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Июль
2024

‘Aves extremas’ de Fabián Coto: Un homenaje a las angustias, los paisajes y la ruina que somos

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Leí hace unos días que al marido de Alice Munro (1931-2024), en algún momento, le dio por releer Ulises. Todas las noches, cuando le leía un poquito en voz alta, ella pensaba lo mismo: “Qué audaz que soy, cómo tengo el coraje de llamarme escritora cuando alguien escribió esa maravilla. Pero supongo que hay que seguir adelante con lo único que uno sabe hacer, ¿no?”.

Retomo las palabras de Munro, pues en el caso de Fabián vienen muy a cuento: él ha seguido adelante con lo único que sabe hacer, y lo ha hecho con la obcecación y la temeridad de quien regresa, una y otra vez, a deambular en los mismos lugares, convencido de que los pájaros no cantan, sino que son cantados por el canto.

El mapa de navegación de Fabián es muy claro desde hace muchos años y este, su más reciente libro, finalista del Certamen de Narrativa Alberto Cañas 2023 convocado por la EUNED, no hace más que confirmarlo. Su escritura, desde un inicio, ha oscilado entre dos registros: lo humorístico (algo que se agradece profundamente, sobre todo en un medio literario como el nuestro, estreñido de solemnidad) y otro que, en la contracubierta de Aves extremas, han definido como lírico.

No sé si lírico sea el término más preciso para definir eso que Fabián logra hacer con las palabras y que se nutre, por cierto, de varios elementos: un sólido bagaje de lecturas, una fijación evidente (y atávica) por ciertos temas, una —orgullosamente cartaga— inclinación por el chisme, una memoria de elefante y, lo más importante, una notable destreza para labrar, con gran cuidado y sensibilidad, las pequeñas balsas en las que hace navegar a sus personajes.

La mirada de Fabián, para fortuna de su escritura, está dispuesta a errar (en la doble significación de esta palabra: ‘equivocarse’ y ‘vagar por un lugar’), y esto queda demostrado en los libros que ha escrito hasta hoy y que desembocan en este último artefacto, el más acabado de todos y en el que la urgencia de los primeros, su necesidad de provocar, ha pasado a un honroso segundo plano. No quiere decir que esa pulsión haya desaparecido del todo, pues claramente es parte de un ethos, pero se manifiesta de otra forma.

En una carta enviada a su editora, el gran fotógrafo Sergio Larraín le decía que “es rigor lo bueno, siempre; lo otro son cosas infantiles, o pretenciosas, no dan nada. La realidad es una maravilla, siempre. Todo es fantástico, pero eso no hace que uno logre captarla, sin un entrenamiento de años”. Los años han pasado y el tinte que dejan en el plumaje de estas aves extremas de Coto es evidente.

El reino de las sombras, de Jurgen Ureña: un espacio poético de desplazamientos

¿En qué consiste el oficio de un escritor en el que el acto mismo de escribir es tan solo una parte, a veces ínfima, de un largo proceso? “En caminar, deambular y vegetar”, respondería un compatriota de Larraín al que admiro mucho. Fabián es aplicado en los tres rubros, a pesar de que conoció de primera mano la cultura del trabajo japonesa y ha navegado en las aguas turbulentas de ciertos cargos administrativos. De ahí, de sus deambulaciones en esas canteras llenas de personajes, ha extraído los materiales para construir gran parte de lo que escribe.

El ejercicio de la escritura está cruzado de trampas, y tratar de sortearlas no siempre tiene sentido. Coto ha venido escribiendo, desde hace años, una balada a las cosas que ya no están, a los caminos que se perdieron, a la luz que redondea el lomo de las cosas. Creo que le pasa como a muchas personas que tratan de tomarse en serio el oficio de la escritura: intenta escribir el libro que quisiera leer y este libro se diluye constantemente ante sus ojos, como un conejo que huye hacia el monte o el perro imposible que protagoniza uno de sus cuentos: “… Y Ramón siempre está buscando el perro. Un perro imposible, claro está. En la puerta hay una foto de sus padres y al lado hay un clavo donde cuelga una correa y un rosario. Las pelusas del piso, el polvo, la ruina y el olor a cañería refuerzan la idea del perro de Ramón. Él busca bajo el sofá cama, dentro de la lavadora y en la ducha. Lo llama, le silba y le lanza pedazos de pan añejo. Pero el perro no aparece” (“El perro de Ramón”, p.149).

Fabián, que de niño aprendió a ir de caza con su abuelo, su papá y Caracol, vuelve a caer en la misma trampa, una y otra vez. No sabemos qué vaya a pasar en su próxima salida al monte, pero si la complicidad entre pájaros y crepúsculos opera a su favor, quizás nos ofrezca otro puñado de historias tan bien ejecutadas como las de este, su último libro, en donde navegamos por paisajes y situaciones que, de su mano, adquieren una luminosa densidad.

