Cada día resulta más difícil reconocer en el Parlamento la solemnidad que debería acompañar al lugar donde reside la soberanía nacional. Lo que antes era templo del debate y la palabra medida se ha transformado, demasiadas veces, en un patio de colegio donde priman el grito, la interrupción y el insulto. Los ciudadanos, que merecen respeto y altura, observan cómo sus representantes confunden la elocuencia con la verborrea y el argumento con el eslogan. Se habla para vencer, no para convencer. Para la cámara de televisión, no para la historia. Читать дальше...