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Июнь
2023

O mejoramos el debate público o la democracia pierde

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La democracia no está asegurada. Era cierto antes, y lo es hoy, en un entorno que muestra tendencias autoritarias en distintas partes del planeta. Pese a todas sus fortalezas, las democracias deben estar en constante evolución, a tono con las exigencias de un mundo ansioso de respuestas.

Desde los clásicos problemas relacionados con la pobreza, el respeto a las libertades, la corrupción, el crecimiento económico, el funcionamiento de las instituciones hasta nuevos retos vinculados con fenómenos como el populismo, el crimen digital, las falsas noticias, la desinformación, la inseguridad ciudadana, la posverdad, las migraciones, el cambio climático y algunos otros que poco a poco asoman como nuevas fuentes de tensión —por ejemplo, la inteligencia artificial—, obligan a que la democracia esté siempre bajo evaluación y cambio, de manera que pueda seguir siendo reconocida como el mejor sistema político para responder a las demandas de la población y ganarse su apoyo, aun en las condiciones más adversas.

La Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, sobre las democracias en el mundo, calificó a Costa Rica en el 2022 como una democracia plena; sin embargo, mantener esa plenitud y afrontar con éxito los retos mencionados requiere un debate público de calidad, a partir de un intercambio de ideas fundado en argumentos e información fiable, y escuchar y respetar la posición del interlocutor, además de contribuir a la formulación de propuestas posibles.

Esta parece una condición extraña en nuestro tiempo, por el espacio que ocupa la desconfianza, la sospecha, el discurso estridente, la poca escucha, el ataque e incluso la preferencia por las soluciones rápidas y la atención dedicada a las redes sociales, donde las opiniones y las emociones desplazan los planteamientos de fondo, pero cuya incidencia en el debate público es inobjetable, debate que tiende a ser presa de la banalidad y el espectáculo.

Ya advertía Mario Vargas Llosa, en su ensayo La civilización del espectáculo, algunas señales de cambio en el debate público cuando afirmó: “En la civilización del espectáculo la política ha experimentado una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades, modas y tics ocupan casi enteramente el quehacer antes dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas”.

El mayor interés que hoy despierta quién habló primero, con qué tono lo hizo o la descalificación de la persona, antes que el contenido, acompaña esta realidad.

La calidad del debate público se encuentra en declive, lo que a la postre no solo coloca en tela de juicio las fortalezas para el diálogo y alcanzar acuerdos, de las que usualmente nos ufanamos, sino también relega a un segundo plano discusiones clave para elevar la calidad de la democracia y mejorar la capacidad de respuesta del Estado.

Si se mira alrededor, cuesta identificar dónde tienen lugar las grandes discusiones sobre el futuro de la nación, lo que a su vez conspira contra la formulación de propuestas sólidas y a largo plazo.

Podría anticiparse que lo descrito es un resultado previsible, dadas las debilidades de actores fundamentales en el debate público. Partidos políticos con poca o nula capacidad de formación política y pensamiento como agrupación, o en el peor de los casos, tan solo conformados para la ocasión electoral; y una menor oferta de medios de comunicación preocupados por informar, investigar y educar, en vez de entretener.

Por otro lado, en un sector sindical desarticulado, intelectuales desplazados a un segundo plano por las discusiones en las redes, universidades con presencia intermitente, una Asamblea Legislativa donde la escaramuza gana espacio, releva que no estamos frente a una etapa especialmente lúcida en el debate público.

En esa nebulosa naufraga la modernización del sistema político, componente fundamental para apuntalar una democracia plena, donde el Estado funcione y cumpla con las expectativas de la población. Un repaso general de las reformas del texto constitucional desde 1990 permite constatar que la gran mayoría de modificaciones se concentran en afianzar derechos de los ciudadanos o ampliar las obligaciones del Estado, sin cambios sustantivos en el sistema político. Lo mismo en el Código Electoral, en cuanto al sistema de partidos o de representación política.

Es indispensable no desistir y promover un debate público informado. No basta con afirmar que los problemas de la democracia se resuelven con más o mejor democracia, lo cual es cierto, pero también lo es la presencia de actores nuevos o tradicionales que abonen a un debate público de calidad, aun en medio del ruido, las distracciones, la inclinación al verbo florido o la descalificación personal.

mvarroyofl@gmail.com

El autor es politólogo.