Se intuye, en su escritura, la idea de que las palabras pueden retener algo de la realidad fugitiva, como si el texto fuera un tamiz. No hay certeza de qué es lo que queda, por supuesto, ya que el terreno de lo vivo es, por definición, el espacio de lo ingobernable; de hecho, esa premisa le da forma a todo lo que escribe Coto y queda inscrita al inicio del libro, con el epígrafe de Thor Heyerdhal: “No se puede gobernar una balsa —decía—. Se va de costado o hacia atrás y da vueltas, según como coge el viento”. Sin embargo, en el universo narrativo de Fabián brillan algunas premisas fundamentales; por ejemplo, que los seres aparentemente antagónicos, como los cazadores y sus presas, como los asesinos y sus víctimas, forman un amasijo vital, un nudo de sentidos. Hasta para cometer un asesinato, parecen decirnos los textos de Fabián, hay que tener dignidad y principios.

Una sencillez aparente

La aparente sencillez en la estructura de una balsa (y de un cuento) oculta grandes dificultades: saber medir la temperatura de las frases, armar un personaje con muy pocos trazos, crear una atmósfera, hacer germinar las imágenes en terrenos, a veces, inhóspitos, calcular cuándo y cómo terminar. No interesa, en el mapa de navegación de Coto, indagar en la “psicología de los personajes”. En los cuentos de Aves extremas, como en el bongo del cuento homónimo de Salazar Herrera, caben apenas unas cuantas personas. Salvo contadas excepciones, las historias de este libro están hechas de una sola pieza. “Narración de cabotaje”, le llama Coto. Exigirles a estas narraciones más de lo que son, creo yo, no tiene sentido. Lo suyo son las ráfagas de viento que despeinan los matorrales y permiten, de repente, atisbar algo: personas, instantes, recuerdos.

Las balsas de Aves extremas navegan en las aguas de un estilo que nos lleva de regreso a Carlos Salazar Herrera. Hay un deseo evidente de honrar las angustias y los paisajes que nos constituyen, la ruina que somos, la violencia soterrada que alimenta nuestro orgullo. Hay también, en la escritura de Fabián, algo que se balancea, un ritmo pendular, un afán por reunir los contrarios en una especie de simetría absoluta. La ternura es feroz, el silencio es furioso, las batallas son insustanciales, los funcionarios públicos son, a un mismo tiempo, delatores y víctimas (Cocinas burocráticas, p. 71). Esa oscilación se acompaña de otro rasgo, una mayor soltura en el uso del lenguaje, forjada a consciencia y a través de los años, y despojada, la mayor parte de las veces, de adornos excesivos. Dicha naturalidad da resultados como este:

Dos cachos de un negro casi cósmico se alzaban sobre un cráneo tosco y grave. Sus ojos, también enormes, eran dos semillas de aguacate sumergidas en aceite quemado. Dos semillas hostiles que nos desafiaban ahogadamente. De pelaje moro, aquel era un toro sobre el que alguien, acaso de manera intencional, había sacudido un pedazo de la noche. Es más, parecía que lo habían metido en una olla de chocolate hasta la panza y luego lo habían abandonado a su suerte en las montañas” (Un toro, p. 34).

Releyendo Aves extremas para escribir estas líneas, me viene a la mente una idea que flota en Animales arquitectos, libro de Juhani Pallasmaa: los seres humanos podemos hacer muchas cosas con relativa pericia: casas, ciudades, libros, imperios, pero lo que realmente nos define como especie es nuestra incapacidad para construir nidos. “Créase o no”, afirmó alguna vez Joseph Brodsky, “el objetivo de la evolución es la consecución de la belleza”. Fabián lo ha intentado, lo sigue intentando, y creo que ha querido, con este libro salpicado de títulos cortos y eficaces, de adjetivaciones precisas, honrar uno de los géneros literarios en donde mejor se mueve, tratar de hacer un nido con los materiales que encuentra aquí y allá. Al hacerlo, da cuenta de la belleza y la crudeza de nuestra orografía, presentándonos los claroscuros que brotan en un paisaje domesticado a punta de silencio, remendado a la fuerza con diminutivos, olvidos consensuados y fórmulas de cortesía.

Hallazgos de posguerra. Así se titula el primer cuento de este libro, pero así podría definirse también la literatura que escribe Fabián: una literatura enfocada en hallar, en los territorios geográficos y mentales que habitamos, las esquirlas de un pasado que no tiene nada de idílico y que exige, para aprehenderlo mínimamente, ingentes cantidades de humor, de licor, de furia o de nostalgia.