, bajo el impulso de su raigal cultura democrática, resistir, oponerse al ultraje, protestar, decir no, propagar el derecho a la libertad.

Ahora que el régimen liquidó la vía democrática, la vía del diálogo, la vía de los acuerdos; ahora que cerraron a patadas las distintas puertas que la oposición democrática, ante testigos privilegiados de otros países, les habían abierto para una salida pacífica y conveniente para todos; ahora que escogieron el camino de la dictadura total y que no existe ningún mecanismo vigente que no suponga una confrontación, ¿qué haremos los demócratas empujados a estos extremos y padecimientos? ¿Nos someteremos o tomaremos el camino de la confrontación?

Tal debate es el que está planteado en este momento, aunque sea una discusión que muchos temen abordar.

otero17124@gmail.com

El autor es presidente editor de ‘El Nacional’ de Venezuela.